domingo, 15 de diciembre de 2013

EMIGRANTES

        
       
                                                                            Foto de la revista XL Semanal

 Ahí están, el abuelo y el niño, en una estación cualquiera o puede que en un puerto llorando los dos despidiendo a sus familiares allá por los años cincuenta. El abuelo de cara arrugada y curtida compungida esta por el llanto parece tratar de contener la pena sin poder lograrlo. Una expresión de tristeza se refleja en su rostro aparentando aguantar la bola que se le formaría en el estómago antes del sollozo. En la foto, la entereza y fortaleza del adulto incontroladas por la emoción se perciben desmoronadas fomentadas tal vez por el llanto no escondido del niño.   
 He aquí la imagen de aquella España de mi niñez. La imagen del emigrante, de tantos y tantos emigrantes que abandonaron su tierra en pos de sueños necesitados, sin más ambición que trabajar para conseguir alimentarse. El rencor a quienes les empujaron a emigrar nunca lo demostraron porque su única lucha era matar el hambre, y eso les distrajo de entrar en otras guerras que de antemano sabían perdidas.
Escenas como las de la fotografía yo las viví cuando era pequeño. Niños y abuelos como el que aparecen en esta foto las sitúo en la estación de nuestro pueblo entre un flamear de pañuelos diciendo adiós y los resoplidos del tren al iniciar la marcha, mientras que nubes de vapor oliendo a carbonilla envolvían el andén. Recuerdo a un emigrante en una de las esquinas del Camino de la Estación dejando la maleta en el suelo volviendo una y otra vez a abrazar a su hijo de contados años y de su mujer que lo sostenía en brazos. El niño llorando estiraba los brazos pretendiendo irse con el padre. Mi corazón se contagió con su dolor y no pude aguantar mis lágrimas. Esta escena la conservo cincelada en mi memoria.
Han pasado casi sesenta años y seguramente aquél niño que estiraba los brazos hijo de aquél emigrante que con tan poca edad ya apuntaba a querer serlo de seguro, hoy, algunos de sus hijos o sus nietos le dirán adiós  desde la fila zigzagueante y serpenteante del control de embarque de cualquier aeropuerto para irse a trabajar lejos de España. Triste, muy triste todo ello.
Hubo un paréntesis en aquél éxodo de mi niñez. Duró un largo periodo de tiempo que nos permitió alcanzar un nivel de crecimiento y bienestar que no pudimos preservar, fundamentalmente por gestiones equivocadas, donde el egoísmo y la intransigencia además del descontrol, se dieron la mano con la avaricia y la codicia para atesorar todo lo ajeno por muchos de nuestros gobernantes. Por culpa de todos ellos hoy España vuelve a exportar emigrantes; esta vez solicitan guerreros bien formados; gladiadores que como en la antigua Roma estén adiestrados en las mejores escuelas de lucha. Y para ello, para abastecer su demanda, ahí están nuestros universitarios, los nuevos emigrantes, yéndose a países lejanos mientras que la tensión social existente en nuestro país por tantas y tantas tropelías se mantiene afortunadamente dentro de los cauces de la convivencia para bien de todos.
Yo espero y deseo que la situación actual en la que nos encontramos dure poco, y que todo se solucione dentro del marco de la sensatez con actuaciones pacificas, y que quienes nos gobiernan y nos gobiernen acierten en aplicar las medidas oportunas para que entre otras cosas España no sea como antes lo fue y lo es ahora, el almacén de mano de obra barata de Europa y de otros continentes más lejanos.
Ojalá que todos los jóvenes que ahora marchan regresen pronto a la tierra que les vio nacer. Que vuelvan a su pueblo, con los suyos, con sus gentes, y no sean como la mayoría de los que se fueron antaño en el tren de nuestro pueblo; muchos de ellos nunca más regresarían -ya lo he dicho en alguna entrada en este blog-. Otros, y de esto estoy muy seguro lo harán algún día para ocupar un pequeño y lúgubre habitáculo a la sombra de algunos de los árboles de delgada y puntiaguda silueta en el parque más silencioso de nuestro pueblo, aquél de recinto tapiado donde vivirán por días y años sin fin.
Es diciembre. Está amaneciendo. Desde mi ventana veo los coches aparcados cubiertos por una gélida gasa blanca que brilla centelleante con la última luz de las farolas. El magnolio que casi acaricia mi balcón mira su reloj esperando impaciente que salga el sol para calentarse y despojarse de su fría película blanquecina. Es domingo y mi calle a estas horas aún no se ha levantado, perezosa tal vez por el frío y la neblina.
El frío y el turrón siempre vuelven a casa por Navidad. Algunos emigrantes también. Ese es mi deseo.

