miércoles, 21 de diciembre de 2011

CRONICA DE NAVIDAD DE UNO DE TANTOS.

Este relato aunque contado en primera persona es de mi invención. He querido con él reflejar de
algún modo la crisis económica además de la crisis social en la que estamos sumergidos. 
           
Allí estaba yo otro año más en la barra de aquél restaurante días antes de Navidad haciendo tiempo a que llegara el jefe para la consabida comida de empresa. Para distraerme me entretengo mirando la televisión y como el año pasado no ha cambiado nada. De nuevo en la pequeña pantalla la gente descorcha botellas de espumosos en las puertas de algunas de las administraciones de lotería agraciadas. Todos los premiados dicen que lo destinarán a tapar agujeros. Observo también las caras cariacontecidas de los que vieron colgado el número en el bar o en la tienda y no compraron. Estos últimos invocarán de seguro a la salud. El restaurante está atestado de gente. Por una vez al año todas las categorías revueltas, jefes, apoderados, administrativos y subalternos; hoy, todos con un objetivo común: la comilona. Veo pasar al impresentable de mi jefe, -otro año más que llega tarde- vistiendo de Armany empapado de perfume tal vez de la misma marca pero seguro del más caro. La gomina con la que se unta el pelo es de un brillante que deslumbra. Le acompaña como una lapa el hombre sin piedad y sin escrúpulos, el temido subdirector.
Me dirijo a la mesa siendo uno de los últimos en tomar asiento. Allí está Ordoñez, el graciosillo de siempre tratando de no pasar desapercibido -hoy menos que nunca- ante los ojos del mandamás. No falta sentado a la mesa también el muy cabrón de Galindo, el de personal, el que tuvo muy en cuenta el permiso que pedí cuando mi mujer estuvo hospitalizada y no las horas que por la cara echo de más todos los días, ésas que ni siquiera se atreve a incorporar en mi expediente como dedicación y entrega a la empresa. No falta Diez, el pelotas, el primero en aplaudir y levantarse cuando el jefe diga la consabida arenga. Allí está cómo no, García, el amargado, el que sale solo a tomar café y no se relaciona con nadie; el que aguanta bromas sin alterarse lo más mínimo hasta de Gervasio el ordenanza. Hoy los tiene a todos muy cerca y estará deseando de que acabe cuanto antes la pantomima para al menor descuido irse a casa.
No faltan los del grupito, esos que siempre salen juntos a desayunar que forman un clan entre ellos y que cuchichean a tu paso, siempre conspirando, y que de seguro como en años anteriores después de la comida se irán de fulanas para después durante unos días alardear sobre si fueron dos o tres las faenas acabadas. Todo mentira.  Petri, la de impagados con su voz alegre y cantarina en esta ocasión no dirá la tan temida frase que repite ahora casi a diario debido a la crisis: ¡Otro que tiene que echar el cierre! Salgado el de riesgos, el sabueso, hay que verlo comer. Es todo un espectáculo; con la servilleta colgada por un pico a la altura de la nuez la cual le sirve para protegerse de alguna posible mancha. Come muy lentamente ajeno a casi todo apartando con el cubierto con mucha minuciosidad las espinas del pescado. Es un sibarita y un dandy en el vestir lleva pajarita en vez de corbata. Domínguez, el del área de clientes. No me lo imagino sin el teléfono entre el hombro y la oreja mientras atiende el teclado de su ordenador. Casi siempre está hablando con su mujer repitiendo una y otra vez: cari, cari, cari. Cuando se despide de ella la llama pitufina.  Y cómo no, el señor Nicanor, el más mayor de todos. Lo de señor le viene porque así lo impuso él tanto a los clientes como a los compañeros, aunque para estos últimos lo de señor lo sueltan muchos con irónica sorna, y más parece un apodo que no un signo de respeto y distinción.  
Allí están todos, y yo una vez más con ellos tratando de poner buena cara, sonriendo, con sonrisas prestadas a unos y a otros. Todos, supongo, saben que estoy sentenciado. Es un secreto a voces divulgado por Segura, el chivato. Lo que no saben es que ellos irán tras de mi. ¡Que se jodan!
Tengo que soportar el discurso del de la gomina. Sé que será el último que aguante. Ayer me llamó a su despacho. El muy joputa quería que maquillara el balance para esconder pérdidas. Como jefe de contabilidad invoqué mi profesionalidad además de mi conciencia. Sus últimas palabras fueron: -Márchese y espere acontecimientos, porque quiero que sepa usted de que aquí mando yo. Y las mías: –Sepa usted que la empresa está en quiebra técnica. Los hechos son evidentes-. Fui benevolente, le tenía que haber dicho en quiebra culpable. No hubo más. Abandoné su despacho y miré sabiendo que seria la última vez el cuadro que colgaba en la pared con el credo de la empresa donde rezaba por este orden: Dios, trabajo y familia.Y ahí está el muy cabronazo brindando con vino barato y no con el Dom Perignon, o el Vega Sicilia de las mejores añadas que aparece en las facturas que pasa a la empresa por comidas de trabajo. Mentira. La mayoría con sus amigotes y esposas.
