sábado, 9 de julio de 2011

AQUELLA FERIA Y SUS FERIANTES

         La feria cuando yo era un chiquillo empezaba con la llegada del primer feriante. Normalmente en la primera avanzadilla solo llegaban algún que otro turronero y poco más, luego, faltando pocos días para el inicio de las fiestas iban apareciendo los de los cachivaches. El primer sitio que recuerdo donde se instalaba el ferial en mis tiempos era en la calle Pintor Manuel Moral -mucho antes de construirse las Casas Nuevas- donde todo era descampado. Este terreno servia también de campo de fútbol donde yo veía jugar desde la tapia de La Huerta Los Toros a los equipos locales: El Rayo Azul y El Calavera. La primera vez que pusieron la feria en el lugar referido fue después de caerse el muro a consecuencia de un terremoto en mayo de 1951. La tapia mencionada se extendía desde la  calle referida hasta donde empezaba el molino de aceite de don Damián en la calle Cuesta Negra.
Años mas tarde el ferial lo instalaron en la calle Ancha después de derribar la pared que unía la casa donde estaba el antiguo sindicato en el Camino de la Estación con la de la familia Moral. Existía un terraplén entre que corrigieron a base de azadón. Recuerdo la reata de borricos que participaron en el desmonte y hasta el color de la tierra blanca que transportaban.
Volviendo a nuestra feria, los chiquillos siempre estábamos merodeando por entre el sinfín de cacharros que los feriantes dispersaban en el suelo hasta su instalación sin hacer caso de las voces discordantes de ellos, de aquellos rudos nómadas que nos reprendían de rostros y torsos achicharrados, quemados por soles en siestas de pueblos de olivos y rastrojos como el nuestro que se preparaban para unos días de diversión.
Recuerdo las “voladoras” manuales, aquellas que eran empujadas desde el suelo por descamisados feriantes mientras que a los pies de estos mientras empujaban reposaban pequeños sacos de arena que servían para equilibrar la carga. A la hora de parar la noria se subían colgados de una de las barcas para detener con su peso el giro del aparato. Ver aquello era todo un espectáculo. Normalmente en esta atracción solían subirse mujeres las cuales gritaban al compás del dulce cosquilleo que les producía la rápida bajada.
Los coches eléctricos –coches locos- como nosotros lo conocemos era una atracción muy esperada como también el carrusel. En mi pubertad llegó por primera vez el látigo.
Los columpios donde tenías que mover después de los primeros empujones realizados por el empleado aquella enorme barca con las quillas revestidas de pedazos de goma de ruedas de coches que servían para amortiguar la frenada cuando el feriante a tenor de la demanda consideraba que ya estaba el tiempo de los dos reales agotados, o tal vez habías alcanzado con los vaivenes una considerable altura. Entonces utilizaba el freno que no era otro más que un tablero con la huella impresa del caucho por las frenadas acumuladas.   
Recuerdo los caballicos que funcionaban por el empuje que unos chiquillos ejercían, teniendo estos el privilegio de subirse en la plataforma en los intervalos cuando el tiovivo giraba a la velocidad adecuada.  El ruedo dibujaba en el suelo una corona de polvo originado por las infinitas pisadas de los chiquillos que empujaban gratis al primitivo tiovivo.
Había feriantes que volvían año tras año como aves migratorias. Uno de aquellos asiduos a nuestra feria era el del Chupetón de la Tonta. Era toxiriano de cara arrugada, que lucía un gran y espeso bigote que le servia para seguramente infundir respeto a la chiquillería dentro de su minúscula caseta de tiro. Dado el reducido perímetro de la susodicha caseta tenia un arte para moverse entre los disparos de aquellos que creíamos íbamos a derribar el palillo que sostenía un cigarro o una bola de caramelo. Era difícil acertar con aquellas escopetas amañadas y casi siempre obedientes a su amo.
La primera tómbola que llegó a nuestro pueblo que yo recuerde fue aquella que supuso un hito en cuanto a tómbolas se refiere en Torredelcampo.  Me refiero a la conocida cómo la Tómbola del Cubo. Esta fue la que cambió en todas las casas los cubos de metal por los cubos de plástico. Está en mi memoria aquél feriante que no daba abasto acompañado por su mujer y otros tantos operarios a tanto gentío que se agolpaba ante su caseta comprando papeletas. La de dinero que ganó en aquellos años.  Otro de los que no faltaba ninguna feria era el retratista con el caballito de cartón.
Quién acudía año tras año era la Orquesta Sahara. Un lujo escuchar aquél quinteto de músicos jaeneros en la plaza después de haber cenado y tomado un ponche fresquito de “malacatón”. Formaba parte de este grupo musical entre otros, -creo recordar- un señor mayor con gafas de muchas dioptrías que tocaba el contrabajo y un trompetista joven, los cuales eran unos portentos. Habrá quienes de mi edad recuerden también a los que vendían agua en la plaza en botijos de barro al grito de ¡A gorda la “barrigá”! Yo prefería siempre un helado del Chache. Bueno, yo, y cualquiera. ¡Que buenos los hacia!.
La feria era esperada por todos, hasta por aquél puñado de avispados torrecampeños especialistas en timbas de envite acostumbrados al tapete verde, al humo de los cigarros puros, y a prolongar las madrugadas con los días y las noches con tal de desplumar a cuantos pardillos se jugaban en el tapete hasta su alma. Me contaron que algunos de los feriantes que hacían su agosto en nuestra feria aficionados al naipe, salían del pueblo sólo con lo puesto.
Adiós a aquella feria donde nuestro pueblo rebosaba de emigrantes torrecampeños que volvían para disfrutar de las fiestas junto con la familia. Aquella feria se acabó, ahora, apenas se oye el primer cohete hileras de autocares todos con rumbo a la playa dejan al pueblo casi despoblado. Lástima de nuestra feria, de aquella feria.
 En fin, sé que la palabra recuerdo es muy repetitiva en mi, pero qué le voy hacer si aún recuerdo mis recuerdos, y cómo no, recuerdo los buenos recuerdos de aquella feria.