                            ¡Feliz Navidad, amigos!

miércoles, 4 de diciembre de 2013

RUIDOS, SILENCIOS, OLORES, Y PAISAJES ACEITUNEROS



Cuando esto escribí, estaba en mi pueblo.

Al alba, siendo época de recolección de aceituna las calles de mi pueblo se despiertan todas al son del traqueteo de los remolques que se dirigen a los tajos. Para algunos, será este un ruido cansino y desagradable por su incesante golpeteo; para otros como yo, ese sonido se vuelve menos incómodo y molesto habida cuenta de que su alboroto anuncia la recogida de la aceituna, y eso significa que hay trabajo, y si estos sonidos se prolongan durante al menos dos o tres meses es señal inequívoca de que la cosecha es abundante.
Hace sesenta años también al amanecer nuestras calles se envolvían con los sonidos que producían las caballerías al golpear con las herraduras el suelo originando un discreto y relajante rumor. Sus ecos y acordes en las frías madrugadas quedaban suspendidos por momentos entre el vaho del relente, casi meciéndose entre la bruma de los gélidos amaneceres aceituneros; después, estos sonidos se iban diluyendo perezosamente a medida que se alejaban los animales. Algunas mulas iban ataviadas con campanillas y en su bambolear al caminar, el grato y placentero tintineo de los refulgentes metales se mezclaban cada mañana con las voces de los aceituneros que partían para los tajos, los rebuznos de los borricos, el ladrar de los perros y los silbidos de sus amos. Cada amanecer la luz del alba parecía dotar a las gentes de nuestro pueblo de la energía suficiente para una nueva y dura jornada de trabajo. Luego, como ríos caudalosos al principio, arroyos y regueros después, mujeres, hombres y niños se perdían por entre la espesura de los olivares para recoger el fruto en un andar por caminos infinitos y veredas fabricadas por albarcas y alpargatas de lona. 
Y el pueblo entonces quedaba solitario y sordo, con un silencio callado, alterado nada más que por el del tañer de las campanas de la iglesia dando las horarias, y el del ruido de algún que otro chiquillo jugando solo en la calle porque su amigo con ocho años estaba ya ganando un exiguo, mezquino y miserable “jornal de niño” en la aceituna.
Ahora, las gentes naturalmente no van a los tajos andando. Cada mañana después de sufrir el efecto embudo a la salida del pueblo, las hileras de vehículos que los transportan junto con los remolques se pierden todos por entre la amplia red de carriles que serpentean por todo nuestro extenso término. Desde la lejanía parecen dibujar estos senderos en el paisaje un laberinto de arterias y venas superficiales que sirven para dotar al olivar de accesos fáciles para los trabajos. Y después, como antaño, el pueblo sigue quedándose solitario. Sus prolongados silencios se asemejan engañosamente a las mañanas domingueras donde nadie tiene prisa por levantarse, así, hasta poco antes de morir la tarde en que el pueblo vuelve a recobrar su pulso cuando las gentes regresan y la aceituna en el molino llega a transformarse antes de ser aceite en un vale con nombre y quilos que algunos atesoran y coleccionan con un más que exacerbado egoísmo presumiendo con descaro de los guarismos insertos en el boleto. Nada es como antes, nada; ni tan siquiera aquellos olores de antaño en tiempo de recolección de aceituna. ¿Quién no recuerda los olores de nuestras calles en aquél tiempo que acabo de dibujar con las palabras? Nuestro pueblo olía a almazara, a molino, a aceituna. Llevo ese olor impregnado aún en mí pituitaria desde cuando era niño y sin pretender que alguien me considere un  chauvinista, todo ello me hace recordar entre otras cosas a la “jerga” que no eran otra cosa que sacos de pita donde se envasaba la aceituna y que a lomos de las caballerías se transportaba hasta el molino. A veces llegaban a chorrear estos sacos por el zumo de las aceitunas embriagando las casas después de ser vertidos en la rampa de las trojes en los molinos. Todo quedaba bañado por el olor agridulce de la aceituna: los fardos, las espuertas de pleita, la ropa, todo, incluso aquella rampa llamada limpia donde se limpiaba de ramas, hojas y de impurezas el fruto antes de ser envasado. Cuando era muy pequeño y mi padre me llevaba de “excursión” a la aceituna, me gustaba recibir las caricias de los golpes de aquellas aceitunas que se despeñaban limpia abajo. Después, cuando lo hice sin tener edad para ganar un jornal, comprendí que el recreo se me había terminado y aquellas leves caricias dejaron de ser ya perceptibles por mí.    
Salgo a la calle. No me gusta pasear por mi pueblo cuando no está la gente de mi pueblo. Un extraño sentimiento me invade difícil de definir. Las calles están semidesiertas. Algún coche que otro mientras paseo, de manera esporádica. irrumpe la quietud de la amplia avenida por la que deambulo. Muy a lo lejos se oye el piconero pregonando su negra mercancía. Al poco regreso a casa. A lo lejos diviso a la sierra envuelta toda ella con una blanquecina sábana de bruma. Hace mucho frío y los montes intentan arroparse con un sol lánguido amarillento y enfermizo. Supongo que llevan muchos años haciéndolo pero Jabalcuz ahí está, eterno, no envejece como lo hago yo. Hoy quisiera ser de nuevo niño para esperar el regreso de los aceituneros a su entrada al pueblo para cantarle aquello de:
Aceitunero de pio pio. Cuantas fanegas has recogio. Fanega y media, y el culo frío.
Mañana regreso a Madrid. También sé recordar cosas de mi pueblo desde allí. Os la seguiré contando.