Mientras dura la perorata de falsedades el subdirector me mira con una mirada retadora que intuyo que esconde una pregunta ¿por qué estoy yo hoy allí? Le correspondo con una sonrisa de satisfacción y de triunfo en vez de un gesto que denotara en mi preocupación. A todo ello no aparto la mirada. Es un desafío entre los dos.  Al final gano yo. Él se repliega y busca una servilleta a la que acaricia para distraerse. Seguro habrá adivinado que me estoy ciscando en todos sus muertos. Vive en una mansión al igual que el que está soltando el discurso pagadas ambas con los sobresueldos que cobran. Ahora no quieren participar de garantes para la financiación de la empresa alegando que su patrimonio es suyo, los muy cabrones. 
Salgo en cuanto puedo de allí. Sólo me despido de Petri y de mi compañero Paco Salinas, el que trabaja a diario codo con codo conmigo. Una buena persona. Me tropiezo al salir con García, el amargado. Me acompaña hasta el metro. Ya no tendremos que volver al trabajo hasta pasada la Navidad. Yo tal vez lo haga por última vez.
De regreso a casa pienso que ya ha pasado la primera parte de la obra de teatro navideña. Mañana tocará la segunda, la de ir a cenar a casa de mi madre. Mi madre es una mujer para colmarla siempre de besos y en estas fechas aún más, pero mi hermana y sobre todo mi cuñado son para mandarlos a la mierda, sin embargo todo sea por mi madre, por ella tendré que empezar ya a ensayar hasta mañana mi sonrisa de profiden. No me equivoqué. Fue como el año anterior. El niño de mi hermana, Carlitos, el gafitas, no dejó a mi madre oír el discurso del Rey explosionando petardos en la terraza ante la pasividad de mi hermana y mi cuñado. Mi cuñado es un vago redomado siempre dado de baja en el trabajo por no se qué dolencia de columna. Un cuentista dando siempre sablazos a mi pobre madre con la complicidad de mi hermana. Todos los años me hablan de sus viajes al extranjero. Esta vez tocaba uno a un país exótico. Lo peor de este año ha sido el cabrón del niño en los postres ya que se atragantó con una peladilla y al tiempo de expulsarla su boca era un volcán echando toda la cena. Creo que vomitó hasta la de la noche anterior.
Me fui en cuanto pude. Caminé hasta mi casa en el silencio de las calles en Noche Buena. ¡Que silencio! Sólo irrumpía la quietud algún petardo a lo lejos y algún coche muy de tarde en tarde. El ruido de mi móvil me volvió a la realidad aparcando mis pensamientos para otra ocasión. Era mi ex. ¿Qué querrá? Me pregunté. Sabía que no seria para felicitarme. No acostumbraba a ello, claro que yo le correspondía de la misma manera. Tampoco seria para solicitarme la pensión por mi hija dado que era lo primero que atendía nada más cobrar. La voz angelical de mi hija Sonia de cinco años me alegró el alma.
         -Papi, ¿por qué no vienes?
         -Esta noche no, cielo -le respondí. 
         - Es Navidad Papi.
         -Sí cariño. Lo sé. ¿Lo estás pasando bien? –pregunté.
         -Sí Papi. Javier me ha comprado una casita.
         Tardé en contestar. Javier es la pareja de mi ex.
         -Yo te llevaré otro día los regalos que dejará Papa Noel en mi casa para ti.
         -¡Vale papi! –la oí decir toda alborozada. Luego agregó de inmediato -Pero                 pondrás los zapa... zapatitos en el balcón ¿verdad?
         -Si mi vida, pondré todos los zapatos para ti.
         -Vale papi. Feliz Navidad.
         -Feliz Navidad. Hijita. Adiós.
Desde principio de mi conversación un halo de tristeza empezó a invadirme hasta que unas lágrimas enturbiaron mi visión en la noche gélida madrileña.   
Eran poco más de las doce de la noche. A lo lejos se dibujaba la silueta encendida de la iglesia de mi barrio toda de un color blanco de nieve. A medida que iba avanzando unos apagados tonos musicales navideños se mecían por entre la fría bruma haciéndose cada vez más audibles a medida que avanzaba. Al pasar a la altura del templo el canto de Noche de Paz salido de un coro de gargantas infantiles me contaminó con el llamado espíritu navideño.  Entré en la iglesia y allí durante la liturgia hice balance de mi vida. No tenía nada. Estaba peor que mi empresa. Dios, trabajo y familia, así rezaba en el cuadro colgado en el despacho de mi jefe. Reflexioné. No, poseía algo muy valioso, el cariño de esa vocecita que acababa de oír por teléfono, y mi fe en mis creencias religiosas. Dos activos de un valor incalculable los cuales esperaba revalorizar día a día. En el pasivo sólo debía mi alma a Dios y la hipoteca al Banco. Nada comparado con lo anterior. Terminado de analizar mi triste vida el coro parroquial interpretó Adeste Fideles al tiempo que una extraña sensación me invadió.
A la salida del templo algunos feligreses me desearon Feliz Navidad. Yo también les deseé a ellos lo mismo que a ti te deseo. 
                 
