martes, 20 de septiembre de 2011

EL HORNO











                              












Panaderos de nuestro pueblo

De izquierda a derecha el hornero Juan "Pajarillas", en el centro su hermano Jaime, y a la derecha Manuel, hermano de Ana Maria, la mujer de Juan. Tenian el horno en la Peña del Concejo con la calle San Sebastián.
          Foto cedida por su nieto Joaquín Eliche Rama el de la óptica de la Avda.Constitución 72 de nuestro pueblo.



En casa de mi abuelo materno recuerdo que había un molino manual de piedra para moler el trigo. Estaba desdeñado en un rincón del patio y sospecho que no quiso desprenderse de él por el temor a tener que utilizarlo nuevamente. Consistía en dos piedras pesadas de granito que se hacían girar una sobre la otra aplastando al cereal. Fue usado en una época en que los que la vivieron querían silenciar su uso para no revivir tan malos recuerdos de aquellos tiempos de escasez de alimentos, de hambre y estraperlo.
Pero el runruneo que produciría este primitivo molino afortunadamente quedó silenciado para siempre, ya que nunca lo vi funcionar, para bien de todos, ya que el pan desde mis tiernos albores de mi infancia se elaboraba en los hornos.
Viene a mi memoria haber acompañado más de una vez a mi padre a la fábrica de harina que estaba ubicada en la Carrera Alta a llevar una parte del trigo recolectado para molerlo. Después de que el molinero le descontara la maquila por el trabajo de la molienda, la harina que le correspondía libre del salvado o “salvao” como a la cáscara del grano de trigo la llamábamos, ambas cosas la llevaba a casa pues el salvado se aprovechaba para engordar al cerdo. Otros en cambio llevaban la harina directamente desde el molino al horno, donde el panadero le daba en base a los quilos que llevaran una cierta cantidad de vales, para después día a día ir a retirar el pan a medida de su necesidad. Los vales, unos panaderos lo facilitaban de cartón con su nombre impreso, y otros recuerdo que eran de chapa en forma de rombo; pero mi padre nunca canjeó la harina por vales sino que siempre la llevaba a casa para que una vez a la semana mi madre amasara el pan.
El día que mi madre amasaba me mandaba a mí o alguno de mis hermanos al horno a por un poco de levadura. Luego, en un tinajón de cerámica echaba agua, harina y la levadura y de rodillas con los puños una y otra vez lo iba amasando hasta conseguir una masa compacta. Después la dejaba reposar y en la misma tinaja la llevaba al horno. Una vez en él, el hornero moldeaba los panes y le decía el número que habían salido con la masa que mi madre había llevado y a continuación lo metía en el horno para su cocción, pero antes, a cada uno de esos panes lo marcaba con una señal de metal que mi madre usaba sólo para este fin fabricada por el hojalatero para diferenciarlos del resto que no era otra que las siglas: FV, correspondientes a las iniciales de mi padre. Algunos lo marcaban con la huella de la articulación de un hueso de cordero.
Después de la cocción, y de pagarle al hornero lo que correspondiera a tenor del número de panes, mi madre lo llevaba a casa y lo metía en una orza de barro en la cantarera, lugar que era el más fresco de la casa. Nada como aquél pan que desde el primer día y hasta el último se cortaba en rodajas sin llegar nunca a ponerse ni duro ni blando, ni tampoco a desgranarse. Por poner un ejemplo, el agujero del panaseite en este pan nunca se filtraba ni se colaba por orificio alguno. Un lujo.
Naturalmente una gran mayoría compraba el pan en el horno en efectivo, pero está en mi memoria quienes iban al “fiao”. Algunos de estos llevaban una caña en la mano donde el hornero hacía una mueca. A la hora de rayarla con una navaja aprovechaba para hacerlo al mismo tiempo en otra caña que él guardaba, ya que así nunca podía haber ninguna duda del número de panes que le debía el cliente.
Me gustaba entrar al horno por la mañana durante el fragor del ruido que hacían las máquinas que amasaban el pan y gozaba contemplando de cómo por entre los cilindros de uno de aquellos aparatos de forma circular que funcionaba mediante telarañas de gruesas y anchas poleas colgadas en el techo, se agitaba la masa adelgazando su grosor una y otra vez cuando se internaba aplastada por entre las columnas cilíndricas de aquél viejo artefacto fabricado en no recuerdo el lugar ahora de Cataluña. Esto último lo conservo en mi memoria porque en abultadas letras metálicas aparecían y desaparecían en las continuas vueltas de aquél ruidoso artilugio la marca y el lugar de su fabricación.
No solamente se olía allí a pan recién salido del horno nunca mejor dicho, sino que llegado las fiestas navideñas y las de semana santa el horno se envolvía con los aromas del rayado de limón, el ajonjolí, la matalahúga, la manteca, las claras de huevo y otras especias que servían para fabricar los típicos dulces de las fiestas, sobretodo mantecados, galletas y magdalenas, además de los consabidos “ochigos”. A veces el horno también se aromatizaba los días que los clientes llevaban para asar debidamente adobado con un sinfín de especias algún conejo o cabezas de cordero, impregnando con su rico aroma a toda la calle cuando iban a recogerlas.
La vieja estampa del maestro hornero sacando el pan del horno con la achicharrada y afilada pala de madera chamuscada por la de veces que se internaba en el fogón, y el humillo de vapor que desprendía el paño húmedo limpiando la base del pan caliente, lo llevo guardado en mi memoria como en mis glándulas gustativas conservo el sabor del aquél pan tan rico que sé que nunca ya volveré a degustar.
En nuestro pueblo en mis tiempos existían muchos hornos, algunos aún perduran pues la tercera o la cuarta generación de aquellos maestros artesanos que yo conocí perseveran en el oficio sagrado de hacer el pan.
Obrador, tahona, panadería, así se le conoce ahora a los establecimientos donde elaboran el pan, pero yo prefiero aunque esté en desuso llamarlo como en mis tiempos: horno, y me gustaría también que a la hora de comprar no me dieran a elegir tanta variedad como existe ahora, que si el chapata, que si la baguette, etc... sino un pan, un panete o un bollo elaborado con tan ricos y tan naturales ingredientes como los de entonces. Algunos de mi época dirán que me he olvidado de los violines. Estos los hacían por encargo y eran para los que estaban a dieta por alguna enfermedad, aunque para ser sinceros en aquellos tiempos a dieta, a dieta pura y dura desgraciadamente había muchos.
Mi más sincero reconocimiento a los horneros de nuestro pueblo, a los que desaparecieron y a los que siguen en la brecha trabajando de noche para que al alba el pan esté dispuesto en las panaderías y en los coches que con sus estridentes bocinas nos anuncian de la llegada del pan nuestro de cada día puesto a domicilio en la puerta de nuestra casa.
Como pueden comprobar todo ha cambiado... hasta el pan de entonces.