domingo, 1 de diciembre de 2013

LOS SONOROS

        
     
Nos sentamos los dos frente a frente para poder taladrar así mucho mejor nuestros recuerdos. Llevaba sesenta y cinco años o más sin haber cruzado más de cuatro palabras con él; es decir toda mi vida, y ahora disfrutando del otoño en el que por la edad ambos estamos inmersos, nos encontrábamos en la cafetería del hotel de nuestro pueblo una tarde a la hora en la que la máquina del café dormía y el vino y la cerveza aún no se habían levantado de dormir la siesta.  Fue en esa hora muerta cuando al sol en el horizonte sólo le faltaba metro y medio para perderse por los confines del Caballico. Era tiempo otoñal, tiempo de simienzas olvidadas, de graneros vacíos, de celemines y cuartillas holgazanas que ahora descansan en los atrojes entre recuerdos y telarañas de un tiempo que se nos fue.  
A Francisco Armenteros, el músico, mi interlocutor, le recordé el barrio donde siendo pequeño yo lo tenía ubicado. No erré. Efectivamente él en su infancia jugaba en una calle distante y alejada de la mía, pero estoy seguro que habiendo vivido cerca de Quebradizas, muchas veces tendría que haber jugado con las bravas aguas del arroyuelo que bajaba por la inclinada calle como consecuencia de aquellos duros y largos temporales que obligaban a muchos a mear en la cuadra. Entonces, él jugaría en aquella reguera con algo que flotase a lo que le llamaría barco, y que se despeñaría al final de la calle por el precipicio existente en busca del arroyo al tiempo que la casilla del hombre del patín seria testigo de tantos e incontables naufragios.  
Quise hablar con Francisco para que me ampliase datos y recuerdos de su etapa en el conjunto musical: Los Sonoros, porque quería mostrarle la vieja estampa que guardo en mi memoria de verlos actuando subidos en el remolque de un tractor en la Puerta Martos. Sería en el sesenta y cinco cuando les escuché en el lugar ya reseñado aquella canción de Los Sirex: Si yo tuviera una escoba. Quiero soñar entre la bruma del tiempo y no equivocarme de que cuando  nacieron Los Sonoros sus componentes entre otros eran mi interlocutor Francisco Armenteros, su hermano José Antonio, también Antonio Pegalajar, y mi amigo de la infancia Manuel Rubio.
Quién de mi época en nuestro pueblo no recuerda a Los Sonoros interpretar canciones de Los Brincos, tales como Con un sorbito de champán, me dijistes adiós, y Mejor, entre otras muchas, también Los sonidos del silencio de Simon & Garfunkel, y cómo no, aquella de tan buenos recuerdos: Quiero una motocicleta de Los Bravos. Fueron Los Sonoros los que desplazaron de aquella feria de nuestros tiempos a la animadora y a la Orquesta Sahara; orquesta esta, que año tras año por su buen hacer nos deleitó con su música.
Me recuerda Francisco a otros que llegaron a formar también parte del grupo musical, entre los que se encontraban: Juan Real, Amador Pérez, Raimundo Moral, y también los desaparecidos: Manuel Alcántara, y Ortega, éste último el hijo del que fuera guardia civil.
El conjunto Los Sonoros nació al igual que lo hicieron otros en distintos pueblos y ciudades de nuestra querida España cuando la juventud de la que yo formaba parte nos dimos cuenta de que nuestro progenitores pertenecían a una generación arcaica de la que no queríamos formar parte, y nos aferramos a la música como la mejor caja de resonancia para cambiar todos los hábitos existentes. Esto supuso un cambio muy profundo en todo, casi radical, que se reflejaba hasta en nuestra manera de vestir. Fue todo aquello como una pequeña revolución que nos marcó a todos los jóvenes de aquella época, donde logramos por fin, entre otras muchas cosas que las máquinas de cortar el pelo en nuestro pueblo llegaran a oxidarse en las barberías para demostrar que las greñas el tupé y las patillas largas eran signos de modernismo.
