sábado, 27 de septiembre de 2014

LOS MOLESTOS VECINOS DEL ÁTICO

A mi compañero Silvestre, aquél que era el responsable en la oficina del negociado de cartera, llevaba sin verlo desde el día que me jubilé. Él, quedó ejerciendo su trabajo que ya no era el mismo que el que solía llevar cuando el banco era banco. Tiempo atrás quedó arrumbada aquella hermética caja metálica donde solía custodiar todas las letras que la sucursal día tras día debía de negociar. La caja repleta de pagarés quedaba depositada a diario en el armario metálico dentro de la cámara acorazada para preservarla de robos e incendios. No puedo recordarlo sin aquella caja gris cerca de él. Las últimas tecnologías y los cambios de la operatividad de los sistemas financieros habían dado al traste con la palabra efecto y protesto, y por tanto cuando yo me fui se encargaba de tramitar las solicitudes de préstamo.
Mi compañero se jubiló unos años después de que yo también lo hiciera. Silver, como cariñosamente le llamábamos después de recordarme pasajes y aventuras de nuestro batallar en el trabajo, me confesó de que últimamente no era del todo feliz. Me dijo que vivía en un edificio de diez alturas en una conocida y céntrica calle de Madrid y que el motivo de su preocupación no era otro que el comportamiento de los vecinos de la planta del ático los cuales le estaban haciendo la vida imposible, no sólo a él, sino a todos los integrantes del inmueble. Los molestos vecinos según me manifestó eran todos unos arrogantes que despreciaban a los demás porque decían pertenecer a una casta diferente, más rica y emprendedora. A los vecinos del primero, la mayoría de ellos andaluces los catalogaban de vagos sin tener en cuenta de que eran estos los que efectuaban las reformas en los áticos; reformas algunas innecesarias que eran sufragadas con el dinero de todos contribuyendo con ello a aumentar la diferencia entre las diferentes viviendas del inmueble. Todos los presidentes de la comunidad año tras año habían transigido en todas y cada una de sus reivindicaciones con tal de silenciar sus despropósitos; así que derrama tras derrama eran pagadas a tocateja por todos y cada uno de los propietarios sin que ninguno rechistara.  
Mi amigo Silver me dijo también que ahora pretenden no pagar la comunidad y formar ellos otra ajena a la que rige los estatutos debidamente legalizados. Durante toda la vida la comunidad, me dice, ha sido demasiado condescendiente en todo para con ellos. Como anécdota me cuenta de que al término de cada reunión, allí, en la sala de reuniones, por tal de halagar a estos vecinos que tanto protestan se ofrecía un vino espumoso y unas rodajas de una grasienta chacina de la que dice no recordar el nombre de cómo se la conoce, y también a la ancianas presentes  se les agasajaba con un vaso de leche mezclado con unos polvos extraños con sabor a chocolate, porque al parecer una parte de estos presuntuosos vecinos poseían factorías donde elaboran estos brebajes y comistrajos por los que sienten muy orgullosos e identificados ya que dicen formar esto parte de su idiosincrasia.   
Lo peor de todo según me contó Silver es que para mantener los molestos vecinos su estatus de ricos, la comunidad le avaló todas sus deudas, de ahí que ahora no sólo no quieren pagar la cuota que les pertenece, sino que encima deben los vecinos de afrontar con todas las obligaciones adquiridas por estos elementos caso de que formaran otra comunidad. Por otra parte me cuenta, y esto lo considero muy grave, que tiempo atrás siendo presidente uno de los del ático, se quedó con buena parte del dinero que era de todos. Interpuesta la demanda correspondiente por malversación de fondos, lo sorprendente del caso es que la gran mayoría de los del ático lo siguen arropando y defendiendo, esgrimiendo de que se trata de un señor de avanzada edad muy honorable.
Mi compañero me dejó muy confuso con todo ello. Antes de despedirse de mí también me dijo que a pesar de pretender no pagar la cuota de comunidad que le corresponden, quieren seguir utilizando los servicios comunitarios además de los mancomunitarios de los que el edificio donde viven forma parte con otros bloques limítrofes.
Despido a mi imaginario compañero Silvestre y le digo adiós al tiempo que dejo de leer la prensa la cual ha tenido la culpa de que yo me invente hoy esta historia. ¿Será tal vez por alguna noticia parecida y aparecida en el periódico que acabo de leer?  No lo sé... los titulares solo hablan de un tal Pujol (leo Pujol con jota de Jaén)...faltaría Mas ¡Joder, con el honorable Jorge!    

                       

lunes, 22 de septiembre de 2014

LOS CONSEJOS DE UN ABUELO

Soy un viejo –me digo-. Me miro al espejo y veo mi rostro poblado de surcos sinuosos y torcidos, como si mi cara y sobre todo mi frente la hubiese arado un mal gañán. La mayoría de mis contados cabellos están pintados con la escarcha propia de los años, porque aquellos que ya no pasan por la criba de mi peine se fueron para siempre arrastrados como hojas secas por los vientos de tantos otoños vividos.
Me doy cuenta de que el tiempo pasa cuando aquél de mi edad que me servía a diario el café en la cafetería de costumbre se marchó un día para siempre, y aquél otro parroquiano que dejé de ver, como muchos de mi edad con quienes charlaba cuando se cruzaban conmigo en las calles de mi pueblo y que ya no me dirán adiós porque también se fueron.  
Pero yo no soy viejo aún; soy una persona que se va haciendo cada vez más mayor y que atiende por abuelo cuando pequeñas vocecitas así me llaman; son las voces candorosas e infantiles de mis nietos.
Hoy, quiero hablarles a estos pequeños retoños, y lo hago a través de un ordenador dibujando con las palabras mis sentimientos al mismo tiempo que quiero regalarles consejos que  son  los cosechados por mi experta paternidad aprendida con mis hijos, y naturalmente, la experiencia adquirida por los años que la vida me ha regalado.
Os quiero contar queridos nietos que la vida es solo un suspiro, y que cuando os queráis dar cuenta estaréis conjugando no el futuro sino el pasado de los verbos: <<Yo hubiera o hubiese hecho esto o aquello>>, me repito yo muchas veces, pero me doy cuenta de que nadie puede escapar de la senda que el destino a cada uno nos tiene reservado. No me arrepiento de ser como soy. Si volviera a nacer volvería a caminar por los mismos e intricados senderos por los que ha transcurrido mi vida, arrastrando con ello mis defectos y mis errores como también mis virtudes si es que tengo alguna.
Vuestra misión primordial en esta vida consistirá en ser todo lo felices que podáis. Si sois felices consigo mismos, la felicidad que os sobra podréis compartirla con otras personas a la que améis. Cuidaros mucho de aquellas que en vez de repartir felicidad van sembrando odio y rencor; el mundo está cuajado de ellas. Las llegareis a identificar a medida que irán cicatrizando en vosotros las heridas que os hagan. La experiencia es el mejor antídoto para preservaros de la mala gente. Aquí, en este mundo que se os ofrece, cuando comencéis a caminar por sí solos encontrareis vuestros cielos y vuestros infiernos. No os desaniméis ante la adversidad, pero cuando ello ocurra solicitar siempre el consejo de las personas en las que confiéis, por lo general las que os rodean y que os quieren.
Yo quisiera seguir aquí siempre y ser vuestro consejero y confidente y servir de puente entre vuestros padres y vosotros, sobre todo cuando lleguéis a esa etapa tan difícil de vuestra vida llamada pubertad tan llena de interrogantes donde el adolescente tiene la convicción de ser un incomprendido. Es, en ese período de vuestras vidas cuando deberéis de conducir vuestras conductas por los senderos rectos que os habrán enseñado vuestros padres. Si un árbol crece torcido y no se corrige a tiempo se desarrollará con el tronco inclinado para siempre. El saber escoger a vuestros amigos os evitará de muchos problemas. Esto es fundamental.
Sed honrados. La palabra honrado abarca un amplio espectro de virtudes, tales como: no engañar, no robar, no estafar ni tampoco mentir. Sed pues, buenas personas a pesar de que muchos a los buenos los califiquen de tontos; pensad que esos que se las dan de listos, son los que más cerca están de los sinvergüenzas.
Respetad siempre a vuestros mayores; en ellos reposa y se apacienta la sensatez. Y si ellos no han estudiado y no están a vuestra altura en conocimientos, pensad que tal vez fue porque no pudieron, y no porque no quisieron. No os riáis de su ignorancia, pues sin estudiar, ellos, poseen el poso que la universidad de la vida les ha enseñado y a veces el significado de una frase pronunciada por estas personas mayores encierra tanta o más racionalidad que la expresada por cualquier filósofo. 
Amad a la Naturaleza. Éste además de ser otro consejo es un deber, el de cuidar a nuestro planeta Tierra el cual os dejamos herido por los abusos efectuados por los de mi generación; a vosotros os toca paliar el daño que hemos causado.
Por último sabed queridos nietos que os lego el amor a un pueblo llamado Torredelcampo, el pueblo donde nació vuestro abuelo y en el que os anuncio que viviré para siempre cuando yo me muera. 
Estos son los consejos de vuestro abuelo Antero.
Besos. Os quiero.