viernes, 2 de septiembre de 2011

MI BLOG EN LA PRENSA

   

                                               
         Cuando me inicié en esta aventura bloguera, lo hice con un solo propósito: que mis evocaciones quedasen en la red de redes para que los torrecampeños de hoy y los que nos sucedan, pudieran a través de mis recuerdos, saber la manera de vivir en nuestro pueblo, en el periodo que duró mi niñez y mi adolescencia.
         Sólo, a muy contadas personas de mi círculo que conocen mi afición por la escritura, entre ellos a un experto mecánico de las palabras, fueron a quienes les confesé esta aventura por mí emprendida al poco de iniciarme en ella. Como protagonista, quería permanecer fuera de todo protagonismo silenciando hasta donde pudiese esta mi ocurrencia inter-nauta. Una de mis hijas me reprochó mi mutismo cuando por casualidad un día descubrió mi blog. Pero debo de reconocer mi ignorancia, pues por el hecho de ser un aficionado en esto de Internet, creía que estos recuerdos colgados por mí, iban a acomodarse en uno de los rincones de la red, relegados y casi perdidos entre la maraña ingente de información puesta a disposición de  los cientos de millones de navegadores en esta llamada por algunos: autopista de la información. Pero no ha sido así, ya que desde entonces son varias las miles de visitas que he recibido en este mi blog, algunas desde muy diversos y lejanos países y continentes.
         Hace unos días por iniciativa de José Bueno en el Diario Jaén, periódico muy entrañable para mí, y de muy buenos recuerdos, mi nombre ha ocupado parte de una de sus páginas. Digo lo de entrañable porque en este periódico, mi abuelo suscrito a él, me ponía los deberes aritméticos en algunas de sus hojas aprovechando los espacios en blanco huérfanos de palabras. Recuerdo siendo muy pequeño, que lo primero que yo hacia era buscar la página de sucesos que era lo que más me atraía, tal vez por el morbo, para de inmediato de forma silábica leer la noticia, y cómo no,  buscaba también la viñeta de Vica con el personaje de Manué. Creo que a partir de entonces mi impronta afición por la lectura se estableció en mí.
         Es curioso y sorprendente, hace unos días recibí un correo de un entrañable amigo de la infancia, de los que se fueron y no regresaron, y me decía entre otras cosas que recordaba a mi abuelo y su periódico. La verdad que me llenó de alegría después de tantos años sin vernos y ahora él, también me ha sabido encontrar por este medio, por eso aprovecho para invitar a cuantos quieran a enviarme cualquier sugerencia o cualquier recuerdo por mí hasta ahora olvidado, pues eso me estimula para seguir escribiendo.
         Doy las gracias por las palabras de ánimo que recibo de muchos torrecampeños, que se fueron y no volvieron, y también de los que no lo hicieron, pero mi mérito si es que lo tiene, modestia a parte, lo quiero compartir con todas las buenas gentes de mi pueblo, en él nací y allí nacieron también todas las evocaciones que escribo, por lo tanto no las hago mías sino, de Torredelcampo, mi pueblo.     

                                     anterovillar@gmail.com