miércoles, 4 de diciembre de 2013

RUIDOS, SILENCIOS, OLORES, Y PAISAJES ACEITUNEROS



Cuando esto escribí, estaba en mi pueblo.

Al alba, siendo época de recolección de aceituna las calles de mi pueblo se despiertan todas al son del traqueteo de los remolques que se dirigen a los tajos. Para algunos, será este un ruido cansino y desagradable por su incesante golpeteo; para otros como yo, ese sonido se vuelve menos incómodo y molesto habida cuenta de que su alboroto anuncia la recogida de la aceituna, y eso significa que hay trabajo, y si estos sonidos se prolongan durante al menos dos o tres meses es señal inequívoca de que la cosecha es abundante.
Hace sesenta años también al amanecer nuestras calles se envolvían con los sonidos que producían las caballerías al golpear con las herraduras el suelo originando un discreto y relajante rumor. Sus ecos y acordes en las frías madrugadas quedaban suspendidos por momentos entre el vaho del relente, casi meciéndose entre la bruma de los gélidos amaneceres aceituneros; después, estos sonidos se iban diluyendo perezosamente a medida que se alejaban los animales. Algunas mulas iban ataviadas con campanillas y en su bambolear al caminar, el grato y placentero tintineo de los refulgentes metales se mezclaban cada mañana con las voces de los aceituneros que partían para los tajos, los rebuznos de los borricos, el ladrar de los perros y los silbidos de sus amos. Cada amanecer la luz del alba parecía dotar a las gentes de nuestro pueblo de la energía suficiente para una nueva y dura jornada de trabajo. Luego, como ríos caudalosos al principio, arroyos y regueros después, mujeres, hombres y niños se perdían por entre la espesura de los olivares para recoger el fruto en un andar por caminos infinitos y veredas fabricadas por albarcas y alpargatas de lona. 
Y el pueblo entonces quedaba solitario y sordo, con un silencio callado, alterado nada más que por el del tañer de las campanas de la iglesia dando las horarias, y el del ruido de algún que otro chiquillo jugando solo en la calle porque su amigo con ocho años estaba ya ganando un exiguo, mezquino y miserable “jornal de niño” en la aceituna.
Ahora, las gentes naturalmente no van a los tajos andando. Cada mañana después de sufrir el efecto embudo a la salida del pueblo, las hileras de vehículos que los transportan junto con los remolques se pierden todos por entre la amplia red de carriles que serpentean por todo nuestro extenso término. Desde la lejanía parecen dibujar estos senderos en el paisaje un laberinto de arterias y venas superficiales que sirven para dotar al olivar de accesos fáciles para los trabajos. Y después, como antaño, el pueblo sigue quedándose solitario. Sus prolongados silencios se asemejan engañosamente a las mañanas domingueras donde nadie tiene prisa por levantarse, así, hasta poco antes de morir la tarde en que el pueblo vuelve a recobrar su pulso cuando las gentes regresan y la aceituna en el molino llega a transformarse antes de ser aceite en un vale con nombre y quilos que algunos atesoran y coleccionan con un más que exacerbado egoísmo presumiendo con descaro de los guarismos insertos en el boleto. Nada es como antes, nada; ni tan siquiera aquellos olores de antaño en tiempo de recolección de aceituna. ¿Quién no recuerda los olores de nuestras calles en aquél tiempo que acabo de dibujar con las palabras? Nuestro pueblo olía a almazara, a molino, a aceituna. Llevo ese olor impregnado aún en mí pituitaria desde cuando era niño y sin pretender que alguien me considere un  chauvinista, todo ello me hace recordar entre otras cosas a la “jerga” que no eran otra cosa que sacos de pita donde se envasaba la aceituna y que a lomos de las caballerías se transportaba hasta el molino. A veces llegaban a chorrear estos sacos por el zumo de las aceitunas embriagando las casas después de ser vertidos en la rampa de las trojes en los molinos. Todo quedaba bañado por el olor agridulce de la aceituna: los fardos, las espuertas de pleita, la ropa, todo, incluso aquella rampa llamada limpia donde se limpiaba de ramas, hojas y de impurezas el fruto antes de ser envasado. Cuando era muy pequeño y mi padre me llevaba de “excursión” a la aceituna, me gustaba recibir las caricias de los golpes de aquellas aceitunas que se despeñaban limpia abajo. Después, cuando lo hice sin tener edad para ganar un jornal, comprendí que el recreo se me había terminado y aquellas leves caricias dejaron de ser ya perceptibles por mí.    
Salgo a la calle. No me gusta pasear por mi pueblo cuando no está la gente de mi pueblo. Un extraño sentimiento me invade difícil de definir. Las calles están semidesiertas. Algún coche que otro mientras paseo, de manera esporádica. irrumpe la quietud de la amplia avenida por la que deambulo. Muy a lo lejos se oye el piconero pregonando su negra mercancía. Al poco regreso a casa. A lo lejos diviso a la sierra envuelta toda ella con una blanquecina sábana de bruma. Hace mucho frío y los montes intentan arroparse con un sol lánguido amarillento y enfermizo. Supongo que llevan muchos años haciéndolo pero Jabalcuz ahí está, eterno, no envejece como lo hago yo. Hoy quisiera ser de nuevo niño para esperar el regreso de los aceituneros a su entrada al pueblo para cantarle aquello de:
Aceitunero de pio pio. Cuantas fanegas has recogio. Fanega y media, y el culo frío.
Mañana regreso a Madrid. También sé recordar cosas de mi pueblo desde allí. Os la seguiré contando.


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