domingo, 26 de febrero de 2012

CAMPANAS TORRECAMPEÑAS

        
         Faltaba algo que de momento no supe qué, pero más tarde, cuando eché de menos sus dilatados silencios, pregunté y me dijeron que estaban en reparación. Me estoy refiriendo a las campanas de nuestro pueblo.
         Sí, en mi visita reciente de hace unos días no he podido escuchar su repique porque dicen que quedaron roncas de tanto redoblar, y doblar a lo largo de los años.
         Tal vez si mi memoria no me falla puede que lleven sesenta años sin ir a visitar al otorrino. Recuerdo verlas reposar en una de las aceras de la calle las Cruces y eran más altas aún que lo que yo pudiera medir con mis cuatro años. Es posible que desde que las izasen al campanario en aquellos tiempos no hayan estado nunca en el taller para ajustar sus sonidos, que no su deje, porque su tono es como nuestro acento torrecampeño.  He oído el tañer de muchas campanas en muchos de los lugares por los que he pasado a lo largo de mi vida, pero las de nuestro pueblo suenan de forma muy diferente a todas las demás. Es un sonido que desde pequeño te acostumbras a él, y al cual te familiarizas llevándolo dentro de ti como algo tuyo.
         Campanas las de nuestro pueblo que saben llorar cuando lloramos, acompañándonos en nuestro dolor, con sonidos lentos y tristes que invitan al sollozo cuando alguien se nos va, derramando desde la altura su eco lastimero que el viento hace llevar y mecer hasta los más recónditos rincones de nuestro pueblo. ¿Por cuantos habrán doblado?
         Las he oído repiquetear muy deprisa, y angustiadas en el silencio de la noche, tocando a asamblea cuando se producía algún incendio. Entonces la gente corría hasta la plaza para informarse, e inmediatamente acudían a la casa que estaba ardiendo con cubos, formando una cadena humana desde el pilar o la fuente más próxima.
         Campanas las nuestras, que también saben medir el tiempo, informándonos de la hora cuando el reloj le ordena desgranarla de forma lenta y parsimoniosa, obedeciendo y acatando hasta su repetición en cada una de las horarias.
          Pero lo mejor de nuestras campanas es su sonido alegre y cantarín en las fiestas y celebraciones. Su repiqueteo jubiloso y envolvente vuela raudo entre el aleteo de palomas que huyen despavoridas por el incesante golpear del badajo sobre el metal, invitandonos con su voltear a ser partícipes de no sólo de los actos religiosos, sino también de aquellos de divertimento y regocijo, que para eso los torrecampeños tenemos fama ganada, y así, por nuestras fiestas y tradiciones, nuestro pueblo se está haciendo acreedor de una popularidad más que manifiesta, la cual ya forma parte de nuestra idiosincrasia.
         Por todo ello no me gusta percibir como en estos días de carnaval que he pasado ahí, el huérfano estallido de cohetes si estos no van acompañados por el repicar alegre y festivo de nuestras campanas.
         Para mí, ya repicaron cuando me casé, y sé que doblarán también por mí algún día, pero hasta cuando eso llegue, -espero que tarde muchos años- yo quiero seguir escuchando entre todos sus sonidos, el de su gozoso repiqueteo los días de fiesta.               
        

martes, 7 de febrero de 2012

COMIDA EN LA BASURA. BASURA EN LA COMIDA.

           No era muy tarde, posiblemente aún no serian las diez de la noche, cuando al pasar por la puerta de un supermercado vi a un pequeño grupo de personas  que discutían de forma acalorada. Mi acompañante me sacó de dudas puesto que vive cerca de allí -¿Sabes por qué discuten? Me dijo. –No. Respondí. -Discuten entre ellos porque se disputan el derecho a rebuscar comida en los cubetos del supermercado. Así están todas las noches. 
            Hoy no quiero hurgar en mi memoria para poder encontrar en el tiempo situaciones como la que estamos viviendo, porque naturalmente aquellas vividas por mí fueron también muy penosas, pero se me parte el alma cuando contemplo escenas como la que describo, y más que de seguro después de que estos desdichados se fuesen, otros más llegarían para llevarse los despojos de los primeros, para hacer bueno aquello de Calderón de la Barca que ya leíamos los de mi edad en la enciclopedia Álvarez:                        
      
                                   Cuentan de un sabio, que un día
                                   tan pobre y mísero estaba
                                   que sólo se sustentaba
                                   de unas yerbas que cogia.
                                   ¿Habrá otro, entre sí decia,
                                   más pobre y triste que yo?
                                   y cuando el rostro volvió
                                   halló la respuesta, viendo
                                   que iba otro sabio cogiendo
                                   las hojas que él arrojó.   
           
         Me imagino que la cesta que llenarían seria de productos caducados, algunos en estado de descomposición posiblemente. Para estas pobres gentes se acabaron los controles de calidad en alimentos como en la leche, las frutas, los huevos, la carne, el pescado, el aceite, etc...  Se les acabó también la gestión que pudieran influir los encargados del medio ambiente en su calidad.
            Hablando del medio ambiente. Me sorprende que nada más que desaparecer el ministerio que lo representaba, absorbido por el de agricultura –supongo que habrán ubicado sus restos y dado acomodo a parte del personal  en alguno de los sótanos  del de la Glorieta de Atocha-, algunas empresas no han esperado mucho para eliminar a una buena parte de los empleados que se dedican a la noble tarea de vigilar el deterioro medioambiental, mejorando para ello las condiciones en los procesos, y en los productos, todo ello acatando y dando cumplimiento a normativas universales.  
         Esto es lo grave, que están eliminando al personal que por ética a su profesión, –y esto lo sé de primera mano- tienen que tomar decisiones a veces muy dolorosas en contra de la cuenta de resultados de la empresa, por cumplir y asegurar las normativas medioambientales. Y lo peor es que a la hora de deshacerse de ellos, algún que otro trepa, subordinado a unos objetivos, por lo que si los logra ha de recibir, es de suponer, un sustantivo trofeo en euros, se limite a decir que para él todo lo relacionado con el medio ambiente desde siempre le ha parecido una m. El fin para “éste”, justifica los medios.
         A lo largo de mi vida laboral he conocido a muchos con el mismo perfil, pero para estos verdugos también existe la horca. Recuerdo a uno de ellos que cuando prescindieron de sus depravadas y consentidas funciones, la única persona que se dignó despedirse de él fue la señora de la limpieza porque le extrañó encontrarlo llorando. Tampoco halló apoyo ni consuelo en toda la camarilla de serviles aduladores de los que se solía rodear.
         Así pues, vayámonos preparando, pues como dije al principio, me extrañó que la gente recoja comida en la basura, pero no me sorprenderé cuando dentro de muy poco vea basura en la comida, la cual estará en las estanterías de muchos supermercados. Al tiempo.