domingo, 3 de noviembre de 2013

EL CANDIL


Estoy completamente seguro de que muchos jóvenes de hoy no saben lo que es un candil, y si lo saben no lo han utilizado. Otros, los de la generación de mi padre dirán que este instrumento en desuso hoy, fue un utensilio primordial en todas las casas llegando a albergar cada hogar no solo uno sino dos o más candiles.
El candil que yo conocí era un aparato de metal con un recipiente que lleno de aceite y con una mecha empapada que ardía por absorción sirviendo la llama para alumbrar. A la mecha se la conocía como torcía, y al humo que desprendía al apagarlo, pabilo. Al ser nuestro pueblo por excelencia olivarero, ni que decir tiene que la materia prima estaba asegurada, y el hecho de que el aceite era y sigue siéndolo de la mejor calidad los destellos luminosos que produciría su llama serian de un fulgor tal, que me imagino que en tiempos más remotos alegraría a muchas suegras durante las horas en las que el novio hablaba por la noche con la hija en su casa. A propósito, uno que tiene buena memoria recuerda una coplilla picante que canturreaba un amigo extremeño que decía:
El candil se va a apagar, y mi madre no está aquí. Yo no digo que te vayas, pero, para no hacer “na”, ¿qué es lo que pintas tú aquí?  
No sé el año exacto en el que la luz eléctrica llegó a nuestro pueblo. He hecho averiguaciones a través de Internet y en nuestra provincia parece ser que dieron prioridad de principio a las poblaciones con mayor número de habitantes, y al pueblo nuestro como a otros de igual o parecida población no llegó la electricidad hasta principios del siglo pasado. Naturalmente que este invento se iría introduciendo poco a poco en los hogares; primeramente en aquellos donde el bolsillo era más holgado, llegando posteriormente de manera gradual a instalarse en el resto de las viviendas. Muy parecido a lo que yo viví y podemos contar los de mi edad con inventos como el radio, o la televisión.  De lo que si me acuerdo es de aquellas primitivas instalaciones eléctricas en las casas de cordones trenzados sujetos a la pared con diminutas jícaras, y que por el peso debido a las sucesivas capas de cal llegaban a curvarse. También recuerdo aquellos interruptores con el pellizco de madera.
Estoy seguro de que al principio el enganchar la luz, término este muy utilizado en nuestro pueblo seria muy costoso y digo esto porque en mi niñez conservo en mi memoria una casa con un agujero en el techo que servia para alumbrar el piso de arriba pasando el cordón y la bombilla desde el piso de abajo por el boquete. Era una manera de economizar.
Pero volviendo al candil de mis tiempos, éste, por lo general siempre estaba colgado en la repisa de la chimenea o en la pared, y en este caso con un cartón entre ambos para mitigar las manchas en el muro. Casi a todos ellos se les veía un palote que asomaba por el recipiente y que servia para avivar la torcía, y en su defecto, otras, hacía las veces para este menester la horquilla del moño de la abuela. El candil en mi niñez solo se usaba cuando había un corte de energía, y raro era el día que no había un apagón. En los cortijos naturalmente el candil era el utensilio que servia para alumbrarse.
Un taxista madrileño ya jubilado que vive en mi barrio me contó que antes de ejercer como tal, fue camionero allá por los años cincuenta y que en cierta ocasión llevando un cargamento de bidones de aceite vacíos cuyo destino era Martos, su ayudante hombre libertino y calavera que sabía de una casa a las afueras de nuestro pueblo en donde mujeres de dudosa reputación servían copas de aguardiente, –no quiero extenderme más-, quisieron tomar una copichuela y al entrar al pueblo la carga de bidones era  tan voluminosa  que llegaron a chocar los envases con el tendido eléctrico originando un chisporreteo tal, que los cables quedaron muchos en el suelo por lo que el pueblo quedó a oscuras.
          Le pregunté:
         -¿Llegasteis a ejecutar la faena? Es decir... a tomar la copa de aguardiente.
         -Si, a la luz de un candil –me respondió.
         Muy romántico, sí señor.
       Cuando le veo le digo que nuestro Ayuntamiento tiene una factura pendiente de cobro desde aquella fecha tan lejana correspondiente a los daños y perjuicios causados.
         El me contesta:
         -Que no se entere el alcalde de que soy yo el deudor.
         -Alcaldesa, ahora alcaldesa -le corrijo.
         -Bueno, pues habla con ella para que anulen esa factura, porque entiendo que no fue delito que por saciar mi incontinencia, la de tomar una copa de aguardiente, me reclamen una deuda que yo no la hacía pendiente.  
        -Se lo diré. Descuida, pero sin rima. Faltaría más.