                                    ¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!

Pd. Si en tu entorno de trabajo y fuera de él no existe nadie parecido a alguno de los personajes que describo llámame.         
            

sábado, 17 de diciembre de 2011

MI LIBRO: CUANDO LOS OLIVOS LLORAN

        



         El pasado día 12 de diciembre se celebró en la Diputación Provincial de Jaén la presentación de mi libro: Cuando los olivos lloran.
         Dentro de la historia que narro en mi libro doy vida a personajes creados por mi fantasía literaria en el Torredelcampo que me tocó vivir, desde mi niñez en la posguerra, hasta después de mi adolescencia.
         La trama de mi novela se basa en una tortuosa historia de amor  donde la adversidad y el infortunio se ceba con los principales personajes que describo, todos pobres de solemnidad, pero siempre, en todas sus desgracias, se apoyaban en la estructura sólida de la familia, donde afincaba el respeto y la honradez. 
         La mayor parte de la vida del protagonista de mi novela, transcurre en un cortijo torrecampeño, donde nació, creció, y se hizo hombre, sin ver más horizontes que aquellos que sus ojos vieron al nacer, y que no eran otros más que colinas y llanuras infinitas de olivos además de campiña torrecampeña, acompañado siempre de una niña que creció en el mismo entorno, la que lo dejaría marcado para toda su vida. También una parte de mi novela discurre en el Madrid de los años sesenta.
         Aquellos que lleguen a leer, “Cuando los olivos lloran”, podrán descubrir a través de las fantasías de mis relatos, el amor que el protagonista de mi novela siente por la tierra donde nació y dio sus primeros pasos. Aquella tierra que hizo desde siempre suya, sabiendo que pertenecía sólo a unos pocos, pero aún así, su arraigo por su pueblo nunca decreció, a pesar de que llegado un día tuvo que emigrar.
         Dibujo en mi historia a los poderes fácticos de aquella sociedad, todo ello desde el espejo impoluto en que la vi reflejada, desde el cual pude contemplar y palpar el antagonismo existente entre la burguesía y el campesinado, los excesos y la abundancia en unos y las miserias y el hambre en otros.
         He de añadir, que nadie me contó nada de aquél tiempo, porque yo lo viví en primera persona, por eso, estos recuerdos que narro en mi libro, no los hago míos, son de mi pueblo, de Torredelcampo, desde donde salieron, dando rienda suelta a mi imaginación literaria. A mi pueblo se los debo, y a él los lego, y los pongo a disposición de todos los torrecampeños, y torrecampeñas y también para aquellos que no los sean. A todos, seguro estoy, les despertará si lo tienen dormido, el amor por la tierra que les vio nacer, cuando lean “Cuando los Olivos lloran”.
         Los sentimientos que transmito en este libro deberían de estar para todos los eruditos de la literatura, por encima de las imperfecciones posibles que puedan encontrar, pues ya me justifico al principio de mi obra con una cita muy aclaratoria de Diógenes que dice: Te dedicas a la filosofía y nada sabes. Le dijo el perro al mendigo. El pordiosero respondió: Aspiro a saber y eso es justamente la filosofia.
         Mi libro ha sido coeditado por la Diputación Provincial de Jaén y el Ayuntamiento de Torredelcampo.
         El acto de presentación fue muy entrañable y estuvo presidido por la Diputada del Área de Cultura y Deportes de la Diputación Provincial de Jaén, doña Antonia Olivares Martínez, como también por la Alcaldesa de Torredelcampo doña Francisca Medina Teba, quienes glosaron mi obra y  la figura de este humilde escritor con expresiones de elogio, y sobre todo con un conocimiento amplio sobre mi persona, por lo que ahora desde este blog, les reitero mi agradecimiento por el apoyo recibido para que mi libro fuese una realidad como ya hice públicamente durante mi intervención. También quiero dar las gracias a todas las personas que me acompañaron en la presentación.
         Para todos aquellos que estén interesados en leer mi novela, he de informarles que se encuentra a su disposición en el Centro Cultural de Torredelcampo.  
        
