miércoles, 15 de agosto de 2012

MATALAHÚGA O MATALAHÚVA

    

      En mi niñez, después de la feria y de la recolección de los cereales, durante los primeros días del mes agosto, se recolectaba la matalahúga o matalahúva. Se hacia bajo palio para guarecerse del sol –cuatro palos clavados en el terreno, sirviendo un faldeo de colgadura-  en la misma tierra donde se cultivaba, de esta manera se procedía a su desgrane golpeando a las panochas ya secas con un corcho, al tiempo que su simiente caía en otro faldeo o paño tendido en el suelo.
         Para mi era lo mejor que mi padre podía sembrar ya que me gustaba todos y cada uno de los trabajos que se realizaban hasta llegar al desgrane ya explicado.
         Se sembraba durante el mes de marzo o primeros de abril. El proceso de su siembra se realizaba inmediatamente después de arar el terreno, ya que su simiente al ser tan diminuta no podía enterrarse muy profunda; es decir, tenia que esparcirse sobre la superficie arada y posteriormente enterrarla mediante el proceso de allanado del terreno que consistía en arrastrar sobre   la tierra recién movida sirviéndose de una caballería, el timón del arado -injero- al que se le colgaba algunas ramas de retamas. Así la tierra quedaba igual que si un albañil la hubiese alisado con la plana.
         Pasado un tiempo, para primeros de mayo, las incipientes plantas ya apuntaban con una o dos hojas pequeñas. Era el momento del pinzado, pues había que ayudar a la siembra a quitarle con los dedos todas las malas hierbas, y para no herir a las aún frágiles y quebradizas plantas, se hacía calzándose unas alpargatas, aquellos que no lo hacían con albarcas. Si el mes de mayo era lluvioso la cosecha estaba casi asegurada, ya que la matalahúga es una planta muy agradecida al agua. Antes de su floración, a últimos de junio, había que haber escardado la plantación con el almocafre al menos dos veces. Ya para esas fechas los apicultores andaban prestos a instalar sus colmenas cerca del campo de matalahúga, porque según contaban, la miel resultante era de una calidad extraordinaria. El grano de anís ya se dejaba ver en el mes de julio y poco después las panochas cuajadas de diminutos frutos llegaban a la sazón. Era cuando se arrancaban las plantas haciéndolas manojos, atados estos con una de sus más largas matas. Los manojos eran puestos al sol formando con ellos redondeles de al menos dos metros de diámetro y más de un metro de altura, a lo que le daba en llamar cabañuelas.  Las panochas besándose con otras panochas se iban amontonando al sol hasta llegado el momento de desgranarla, cribarla, y su posterior envase en sacos, que eran llevados hasta la casa del agricultor. Si durante el periodo de secado hubiese habido una tormenta, el grano adquiría con el agua un color negruzco y perdía por ello precio en el mercado.
         Las casas donde había almacenada matalahúga quedaban aromatizadas con el olor inconfundible de esta simiente. Yo recuerdo este aroma en casa de mis padres que duraba hasta llegado el momento en que su precio fuese razonable para la venta. Era cuando los marchantes se personaban con romanas para su pesado y compra.
         En aquella época si se preguntaba a algún agricultor qué es lo que se elaboraba con la matalahúga, ninguno podía dar una respuesta acertada, tan sólo que al oler igual que el aguardiente, decían pudiera servir para su obtención, y estaban en lo cierto. La Wikipedia lo corrobora y además amplia que se puede utilizar para favorecer la digestión, mejorar el apetito, aliviar los cólicos y también las náuseas entre otras cosas. Yo escuché una vez siendo pequeño que servia también para aliviar las sonoras e inoportunas ventosidades además de los ácidos regüeldos.
         Siendo chiquillo hice un cigarro de matalahúga envuelto con papel de estraza. A las dos o tres caladas la cámara donde estaba el granero empezó a bailar a mi alrededor y me estuve que echar al suelo para poder encontrar las escaleras de bajada. Recuerdo también que mi padre enterraba algunos melones arropados con sus granos, porque pasado un tiempo adquirían un sabor difícil de reseñar.
         Hoy ya no se cultiva matalahúga en nuestro pueblo puesto que todo es olivar. Por eso yo he querido hoy recordar los trabajos de producción, el provecho y la utilidad de una planta que añoro, no solo por su aromático olor, sino que echo de menos también aquéllos blancos mantos que adornaban y salpicaban el paisaje de nuestro pueblo mientras duraba su periodo de floración. Era precioso os lo aseguro.