jueves, 20 de diciembre de 2012

EXTRAÑA NAVIDAD


         Aquél abuelo solía sentarse en uno de los bancos del parque del pueblo. Atrás quedó el tiempo de tertulias que durante años en ese mismo lugar bajo la sombra de un nogal en el verano, y también arropado por los lánguidos rayos de sol en invierno cuando el árbol se desnudaba, acostumbraba a departir con amigos casi a diario. Amigos que se fueron yendo poco a poco; algunos sin avisar. Hoy después de mucho tiempo, casi en las puertas del invierno, se ha sentado nuevamente en aquél banco. Lo ha hecho después de quitar las hojas amarillas y mustias que lo tapizaban. Se ha sentado con las manos apoyadas en su inseparable bastón, pero antes, ha inclinado la gorra con la que se cubre la cabeza hacia su cara, casi ocultándola, no porque le estorbase el sol, sino para que nada ni nadie pudiesen perturbar sus pensamientos, o puede que fuese esta la mejor manera de disimular sus lágrimas.
         Antes de poner en orden sus ideas, una ráfaga de viento le distrae y ve como el aire arrastra una buena parte de las hojas que alfombraban sus pies; otras en cambio juegan en pequeñas carreras arriba y abajo del pavimento del parque a merced de pequeñas bocanadas de viento. Ninguna de esas hojas le ha dado a él sombra este año, pues no volvió desde que sus amigos se marcharon al abrigo de otro parque, donde dicen que ningún niño va a jugar y en el que sólo existen algunos contados árboles de afilada silueta que se erigen buscando el cielo.
         Sentado, aprieta sus dos manos sobre el bastón y piensa que a él no le hubiese importado marcharse también cuando se fue el último de sus amigos, aquellos que le ayudaban a mantener vivos los recuerdos de un tiempo que pasó. Por recordar, recordaban algunas veces hasta el olor del hambre, pues el hambre es aliada de la miseria, y la miseria de lo putrefacto. En otras ocasiones solían rebuscar entre el polvo de sus recuerdos sus tiempos como emigrantes en extraños, lejanos, y fríos países europeos donde para llegar a su destino lo hacían en trenes muy lentos, los cuales parecían aumentar y multiplicar más aún la distancia con su querido pueblo. Aquellos años de exilio y de trabajo lejos de la familia, que le sirvió a él para comprar la casa donde desde entonces vive en el pueblo.
         Hubo un tiempo que no le hubiese importado que le hubiesen llevado a hombros hasta el lugar donde se encuentran sus amigos. Pero su más ferviente deseo por ahora es retrasar en todo lo posible su último viaje, hecho por el cual se cuida más que nunca, y si alguna vez se había sentido en el seno familiar un estorbo, desde un tiempo atrás se siente muy importante, digamos, el protagonista principal de la obra trágica que desde años atrás se cierne sobre su hogar.
         Su hijo era albañil. Trabajó durante muchos años en la construcción siempre a destajo, o por trabajos acordados. Ganó mucho dinero. Cambió de casa tanto como de coche, siempre superando y mejorando lo anterior. Su nivel de vida iba aumentando como así el del círculo de sus nuevas amistades. Cenas, escapadas, vacaciones caras a países lejanos y exóticos con un despilfarro tal que en muchas ocasiones el abuelo se lo reprochaba. Sus palabras de respuesta del hijo siempre eran las mismas: ¿Tú crees que vamos a volver a los tiempos aquellos, en los que te tuviste que ir a Suiza para poder comer?  Su nuera era igual: Ya está el abuelo con el mismo latiguillo, solía repetir.
         Hace ya años su hijo creó una empresa y se dedicó de lleno a la construcción. Compraba terrenos caros y vendía los pisos más caros aún enseñando el plano, y no el piso piloto debido a la demanda. Se sentía un dios, siempre rodeado de una cohorte de palmeros y chaqueteros.
         Pero llegó algo malo que el abuelo presagiaba con sus repetidas frases: “no se donde vamos a llegar” “esto no puede seguir así” “esto tendrá que explotar el día menos pensado” Y llegó la gran explosión: La crisis. La maldita crisis, esa que dura y que perdurará mucho más aún. Y con ella llegaron las desgracias.
         Ahora su hijo vive con él en su casa. También su nuera y su nieto de veinte años. El banco se quedó con todos los bienes que amasó durante la época de bonanza. Adiós a aquella mansión con piscina y nevera siempre llena, donde acostumbraban sus amigotes y esposas en veladas hasta el amanecer a zambullirse repletos de güisqui en la piscina. Ya nadie le visita. Tan sólo los acreedores. Está sumido en una profunda depresión hecho que le hace no salir a la calle y no comunicarse con nadie. Tiene cincuenta y cinco años y es autónomo. Todos ellos viven ahora en su casa a costa de su pobre pensión de poco más de ochocientos euros. Por eso quiere vivir mucho tiempo aunque sea sufriendo. Toda su vida fue así, un puro sufrir, y ahora al final de ella su sufrimiento es mas gravoso, pero él sabe resistir. ¿Acaso no está curtido de tantas puñaladas como la vida le dio? Se dice y se da fuerzas para sí.
