miércoles, 7 de diciembre de 2011

PASEO OTOÑAL


         Llevaba una temporada, meses supongo, sin hacer mi recorrido por los cauces del arroyo por el que suelo pasear. Me pregunto el porqué, y no encuentro una respuesta concreta, aunque pudiera ser que esta inapetencia y desgana esté motivada por lo grato y placentero que resulta para mí la vida hogareña, que sin llegar al enclaustramiento, -afortunadamente dado que aún es pronto para mí-, confieso lo feliz que me siento en casa caminando por otras veredas que no son otras que las que me llevan las de cualquier historia reflejada en un papel impreso.  
         Hace días volví, en una tarde propia de otoño, con el cielo pintado de gris plomizo y el aire arrebujado de una meona bruma que tamizaba mis pocos poblados cabellos cubriéndolos de diminutas gotas de rocío.
         Desde un altozano, la silueta coloreada por la estación otoñal de la arboleda que puebla de manera intermitente la ribera del arroyo, apenas se dejaba ver por el velo húmedo de la neblina. Luego, en mi caminar por su cauce, observé como todos los árboles se iban despojando de sus hojas, incluso las zarzamoras permanecían muchas ya desnudas destacándose en sus tallos sus hasta ahora escondidas y afiladas púas por las que colgaban en algunas de ellas cristalinas gotas que iban lentamente cayendo al blando, húmedo, e impenetrable colchón de hojas mustias que sembraban su contorno.
         La quietud y el silencio que invadía el valle eran a veces perturbados por el grato sonido del asustado piar de algún pajarillo que al descubrirme se escondía por entre la semidesnuda arboleda.
         La mayoría de los huertos son ahora eriales cubiertos de cardos y broza. El agua corría cantarina por sus acequias diciendo adiós día tras día sin inmutarse en su recorrido a las derruidas cabañas de los hortelanos que sirvieron en su día para albergar los aperos de labranza y cuyo estado de abandono y derrumbe era palpable. En las contadas huertas donde el cultivo se hacía menos latente observé que sólo conservaban algunas matas de coles que se distinguían entre el morado de las lombardas; estas últimas permanecían vigorosas esperando es de suponer acompañar a alguna mesa por navidades  
         La silueta en ruinas de lo que fue hace siglos una ermita iba surgiendo poco a poco a medida de mi caminar, esta vez entre la bruma cada vez más espesa, y sus derruidos muros le daban a la agonizante tarde una apariencia más triste y melancólica si cabe. 
         Me paré en un raquítico y poco vigoroso olivar que lleva años abandonado. El suelo, lleno de matojos secos dificultaba mi acceso pues quise contemplar una de sus olivas más de cerca. A mi paso, los tiernos brotes de la hierba recién eclosionada se defendían entre la espesura de la maleza y se inclinaban a medida que eran aplastados por mi calzado. Cuando me aproximé, la oliva no me dejaba ver su tronco arropada por un sinfín de varetas que como erguidas lanzas parecían intentar defenderla de algún incierto enemigo. Observé que desde su cruz emergía una telaraña de chupones que se cruzaban entre sí, formando una tupida red con el conjunto de las muchas envejecidas y negras ramas, de las que colgaban algunas contadas aceitunas que el tiempo en esta fecha otoñal pintaba de color violáceo.
¡Que pena me da todo el abandono que observo! ¡Que lástima con tantas necesidades por remediar!
De regreso, la tarde iba muriendo lentamente sin prisa alguna, sin importarle que el campo por estos parajes estuviese agonizando por la desidia del hombre. Atrás iba quedando mientras me alejaba el valle de huertas y frutales por ahora baldíos que se iban escondiendo entre la espesa niebla y al mismo tiempo de oscuras sombras por el declinar crepuscular.
Días después comenté a unos de aquellos viejos hortelanos el estado de abandono de la huerta y me dijo que los pocos que resisten, están hartos de que por la noche les roben todos los frutos además de sus aperos de labranza.
En nuestro pueblo me dijeron una vez que más o menos pasa lo mismo.
Lamentable. Así vamos. ¡Que país!      

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