lunes, 11 de marzo de 2013

AQUELLO QUE VI DÍAS DESPUÉS DEL 11M

              
Lo que escribí días después del atentado:

Hoy nueve años después. 

               Una de mis hijas utiliza a diario para ir a la universidad el tren de cercanías. El mismo tren que el pasado jueves once de marzo nos tiñó de luto a todos. Ése día no tomó ese tren por una huelga del profesorado, pero sí lo volvió a hacer en cuanto la línea estuvo restablecida, y lo sigue haciendo como tantos otros, demostrando con ello a los asesinos que pueden parar los trenes con bombas, pero no pararan nuestro mejor tren, que es el de poder y querer vivir en paz y en libertad.  
         Hoy como homenaje a las víctimas he querido montarme en ese tren. No me lleva otro motivo que el de hacer el mismo recorrido de aquellos que no pudieron llegar. Inicio el viaje en metro hasta la estación de Puerta de Arganda desde donde enlazo con la de cercanías en la de Vicálvaro. Una vez dentro del vagón percibo una extraña sensación. Existe entre los viajeros un silencio cómplice que se contagia. Veo a gentes que rehuyen de inmediato la mirada.  Algunos hacen como que contemplan el paisaje a través de los cristales, otros como que leen un libro, pero intuyo que disimulan, pues no parece que estén absortos ni en el paisaje ni en la lectura, ya que continuamente desvían su mirada prestando atención a lo que pasa a su alrededor. Me siento vigilado mientras yo también vigilo.        
          Al pasar por la estación de Santa Eugenia, crespones negros, flores y fotografías cuelgan de las columnas de las marquesinas. En el suelo algunos cirios encendidos. Más adelante en la estación de El Pozo veo a albañiles levantando los muros que fueron destruidos por la explosión. Aquí las flores, fotografías, velas encendidas y banderas con crespones negros se acentúan. Llegado a la estación de Atocha, el trasiego es el cotidiano a un día cualquiera antes de los atentados. Conforme voy andando por una de sus plantas, noto un fuerte olor a cera. Centenares, tal vez varios miles de cirios encendidos en el suelo se encuentran en un ala de la estancia protegidos por unas vallas. El color rojo de los mismos se confunden con el amarillo de las llamas. A medida que me aproximo me invade un sentimiento muy extraño, casi místico.
         Observo una gran cantidad de poemas adheridos en los muros del recinto, escritos tal vez de forma espontánea, no quedando huecos para más. Nadie dice nada. Sobran las palabras. Tal vez el silencio se rompe con algún sollozo o el sonido que produce alguna cámara de fotos. Veo alguna muñeca, será de alguna de las niñas muertas que ya no podrá jugar con ella. La gente sigue llorando y encendiendo nuevas velas, y presumo que este lugar se ha convertido  en un centro de peregrinación. El flujo de gente es constante.
         Salgo de allí consternado pensando en los que murieron y en sus familiares, porque muchos serian, hijos o nietos de aquellos que como en mi pueblo subieron hace ya mucho tiempo a otro tren. El tren que los llevaba a buscarse el sustento en otras latitudes.
         Sé que era jueves aquél 11 de marzo. Ya han pasado nueve años. Ojalá que el destino de todos aquellos que murieron fuera el de un mundo mejor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario