viernes, 23 de diciembre de 2016

EL NIÑO "PROBE"


EL NIÑO “PROBE”
CANCIÓN TRISTE POR NOCHEBUENA.

Llora el zagal en la aceituna, de rodillas la va recogiendo, de dos en dos, de tres en tres, de una en una. Lleva albarcas con peales, uncidos estos con tomizas. Llora pensando en su madre que en un hospital agoniza. La cuidan monjas con tules blancos en una sala infinita, con crucifijos negros en cada cama y al lado de cada cama una mesita. Cuentan que en esa tétrica estancia la muerte no para de hacer visitas. Anoche la fue a ver después del duro trabajo del día. Andando como siempre lo hizo adonde juró que nunca más volvería, fue cuando murió su padre después de una lenta agonía, porque aquella vez vio como con fuego azul, largas agujas hervían, y quiere olvidar pero no puede los lamentos de aquellos enfermos tísicos cuando le inyectaban vida.
A la hora de comer llora sentado bajo una oliva. Solo, alejado de los demás quiere comerse su desgracia y no el pan duro con moho verde además de algunos higos secos que lleva en su mochila. Un hombre mayor se le acerca, le ofrece una naranja y parte de una tortilla, y le dice que esta noche es Nochebuena, que hay que irse pronto del tajo porque habrá que estar con la familia. El niño no quiere nada, da las gracias a aquél buen hombre que además de su comida se lleva el llanto del chiquillo contagiando a la cuadrilla.
De regreso al pueblo, por entre los olivares el niño recoge leña. Cargado con un haz a cuestas llega a su casa donde su abuela y dos hermanitos con ansiedad lo esperan. Con ellos jugar quisiera, pero no puede, porque él juega a ser mayor sin tener edad siquiera. La hermana menor, casi harapienta, sorbe sin parar dos mocos verdes como tallos de cebolletas; el otro juega con un roeno dando con él vueltas alrededor de una mesa.
La abuela junto al fuego atiende un puchero de barro, y mientras roncan los borbotones, con una cuchara le va quitando lo que navega en el guiso, algo que no es de su agrado.
El niño aceitunero con un cántaro acuestas marcha hasta la fuente. Tres veces lo hace sin que salga de él ninguna queja. Después, antes de la cena, va a cobrar el jornal para dárselo a su abuela. Veinte reales le dan, que es lo mismo que un duro, y un duro cinco pesetas, mientras que ajeno a todo, en las calles, villancicos y panderetas suenan. 
Cuando llega de nuevo a casa, la mesa ya está puesta. Una fuente de cerámica, remendada con grapas de metal viejas, descansa sobre un raído hule además de cuatro trozos de pan, dos cucharas grandes, dos pequeñitas y una servilleta.
         – ¿Qué hay para cenar? –pregunta el niño aceitunero a la abuela.  
      –Lentejas –le responde, mientras muy diligente esta vacía el puchero en la remendada fuente, al tiempo que una nube de vapor envuelve su silueta.
         – ¿Qué son estas cositas negras? –pregunta la niña del moco verde a la abuela.
         – ¡Niña, come! No es nada malo, son gorgojos. Me ha engañado el de la tienda. 
Tres golpes, tres, se sintieron entonces dar en la puerta. Dos hombres con batas blancas en unas angarillas, sacan de un furgón blanco a la madre muerta. El grito que la abuela da se cuela por las cerradas ventanas y los balcones de aquella calle desierta. Llegan vecinos y vecinas, algunos ya cenados y otros sin terminar la cena, y ven a los tres niños que abrazados lloran y también a la madre muerta yaciendo en un colchón de farfolla que casi no hace hoyo en él porque si en vida era delgada, muerta, está esquelética.  La abuela de rodillas con las manos entrelazadas grita pidiendo auxilio a Santa Ana para que acompañe a su hija y no se pierda por los laberintos del Cielo sola y desamparada.
El día de Navidad fue el entierro, el día de Navidad la entierran en una caja de listones que el carpintero deprisa le hiciera, que cobrar este no quiso porque ni lija ni barniz al mal llamado ataúd le diera.
A la mañana siguiente un hombre con bigote recortado vistiendo traje y sombrero se presenta, y la palabra hospicio cien veces al menos en la casa resuenan. El niño aceitunero da un paso al frente y se planta ante aquél señor que de buenas intenciones pareciera, y le dice muy serio como si persona mayor él fuera:
         –Dicen que catorce años he cumplido, pero mire usted, tengo más, muchos más que sin cumplir, cumplidos por mí están, pues aunque me considere un muchacho y por desgracia un lego, trabajo y doy el callo como el primer jornalero.  Créame señor que no le miento, que soy de Torredelcampo y me sobran agallas para traerle el sustento a mi abuela, a mis hermanos y a todo un regimiento.
Y aquél hombre rompe el papel que llevaba, se encasqueta el sombrero, y se marcha sin rebatirle al muchacho, o mejor dicho, a aquél que consideró un niño y demostró ser un hombre hecho y derecho. Luego, en su informe, entre otras cosas escribió y además su firma estampó sin reparo ni desdeño: El niño mayor demuestra tener los cojones muy gordos, como todos los torrecampeños.   
Dicen que esto ocurrió a principios de los cuarenta, en un pueblo andaluz al que mucho quiero, se llama Torredelcampo, así que si no lo sabías ya lo sabes que Torredelcampo es mi pueblo.

                                              ¡Feliz Navidad!

    

viernes, 18 de noviembre de 2016

ANTONIO EL JORNALERO



Antonio El Jornalero.

(La violencia de género que heredamos de nuestros ancestros)

Olivares solo de un dueño, noche de plata y de faca, la luna como un farol mece sus sombras alargadas. Tienen miedo los olivos, hasta sus ramas se abrazan. Trota un caballo en la noche, de verano clara y cálida. Las bridas en una mano, la otra dentro de la faja. Lleva prisa por llegar, antes de que llegue el alba, quiere saldar una deuda de cuatro duros de plata. No se oyen ni los grillos, hasta las lechuzas callan, sólo los cascos del caballo son los ecos que acompañan, a Antonio el jornalero que con su camisa blanca camina hacia el cortijo entre olivares y cañas. Atrás ha dejado el pueblo y una moza amortajada, aquella que iba a ser su mujer cuando pasara Santa Ana.
Él ganaba medio real cuando el amo le avisaba, y no cuatro duros en un rato salidos de la misma arca. Ya se divisa el cortijo en la loma blanqueada, se oyen ladrar a los perros anunciando su llegada. Piedras heridas de herradura en la lonja retumbaban. Al tiempo que avisan al amo Antonio acaricia su faja. La luz de un balcón salpica aquella camisa blanca. Después, un ruido sordo rompe el silencio del alba. Bata de seda sangrante queda en el balcón colgada. Se oyen voces, se oyen gritos, hasta la luna corre asustada y se tapa con mantas negras vistiendo de luto el alba. Cuatro monedas caen al suelo, son cuatro duros de plata, suena el metal contra las piedras como fúnebres campanas. Rayando la luz del día, cuando la luz prendía la mañana, en una aurora sin lucero, mortecina renegrida y cálida, montado en su caballo negro llora de pena el penado por su honra mancillada, y no por aquella moza que dejó amortajada, aquella que iba a ser su mujer cuando pasara Santa Ana.
                                                        

                                                     
                     
                                                            Antero Villar Rosa
                                                   

martes, 1 de noviembre de 2016

DÍA DE TODOS LOS SANTOS

                                     
                                                           Foto de la Web del Ayuntamiento



Un sol mortecino y amembrillado propio de este tiempo refulgirá hoy Día de Todos Los Santos en las pulcras lápidas de las sepulturas de mi pueblo. Yo en cambio lo veo todo envuelto entre una espesa niebla, como veo los puestos de castañas en el carril que conduce al cementerio, y a las muchas mozas que juegan a la comba cerca de los sembrados que ya verdeguean llegando casi a poder peinarse. Ahí está  el sepulturero, sentado en la puerta de su casa con su uniforme de gala al completo. La gorra con letras doradas la luce con la vanidad que le otorga ser funcionario. Su casa colinda con la del cementerio por lo que por este hecho y las historias que en voz baja se cuentan de él, los chiquillos le hacen cerco por el morbo que envuelve a este personaje. 
Dentro del campo santo se oye la letanía de un responso en latín. El cura don Lucas con la voz ronca que le caracteriza va desgranando:  Kirie, eleison. Christie, eleison, Kirie, eleison, Pater noster qui es in caelis.
Hay fosas abiertas esperando al próximo finado. Una selva de cruces sin ningún orden establecido reposan dispersas por todo el centro del cementerio hasta casi llegar a los nichos que circundan todo su perímetro. La mayor parte de estas tumbas lucen cruces pintadas de negro y purpurina ocre adornadas de algunos pobres crisantemos; otras en cambio se encuentran tal vez olvidadas por sus familiares pues están inclinadas mostrando flores de trapo deslucidas lo que prueba su grado de abandono.
Un grupo de chiquillos tratan de asomarse al osario que está en un rincón del cementerio. Allí reposan en absoluto desorden huesos y calaveras entre restos de carcomidos ataúdes. La alta pared del Corralillo de los Ahorcados no deja ver su interior. La entrada la tiene por una puerta que da al exterior. Cuentan que una vez segaron las avenas y el ballico que crecía dentro de su recinto. Quién lo hizo fue para dárselo como pienso a las bestias. Llegado a su casa al echarlas en el pesebre los animales retrocedieron hasta un rincón de la cuadra sin llegar a probar bocado.
Después de un rato deambulando por el cementerio abro los ojos y es el techo en vez del cielo lo que descubro. Y el cielo como Kant sobre mi frente..., así reza en su tumba parte del epitafio a don Antero Jiménez Sánchez, el poeta de nuestro pueblo. Yo me he quedado dormido no bajo la higuera, sino en el sofá de mi casa después de comer y vuelvo ahora a la realidad escribiendo lo soñado.
Acabada mi dulce ilusión me da tiempo para continuar esta vez soñando despierto volviendo de nuevo al pasado, cuando esta noche a la hora de la cena mi padre me mandaría subir a la cámara a por un melón. Qué miedo y qué canguelo mientras sonaban las campanas tocando a muerto y el resplandor de las mariposas de aceite se filtraba por los huecos de la puerta de la cantarera. A mi padre no podía decirle la gilipollez esa de truco o trato. Eran otros tiempos. Recuerdo que hasta llovía y hacía frío y la familia se reunía esta noche en torno a la lumbre contando historias tenebrosas mientras que el humo de las chimeneas se desparramaba por las calles de nuestro pueblo dándole un aspecto fantasmagórico bañado todo por los ecos fúnebres de las campanas.
Todo esto que cuento forma parte de nuestro pasado. Bueno, pido perdón porque aún nos queda algo de aquello, pues me dice mi mujer que esta noche como postre degustaremos gachas con tostones. Esto formaba y sigue formando parte de nuestra tradición el Día de Todos los Santos. Un lujo que no debemos perder.             




viernes, 11 de marzo de 2016

PRESENTACIÓN DEL CARTEL DE LA SEMANA SANTA 2016






Presentación
del
Cartel de la Semana Santa
de
Torredelcampo (Jaén)
2016





Antero Villar Rosa
13 febrero 2016





Alguien dijo:

La sinceridad es el abrazo de la verdad.







La tarde se iba extinguiendo de forma precipitada sobre el Gólgota mientras que el cielo cosía con pespuntes de oro negro jirones grises de nublos desbocados. 
La voz de Jesús clamó por última vez desde la Cruz.
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.
E inclinando la cabeza expiró.
Y se pasó de la penumbra a las tinieblas cuando el cielo terminó de tejer el lúgubre manto negro que fabricó, para envolverlo todo con la oscuridad más absoluta.

Dos milenios después, en la tarde noche de Jueves Santo, en un pueblo andaluz llamado Torredelcampo, entre dormidos trigales y olivos pintados de amarillo pálido, caminan los cortijeros. Ella, subida en una mula torda, aferra al niño de cuatro años protegiéndolo de los bamboleos de la bestia. Él, va delante conduciendo al animal por blandas veredas, y caminos con charcos donde la luna se peina. 

Autoridades religiosas.
Autoridades locales.
Sra. Doña Manuela Parras Peragón, Concejala de Cultura,  hoy la autora del cartel que vamos a presentar.
Sres. Presidentes de todas las Cofradías, y distintos  miembros de cada una de las Juntas de Gobierno, y Grupos Parroquiales.
Amigos cofrades todos.
Queridos paisanos.
Señoras y Señores, muy buenas noches.

En primer lugar dar las gracias a Dolores Moral Castillo, vice-hermana mayor de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Vera-Cruz, por sus bellas palabras con las que me ha introducido en este acto. Gracias de todo corazón.

Recibir demostraciones de confianza y de amistad en mi pueblo no cabe duda de que siempre me resulta muy gratificante, de manera muy especial como esta vez que tengo que subirme a este escenario en el que algunos creerán de que ya estoy familiarizado.  No, con absoluta sinceridad les tengo que decir de que hoy estoy tan intranquilo o más como aquella primera vez, todo, porque desde siempre he presumido de ser una persona muy responsable, llegando a aunarse esta faceta destacada de mi vida con el agradecimiento a las personas que van depositando en mi su confianza y a las que nunca quise ni quiero defraudar. En el caso que hoy nos ocupa vaya pues mi gratitud por la invitación a este acto, a la Cofradía del Santísimo Cristo de la Vera Cruz y a Manuela Parras Peragón que es la autora del cartel que con mucho gusto tendré el honor de presentar más adelante, porque ahora antes de nada quiero esbozar con unas cortas reflexiones mezcladas con algunas añoranzas lo que supone para mí la Semana Santa, ya que sería una incongruencia por mi parte no envolver este acto con el misticismo y la religiosidad que requiere, sin pretender en ningún caso el querer  restarle la relevancia y la magnificencia –nunca lo lograría- al Pregón que se escuchará en este escenario dentro de unos días.

La Semana Santa no es un hecho puntual que sólo ha de servir para conmemorar la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Semana Santa es hoy, mañana y todo el resto del año. Es pues un tiempo de reflexión, de meditación, y de perdón, pero sobre todo de amor fraterno que debe perdurar en nosotros con el fin de que nuestros corazones se conmuevan ante los sufrimientos de muchos hermanos nuestros. Es tiempo de cargar las pilas, pero de esas que duran y duran para que logremos ser siempre solidarios, no solamente con los que padecen alrededor nuestro sino también con aquellos más distantes; sirva de ejemplo los que viven en países a tres horas de vuelo del nuestro y otros más alejados que sufren la peor de todas las plagas: la guerra y el hambre. El drama de ese niño muerto ahogado en una playa que nos mostró un día la televisión y las redes sociales, llegaron a  conmovernos a todos esa vez sin ser Semana Santa, por eso quisiera que las llamas de nuestra solidaridad no ardan sólo en estas fechas sino que de manera votiva perduren siempre en nosotros.  
Estas desdichas desgraciadamente se suceden a diario, y nuestros corazones al ver a otros niños muertos como aquél primero, parecen haberse acostumbrado ante la tragedia de miles de refugiados que huyen de la muerte buscando otra esperanza de vida, pero desgraciadamente parte de nuestro mundo parece vivir ajeno a estas desdichas.
Son pocos los que se preguntan dónde estarán esos diez mil niños desaparecidos por esta sinrazón. Cuando miro a mis nietos tan inocentes, pido a Dios para que ellos no vivan nunca una situación semejante.
Decía el Papa Francisco en la última Jornada Mundial por la Paz:
La indiferencia ante el prójimo asume diferentes formas. Hay quién está bien informado, escucha la radio, lee los periódicos o ve programas de televisión, pero lo hace de manera frívola, casi por mera costumbre: estas personas conocen vagamente los dramas que afligen a la humanidad pero no se sienten comprometidas, no viven la compasión.
Asimismo conviene recordar sus palabras sobre el Año Jubilar de la Misericordia en el que estamos inmersos:
Es mi vivo deseo que el pueblo de Dios reflexione sobre las obras de misericordia,  corporales y espirituales.

Hermosas palabras las del Santo Padre que nos hacen meditar.
    
La Semana Santa es un tiempo para eso, para recapacitar y meditar. Es también un tiempo de oración y de recogimiento en un mundo tan convulso como el que vivimos, tan falto de fe donde abundan tantos descreídos, aunque de estos últimos permítanme que les diga que tengo serias dudas sobre su escepticismo. A propósito de esto leí una vez que la oración es un impulso del corazón, una mirada sencilla al cielo, un grito de reconocimiento y de amor, y esto del impulso del corazón me hizo meditar sobre el dicho popular que dice que todo agnóstico deja de serlo en cuanto el comandante de vuelo dice: señoras y señores, nos estrellamos.
Sí, sí, en esos momentos de angustia estoy casi seguro de que no habría nadie al que no se le escapara un: ¡Ay Dios mío! Y si es torrecampeño un ¡Santa Ana bendita! Pero para fe...

Fe, la de la familia cortijera,
 ahora caminan deprisa,
 tanto, que casi trotando va la bestia.
 Llora el sembrado,
 en cada hoja de trigo hay una perla.
 El aire, regala al niño el dulce olor de la hierba.
 Al llegar a un altozano ya se oyen las trompetas.
 ¿Por donde irá la procesión?
 Se pregunta y se responde la cortijera.
 Estoy por asegurar de que irá por la Carretera.
 El marido no dice nada,
 ni tampoco el niño,
 que con las sombras de los olivos juega.
            
Queridas amigas y amigos, tengo que confesar que siempre me crié huérfano de túnicas, capirotes y varales pero nunca me faltó la religiosidad y el recogimiento propio en estas fechas que me supieron inculcar mis padres y mis abuelos.
Como el niño de los cortijeros que dentro de poco verá en la procesión a nuestra imagen más sagrada, guardará en su memoria para siempre esa primera vez como yo mantengo viva en la mía el rostro del Santísimo Cristo de la Vera-Cruz. La expresión serena de su semblante, más la sangre en el costado y rodillas, me produjo desde el primer momento un sentimiento difícil de describir alimentado por las manifestaciones de mujeres con pañuelos negros en la cabeza y las manos entrelazadas que rezaban en una esquina moviendo los labios al paso de la imagen.  Siempre me he sentido impactado, embelesado y conmovido, como se sentiría Él ante mi tierna mirada, la mirada de este que les habla cuando era niño. 

Recuerdo que no tenía que preguntar cuanto faltaba para que llegara la Semana Santa, pues la trompeta de aquel hombre que ensayaba desde el patio de su casa al tiempo de acostarme, me advertía de que ya estaba próxima. El trajín en los hornos elaborando nuestras madres magdalenas y aquellas galletas rizadas además de roscos, apuntaba a que el Domingo de Ramos ya estaba próximo y que pronto iba a sostener entre mis manos antes de que mi abuelo la colgase en el balcón, una palma de color amarillento que emanaba un olor de ese que penetra se queda y vive siempre en ti; no sé por qué ese aroma  me sabe a  la tierra fresca volcada por la vertedera del arado, pero el detalle que mejor conservo era el canto de las golondrinas en el balcón de mis padres, puesto que sus gorjeos encadenados con su  tan característico final me sigue recordando hoy cuando las oigo a las madrugadas del Viernes Santo en el silencio de las calles lejanas a la procesión, que parecían alertar a los perezosos de que Nuestro Padre Jesús estaba procesionando. Recuerdo en esas madrugadas el olor a las infusiones de manzanilla, y al aguardiente que desprendían aquellas tabernas de mostrador de mármol de color blanco desgastado por su uso, donde en ellas afilaban sus gargantas los prodigiosos en el cante de saetas. Todo esto me retrotrae en estas fechas.  Recuerdos religiosos mezclados también con sabores y olores, por eso no quiero pasar por alto y rememorar nuestro plato típico por antonomasia en el tiempo de cuaresma cual era y supongo será siendo, el encebollao de bacalao

Pero dejo por unos momentos aparcados los recuerdos, la procesión del Jueves Santo, y a la familia cortijera que con el único objeto de ver y rezar en la procesión se dirige a nuestro pueblo.
Ahora me toca hablar del motivo principal por el que estamos aquí esta noche que es el de presentar el Cartel de la Semana Santa de este año 2016; cartel cuya autora es Manuela Parras Peragón, mujer que doy por seguro todos conocerán, pero quiero disertar un poco sobre la vida de ella porque habrá matices dentro del amplio historial que desarrolla tanto en el plano profesional como humano, que muchos doy por seguro desconozcan.

Manuela nace aquí en nuestro pueblo en el año 1958 en el seno de una familia de campesinos. De cinco hermanos ella fue el segundo por orden de nacimiento.
De 1970 a 1977 estudia Bachillerato de letras en el Instituto de Educación Secundaria Miguel Sánchez López. Terminada su formación secundaría estudia en Sevilla en la facultad de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría. En 1983 se licencia en la especialidad de escultura.
Ése mismo año se gradúa en Artes Aplicadas en la especialidad de Cerámica, en la Escuela de Artes y Oficios del Pabellón de Chile en Sevilla. Allí descubre el tapiz. Durante su estancia en Sevilla asiste a varios cursos de arte textil y desde 1980 a 1990 se dedica a la investigación y desarrollo del tapiz contemporáneo.
En 1980 precisamente un Domingo de Ramos se casa con Manuel, el que fuera su compañero de instituto. Ese mismo año entra a trabajar como profesora de Modelado en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Jaén. Estando en estado de gestación obtiene por concurso oposición esta plaza, en la asignatura de Modelado.
Desde 1985 es Jefa del Departamento de Volumen en la Escuela de Arte José Nogué de Jaén
En 1988 nace su primera hija Maria y un año más tarde su hijo David.
El bagaje artístico y cultural de Manuela Parras Peragón a lo largo de su carrera es un amplio abanico de trabajos realizados que exhibe tanto en exposiciones colectivas como individuales. Las veces que participa de forma agrupada junto con otros artistas exhibiendo sus obras en diversos puntos de nuestra geografía, se acercan a la treintena.
De manera individual también expone en muchas ocasiones, cabe destacar en el año 1983 cuando participa en la Exposición de Tapices y Escultura en la Galería de Arte Arce`s en Madrid.
(Te pido perdón por no asistir. Nadie me avisó. Lo siento)
Sus obras escultóricas son innumerables, entre las que destaco una realizada en el año 2004 de cuatro querubines para el paso del Cristo de la Vera-Cruz, y la de cien esculturas de la interpretación del exvoto “Orante con Túnica” para el VI Foro de Diálogo España-Italia encargadas por el Museo Provincial de Bellas Artes y la Delegación de Gobierno de Jaén.
En cuanto a monumentos entre otros, ahí está para nuestro goce y deleite en los Jardinillos el Monumento conmemorativo del II Centenario del Nombramiento de Torredelcampo como Villa, y el Proyecto y Realización de la Decoración de la fachada del Complejo Polideportivo “18 de febrero” de nuestro pueblo.
Asimismo ha realizado obras en diversas Instituciones Públicas.
Manuela Parras ha ido repartiendo su tiempo entre el trabajo de profesora, la familia y la investigación en el mundo de la escultura, buscando un lenguaje personal para poder expresarse a través de materiales tan diversos como el barro, la cera, la madera, el hierro, o el acero inoxidable, jugando con los colores y buscando las técnicas más adecuadas para hacer las esculturas con esos materiales usando las prácticas como el modelado, la construcción o ensamblaje, la fundición, la cerámica, el vaciado etcétera. Su lenguaje escultórico ha ido evolucionando, desde la figuración realista, hasta la síntesis, basada en el estudio del dibujo y el plano, aprovechando en todo momento las texturas y el color de los materiales escultóricos.
Pero dentro de la artista está la persona. Manuela posee a mi juicio la virtud de la tenacidad, don este que se aplica a las personas como ella que se esfuerzan hasta alcanzar el triunfo sobreponiéndose a todo tipo de adversidades. Por este motivo sus méritos le han sido reconocidos en varias ocasiones, y auguro que no le faltarán otras más.

En mi extinta vida laboral, en los últimos diez años que estuve como director de banco, a la hora de estudiar una operación de crédito o préstamo, antes de ver los documentos que el cliente me aportaba, yo primeramente estudiaba en la entrevista a la persona. Ése primer análisis de ella reforzaba o no el resultado de la operación dependiendo del concepto de la confianza que me hubiese inspirado esa primera toma de contacto. Pues bien, si Manuela sin conocerla de antemano hubiese pasado por mi despacho, estoy plenamente convencido de que la operación la hubiese aprobado, porque hubiese escrito en mi informe además de otras cualidades la palabra: confianza, factor este muy importante en mis tiempos de bancario a la hora de evaluar una operación de riesgo, y con esa seguridad que desprende ella, presumo de que el importe que fuese nunca lo hubiera tenido que contabilizar en contencioso.
Otro rasgo a destacar de ella es su corazón generoso. No sé si hago bien en airearlo, pero uno se entera de todo y estas cosas convienen no dejarlas en el tintero, pues sé, y muchos sabrán también, que de forma desinteresada Manuela contribuye siempre que puede donando trabajos sin obtener a cambio más que la satisfacción que le supone el hecho de colaborar con alguna asociación altruista o religiosa. 
Mujer intelectual, ha colaborado en revistas de su género y también en diversos libros. Forma parte del Club de Lectura Camino Viejo de nuestro pueblo del cual soy yo también partícipe, pero la distancia me castiga con no poder asistir las veces que yo quisiera

Señoras y señores, habiéndoles mostrado unas pinceladas de la vida de Manuela Parras Peragón, es hora de destapar su obra, pero ese honor no me cabe a mí, así es que solicito para hacerlo suban a este escenario don Pedro José Martínez Robles, Cura Párroco de Torredelcampo y el Presidente de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Vera-Cruz, don Manuel José Jiménez Alcántara.

                                   ***************
Después de destapar la obra:

Con el permiso de todos ustedes continuo para describirles la obra de arte que acabamos de contemplar que es la que se plasma en el cartel de la Semana Santa de Torredelcampo 2016

Descripción de la obra:
La obra representa la cabeza del Cristo de la Vera-Cruz. Alto relieve en madera policromada y dorada, realizada con la técnica de construcción y ensamblaje. Sus dimensiones son 91x 71cm. Policromado en colores reales, sobre un fondo blanco roto. El Cristo está tocado con una corona de espinas roja realizada en metal. De la cabeza surgen tres potencias doradas con pan de oro.
El lenguaje escultórico utilizado ha sido la simplificación y la síntesis, basada en un estudio riguroso del dibujo, con el que se ha interpretado la cabeza del Cristo con un estilo artístico personal.
La técnica volumétrica que ha empleado ha sido la de construcción, utilizando planchas de madera recortadas y ensambladas para conseguir la representación del relieve. Ha utilizado los recursos de superposición de planos y el calado para jugar con la luz, consiguiendo de esta forma los contrastes de claroscuro y dándole la máxima importancia al dibujo.
Manuela, para representar su obra ha elegido el Cristo, por que ha querido personificar la pasión, la muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Él es el protagonista de todas las cofradías de Torredelcampo, y es a su vez la imagen titular de la cofradía encargada este año de crear el cartel y ofrecer el pregón. La artista ha querido también llamar la atención sobre la cabeza del Cristo por ser una de nuestras tallas más antiguas y con un gran valor artístico y cultural.
Ha preferido hacer un relieve para el cartel por ser esta una técnica con la que más disfruta, y por ser el lenguaje con el que se puede expresar con más soltura y confianza.
También ha elegido la madera por ser un material escultórico noble y para hacer una similitud con las imágenes religiosas policromadas del siglo XVII.
Los colores utilizados en el rostro y el cabello, recuerdan las encarnaduras de la imaginería vistos desde la perspectiva del siglo XXI.
El oro representa el poder de Dios, la gloria, la divinidad, la realeza.
El color rojo es el color de la sangre, el martirio, el sacrificio, espiritualmente representa la llama: la llama purificadora y la llama del Espíritu Santo.
El color blanco es el color que más abunda. Es el símbolo de la pureza y la alegría, la fiesta, y lo ha utilizado para representar la Pascua de la Resurrección. El Cristo que ha vencido a la muerte que nos redimió con la esperanza de una vida eterna a toda la humanidad. Luz, de luz. La expresividad de la liturgia en la noche de la Vigilia Pascual, la noche de alfa y omega, el principio y el fin. La bendición del fuego y la luz del cirio que da luz a otros cirios en la noche. Luz de luna llena en el cielo. La resurrección de Cristo es la verdad culminante de nuestra fe en el Señor.
La corona de espinas es una de las humillaciones que sufrió Jesucristo. Todos, a lo largo de nuestra vida experimentaremos alguna vez el dolor de nuestra corona. La artista ha querido plasmar en su obra ese tormento.
La representación de Cristo es reconocible por las potencias. Representan la memoria, el entendimiento y la voluntad. Gracias a las cuales Cristo pudo ser capaz de reunir la fortaleza física y psíquica necesaria para padecer la Pasión en su cuerpo y en su alma, lo que se han convertido en los verdaderos atributos de Jesucristo en su triple condición de profeta, sacerdote y rey.
Manuela Parras ha querido con esta obra que se representa en el cartel, homenajear a la cofradía más decana de todas las de nuestro pueblo, inspirándose para ello en la cabeza del Cristo, la única pieza primitiva de la imagen que fue restaurada entre 1940 y 1941.
La Cofradía del Santísimo Cristo de la Vera-Cruz y María Santísima de la Humildad da muestras de su existencia en el año 1634 según datos que obran en poder de la Cofradía. Asimismo según se desprende de un manuscrito del año 1752 que reposa en el Ayuntamiento de nuestro pueblo ya se menciona en él a la Cofradía donde entre otras cosas indica de que el Cristo se encontraba sobre el Altar de las Ánimas cubierto su cintura y paño de pureza con una faldilla de flecos y dos faroles de aceite siempre encendidos.
Cierro los ojos y trato de imaginarme en aquel tiempo lejano, a la procesión por la noche entre casas diseminadas alrededor de la iglesia, y la sombra de la Cruz que originarían las antorchas a su paso. Esplendoroso.  

Como esplendorosa es la imagen que nos ocupa creada por Manuela Parras que se refleja en el cartel de la Semana Santa de Torredelcampo 2016, el cual nos ha de servir además de recrearnos en su contenido artístico, entender de que se trata de una llamada de atención para la asistencia a los actos litúrgicos que se desarrollarán a todo lo largo de la Semana Santa en nuestro pueblo.
Queridas amigas y amigos, podía seguir hablándoles más tiempo de la obra y de la artista, pero debo mostrarles sin más dilación la procesión que verá el niño de la familia cortijera que por la noche entre trigales y olivos se dirigen a nuestro pueblo.

La procesión discurría por la Carretera –hoy Avenida de la Constitución-. Una gran muchedumbre iba delante de la misma, hasta el punto de que sin haber llegado aún la primera imagen a la altura de la Plaza del Llanete, el enorme gentío ya subía la calle de San Sebastián. Mezclados entre tanta aglomeración, un hombre empujaba a un carro voceando “avellanas y cobollos calenticos”.
Delante de toda la procesión marcha el Cristo de la Vera-Cruz. Su madero está incrustado en un pequeño trono adornado de claveles rojos y es llevado a hombros por costaleros con horquilla y almohadilla. Los golpes dados por el capataz con la palma de la mano en las andas mandando parar y continuar, resuenan como trallazos por encima de cualquier otro ruido. Los cofrades encargados de poner orden en la procesión, con un cetro en la mano van deprisa arriba y abajo de la calle dando instrucciones y poniendo orden en las hileras serpenteantes de gente que alumbran a nuestras veneradas imágenes.
Soldados romanos con lanza de hojalata al hombro y casco con rejilla para ocultar su rostro desfilan a sueldo. Otros con el mismo uniforme y salario más remunerado tocan trompetas y tambores aturdiendo durante toda la procesión los oídos de las autoridades locales próximas que arropan con su presencia al trono del Cristo de la Vera-Cruz. Mujeres con mantilla empuñando cetros y rosarios distraen a su paso a la multitud porque es tal su derroche de belleza y hermosura que alejan a quienes las miran por unos instantes del sentimiento religioso propio del momento.
La palma de San Juan se bambolea mientras su talla izada a hombros camina detrás del Cristo.
No hay nazarenos o mejor dicho “san juanitas” en la procesión que describo, las túnicas y capirotes vendrían algunos años después. En la época que narro, la crisis de costaleros voluntarios coliga con otras crisis.
Delante de la Virgen marcha la banda de música municipal. Es la imagen de la Virgen de los Dolores la que cierra el desfile procesional. El cura párroco, don Federico Anguita y don Lucas caminan detrás mientras leen seguramente a intervalos alguna meditación sobre la Pasión; el manto de la Virgen les esconde a ellos de más visualización de la comitiva. La gente espera en la avenida antes mencionada el momento para que el maestro Pancorbo dé la orden al “papelero” a que los músicos escojan la partitura del Himno a Nuestro Padre Jesús, porque la procesión en la Carretera siempre parece dormirse a los acordes de esta marcha tan jiennense, tan nuestra y tan llena de sentimientos. Oyendo estos sonidos se tiene la sensación de que la música se llega a transformar en rezos.
Después, de los balcones se recogerán colchas y colgaduras, menos en aquellas calles que dentro de unas horas volverá de nuevo a pasar la Madre de Dios en la Procesión de la Soledad.

En las demás calles el silencio es el que reina. Por la Brea, la luz de una pobre bombilla pone vida a unas sombras que de manera sigilosa abren sin llave la puerta de entrada al pueblo. Después...

                                        En el pilar de la Puerta Jaén,
una mula torda  abreva.
Pasa la procesión, lenta, muy lenta,
 la mujer sostiene al niño en una esquina cualquiera.
 Madre, si la Virgen está aquí,
 con mi hermanita quién juega.
 La mujer no dice nada,
porque ella callada reza.
 En el espeso silencio se oyó otra vez al niño decir,
 al niño de la cortijera.
Pobrecita, estará solita en el Cielo,
¡Anda!, déjame ir a jugar,
a jugar esta noche allí  con ella.
 Desfila la procesión lenta, muy lenta.
 Cuando la Virgen pasa
 se va cerrando ventanas y en la calle nadie queda
 Era Jueves Santo,
 por caminos de trigales y olivos,
 la luna llora de pena
 contagiada por el llanto de la familia cortijera.
Llora también el sembrado,
en cada hoja de trigo había una perla.

  
Queridos amigas y amigos, he querido presentar este meritorio cartel de Manuela Parras Peragón de la mejor manera que se hacerlo, mezclando los sentimientos religiosos que brotan de él, con los recuerdo de un ayer; de aquellas Semanas Santas tan pobres tan pobres, que no teníamos artistas como Manuela para que nos confeccionara cartel alguno, aunque posiblemente algunos de los aquí presentes habrá fabricado uno en su mente a medida que iba relatando aquella Semana Santa de hace más de sesenta años. Si es así les doy las gracias.

Decía al principio: La sinceridad es el abrazo de la verdad. Con la más absoluta sencillez y naturalidad he querido hablarles esta noche; por eso confieso de que expresar una obra de arte con las palabras me ha resultado un tan difícil, porque he descubierto de que es el alma quién transmite a la persona que la contempla en muda conversación el sentimiento que percibe mientras examina la obra, quedando ahogadas cualquier otra expresión que no sea la que aparece en el rostro de quién la contempla.


Antes de abandonar este escenario creo que sería muy meritorio agradecer con un aplauso a los protagonistas principales de esta noche: El primero de ellos  nuestro Santísimo Cristo de la Vera-Cruz, el segundo, Manuela Parras Peragón y el tercer protagonista, ustedes querido público que han estado en esta sala atendiendo a este que les habla.

Muchas gracias.



                                              Antero Villar Rosa
Torredelcampo, 13 de febrero de 2016


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