domingo, 7 de septiembre de 2014

ADIÓS AL VERANO


Faltan pocos días para de nuevo decir adiós a otro verano más. Ya no se oyen por las calles el ruido de las ruedas de las maletas; de esas maletas arrastradas por un asa a las que hemos dado en llamar utilizando el anglicismo: troler; ahora, reposarán un año más en lo alto de los armarios o en cualquier hueco de la casa hasta el año que viene, pues se acabaron las vacaciones. En agosto, aquí en Madrid cogen vacaciones hasta los carteristas. Pasear por el centro de la ciudad es una gozada, y si lo hacías a primeras horas de un sábado del mes de agosto os aseguro que para aquellos que buscamos la tranquilidad, el sosiego se transformaba en recelo al contemplar céntricas calles desiertas de gentes y coches.
         Ya en septiembre otra vez Madrid ha vuelto de nuevo al ajetreo cotidiano, a las prisas, a los atascos. Echaba en falta los autobuses de transporte escolar, y a niños que uniformados o no, caminaban en busca de los colegios arrastrando sus otros troler cargados de libros y material didáctico. Ya ha comenzado un nuevo curso y a muchos de estos escolares los veré ir camino del colegio con cara de disgusto. Tal vez sus padres les lleguen a contagiar como siempre el síndrome post-vacacional.
         En nuestro pueblo también pasará lo mismo aunque en menor medida. Aquellos que como yo añoran su tierra y que pasan todas o parte de sus vacaciones en Torredelcampo habrán dejado de pasear por sus calles y habrán vuelto de nuevo a sus cuarteles de invierno para echar de menos no cabe duda el dulce gozo de sentarse en algunas de las terrazas de nuestros bares disfrutando del fresquito de la noche con unas servesillas y unas buenas tapas los días que había suerte y encontraban una mesa libre.
         Ahora, en nuestro pueblo habrán regresado también aquellos que se fueron a la playa, como aquí también han vuelto. Ellos, y en mayor medida ellas, se distinguen por su color de piel; por ese bronceado-gratinado que han ido adquiriendo muy lentamente fuera de las sombrillas playeras. El lucir este moreno de piel, hoy, es un signo de distinción que contrasta con la blancura de los que no han podido o no han querido –me inclino por los primeros- tostarse bajo el sol.   
         Tiempos aquellos en los que las mujeres tenían que esconder el moreno; aquél moreno de rastrojo fruto de espigar detrás de los segadores, o el obtenido en la era, y no digamos del bronceado que adquirían arrancando matalauga. En aquellos tiempos de mi niñez, la blancura en el rostro de la mujer significaba el pertenecer a un estatus social más aseñorado, y por el contrario tener la piel quemada por el sol era sinónimo de hacer vida en un cortijo y el de pertenecer a las clases más económicamente débiles.           No quiero que nadie me confunda y crea que añoro penurias pasadas, pero aquellos y aquellas de mi generación que pasaron por esto y que hoy pueden disfrutar de unos días de playa, -por cierto muy merecidos-, les digo que no sientan vergüenza por aquello que sufrimos. Muy al contrario deben de sentirse orgullosos pues gracias a ellos y a ellas y a todos los de nuestra generación se consiguió el bienestar social que durante años hemos disfrutado y que nadie nos regaló. Es más, les sugiero que se lo cuenten a sus nietos para que sus descendientes sepan lo que pasamos, y que utilicen para ello si quieren un dicho muy torrecampeño que dice: los dineros no vienen por la chimenea abajo.
           En fin, que el verano se nos va otro año más y otra vez en este tiempo seguimos mirando al cielo esperando ver nubes negras que rieguen los sedientos campos torrecampeños, pues hasta aquí me llegan los lamentos de los olivares pidiendo agua deseosos todos de empaparse con la lluvia y con ella decirle adiós al verano.