         Pero hoy su nieto le ha partido el alma. Su nieto, al que quiere con locura es un pedazo de pan. Dejó los estudios y trabajó con su padre los últimos años. Sabe algo de albañilería, también de electricista y fontanería. Hoy lo ha encontrado en su cuarto llorando. Con voz entrecortada al tiempo que lo abrazaba le preguntó el motivo. Pensó que tal vez fuese porque no tenía dinero para salir, aunque él, a espaldas de la abuela acostumbra a darle siempre los fines de semana algún dinero para que alternara con los amigos, aquél dinero que reservaba para tomar algún café y que nunca se tomaba. Pero este hoy no era el caso. Su nieto le ha dicho que cuando pase la navidad se marcha a trabajar a Canadá, porque allí hay trabajo para los que entienden en el ramo de la construcción. ¿Su nieto, emigrante como él lo fue? ¡Que desgracia! Y se pregunta: ¿de qué me ha valido trabajar tanto, si lo único que le voy a dejar a mi nieto es la maleta de emigrante?  
         Por eso hoy está en el parque. Para pensar, y lo hace solo. Quiere analizar si él es culpable por algo que hizo o dejó de hacer hasta llegar a la situación en que se encuentra su hijo y su familia. Reflexiona: Según dicen todo es culpa de los políticos y de los bancos, -le corrijo, las Cajas- aunque para él la culpa la tienen los de siempre: los ricos. Estos, se vieron desbordados por muchos ricos nuevos como su hijo y han vuelto otra vez a ejercer su supremacía. Ellos son pocos pero muy poderosos, los mismos que desde siempre han movido los hilos del mundo para seguir enriqueciéndose cada día más a costa de seguir oprimiendo a la humanidad... Por culpa de ellos tuvo que emigrar él un día, y ahora pasados los años lo va  hacer su nieto, aunque retorna a pensar que por qué en esos países adonde la gente emigra y también les afecta la crisis no pasa como en el nuestro, y piensa que tal vez sea porque hayan estado mejor gobernados, y vuelve a pensar, a pensar, a pensar... buscando más culpables, y encuentra un sinfín de ladrones que han esquilmado las arcas del estado, y para de pensar porque llega a la conclusión que tal vez si ahonda más en  pensamientos tan preocupantes llegue a especular de que su pensión peligre, y eso si que seria para él una circunstancia más que lamentable.
         Rumia y especula ¿Volverán los ricos a distinguirse por tener el pescuezo largo como antes? En su niñez ya se diferenciaban, por ello cuando preguntaban a los niños de los ricos: ¡Niño! ¿Que vas comer? Estirando el cuello y ejercitando el músculo todo lo posible contestaban: ¡Chicha! En cambio los otros niños como él a la misma pregunta encogían la cabeza entre los hombros y decían: No sé. Por eso los del pescuezo corto para él siempre han sido salvo raras excepciones los pobres –este que escribe presume de pescuesillo corto-.
         Pero esta noche es Nochebuena y ha encargado a la abuela –su mujer- que sea una noche... eso, pues buena, y que a pesar de las circunstancias por las que atraviesan que aparte del asado y otras viandas, compre también algunos mariscos. ¡Que cojones!
En sus tiempos de posguerra recordaba que cuando alguien comía mariscos era porque uno de los dos estaba malo. ¡Que tiempos!
         Se levanta y regresa a casa. En el camino se encuentra a grupos de niños cantando villacincos y tocando panderetas ¡Pero mira como beben los peces en el río...! repiten, una y otra vez.  Él también beberá y celebrará esta noche la Navidad, tratando aunque sea con una sonrisa alquilada contagiar a los demás, pero el Feliz Navidad a los suyos, ése, le saldrá del alma, pues será muy sincero.  
El mismo deseo del abuelo, lo hago extensivo a ti, y a todos los tuyos. 
                                              PAZ Y BIEN AMIGOS
En fin, todo esto es ficción. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, aunque sospecho que abuelos como estos hay muchos, los cuales celebrarán la Navidad con la esperanza de que la misma nos traiga a todos: Paz, trabajo y amor.
Pd.
Queridos torrecampeños, amigos y demás blogueros, he querido buscar otra historia menos triste para desearos Feliz Navidad, pero tal y como están las cosas no me ha salido otra mejor... tal vez cuando las circunstancias mejoren dentro de veinte o treinta años... allí estaré yo y lo celebraremos...  en el otro parque, el de contados árboles de afilada silueta que se erigen buscando el Cielo...