Los Sonoros sirvieron como hilo transmisor de todo ese cambio profundo de tendencias en nuestro pueblo, siendo la televisión el instrumento receptor donde ellos se veían reflejados en programas como Escala en Hifi, tan de moda en la única cadena existente donde las canciones que interpretaban los cantantes y los grupos de aquellos tiempos en la pequeña pantalla rápidamente las escuchábamos con las voces y la música de ellos. Recuerdo con cariño a Los Sonoros grupo musical pionero en nuestro pueblo y  la voz tenue y melodiosa de mi amigo de la infancia, Manolo El Parejo; hoy se ha vuelto más ronca, curtida por los palos de la vida, y difiere de aquella tan acaramelada de cuando interpretaba a Adamo. Ahora le escucho mientras se ahonda con valentía en otros palos, los palos del flamenco con reconocido mérito. Su voz se ha vuelto más grave desgarrada y rota por el paso de los años, pero dotada con el timbre quejumbroso que la madurez y la experiencia le han otorgado. ¡Lástima que en aquellos tiempos no tuviese padrino!   
Sigo nutriéndome con la conversación de Francisco, Paco para los amigos, y yo quiero serlo a partir de hoy. Continuamos con nuestra charla mientras que ya avanzada la tarde sin oponernos a ello dejamos a que el sol en este tiempo de octubre al sumergirse en el horizonte entre rojas y encendidas llamaradas fuera pintando a las aceitunas poco a poco como acostumbra en esta época otoñal permutando su verde color por el de toda una gama de bermellones y granates.
Me recuerda Paco que Los Sonoros no sólo actuaban en nuestro pueblo, sino que iban a muchos otros de nuestra provincia, y se acuerda cuando en uno de ellos actuaron en un molino de aceite dentro de la troje disfrutando del olor penetrante del alpechín el cual empapó no sólo sus ropas sino todo su instrumental. También de cuando fueron a una pedanía, y que al llegar a ella se toparon con una procesión donde un reducido número de personas acompañaban a una imagen religiosa. Del grupo, dice que salió un señor muy enfadado y se dirigió a la furgoneta donde iban todos los del conjunto y les dijo: ¡A buenas horas llegáis! En la creencia de que el grupo musical tenia la obligación de acompañar con la música a la procesión.
Fue muy enriquecedor lo que aprendí de Paco en tan poco espacio de tiempo, y le emplazo si él quiere para de nuevo charlar y fortalecer con ello mi memoria con muchas de las vivencias de este músico profesional del clarinete de la Banda Municipal de Jaén, además de polifacético.
Cuando en la puerta del hotel nos despedimos estaba oscureciendo. Las luces de los coches en caravana en la amplia avenida me hicieron creer por momentos que se trataba de un arroyuelo de la M30 madrileña. El eco de las campanas de nuestro pueblo me sacó de mi corta duda.
De regreso a mi casa, estando en otoño, a esas horas en la época aquella que he recordado con Paco Armenteros, Torredelcampo se envolvía con una neblina de humos de lumbres con sabor a guisos. Cambiamos muchas cosas. Otras no deberíamos haberlo hecho.