         Muchas gracias. Espero que disfruten con su lectura.
        




miércoles, 7 de diciembre de 2011

PASEO OTOÑAL


         Llevaba una temporada, meses supongo, sin hacer mi recorrido por los cauces del arroyo por el que suelo pasear. Me pregunto el porqué, y no encuentro una respuesta concreta, aunque pudiera ser que esta inapetencia y desgana esté motivada por lo grato y placentero que resulta para mí la vida hogareña, que sin llegar al enclaustramiento, -afortunadamente dado que aún es pronto para mí-, confieso lo feliz que me siento en casa caminando por otras veredas que no son otras que las que me llevan las de cualquier historia reflejada en un papel impreso.  
         Hace días volví, en una tarde propia de otoño, con el cielo pintado de gris plomizo y el aire arrebujado de una meona bruma que tamizaba mis pocos poblados cabellos cubriéndolos de diminutas gotas de rocío.
         Desde un altozano, la silueta coloreada por la estación otoñal de la arboleda que puebla de manera intermitente la ribera del arroyo, apenas se dejaba ver por el velo húmedo de la neblina. Luego, en mi caminar por su cauce, observé como todos los árboles se iban despojando de sus hojas, incluso las zarzamoras permanecían muchas ya desnudas destacándose en sus tallos sus hasta ahora escondidas y afiladas púas por las que colgaban en algunas de ellas cristalinas gotas que iban lentamente cayendo al blando, húmedo, e impenetrable colchón de hojas mustias que sembraban su contorno.
         La quietud y el silencio que invadía el valle eran a veces perturbados por el grato sonido del asustado piar de algún pajarillo que al descubrirme se escondía por entre la semidesnuda arboleda.
         La mayoría de los huertos son ahora eriales cubiertos de cardos y broza. El agua corría cantarina por sus acequias diciendo adiós día tras día sin inmutarse en su recorrido a las derruidas cabañas de los hortelanos que sirvieron en su día para albergar los aperos de labranza y cuyo estado de abandono y derrumbe era palpable. En las contadas huertas donde el cultivo se hacía menos latente observé que sólo conservaban algunas matas de coles que se distinguían entre el morado de las lombardas; estas últimas permanecían vigorosas esperando es de suponer acompañar a alguna mesa por navidades  
         La silueta en ruinas de lo que fue hace siglos una ermita iba surgiendo poco a poco a medida de mi caminar, esta vez entre la bruma cada vez más espesa, y sus derruidos muros le daban a la agonizante tarde una apariencia más triste y melancólica si cabe. 
         Me paré en un raquítico y poco vigoroso olivar que lleva años abandonado. El suelo, lleno de matojos secos dificultaba mi acceso pues quise contemplar una de sus olivas más de cerca. A mi paso, los tiernos brotes de la hierba recién eclosionada se defendían entre la espesura de la maleza y se inclinaban a medida que eran aplastados por mi calzado. Cuando me aproximé, la oliva no me dejaba ver su tronco arropada por un sinfín de varetas que como erguidas lanzas parecían intentar defenderla de algún incierto enemigo. Observé que desde su cruz emergía una telaraña de chupones que se cruzaban entre sí, formando una tupida red con el conjunto de las muchas envejecidas y negras ramas, de las que colgaban algunas contadas aceitunas que el tiempo en esta fecha otoñal pintaba de color violáceo.
¡Que pena me da todo el abandono que observo! ¡Que lástima con tantas necesidades por remediar!
De regreso, la tarde iba muriendo lentamente sin prisa alguna, sin importarle que el campo por estos parajes estuviese agonizando por la desidia del hombre. Atrás iba quedando mientras me alejaba el valle de huertas y frutales por ahora baldíos que se iban escondiendo entre la espesa niebla y al mismo tiempo de oscuras sombras por el declinar crepuscular.
Días después comenté a unos de aquellos viejos hortelanos el estado de abandono de la huerta y me dijo que los pocos que resisten, están hartos de que por la noche les roben todos los frutos además de sus aperos de labranza.
En nuestro pueblo me dijeron una vez que más o menos pasa lo mismo.
Lamentable. Así vamos. ¡Que país!      

martes, 8 de noviembre de 2011

LA ZARZUELA DE MI PUEBLO

       
La última vez que fui a ver una zarzuela fue hace un par de años en la Plaza Mayor de Madrid. Allí, al aire libre disfrutando del fresquito de una noche de verano pude deleitarme viendo interpretar: Agua, azucarillos y aguardiente de don Federico Chueca.
He de confesar que una obra inspirada en el Madrid de finales del siglo XIX, de chulapos y chulapas, de barquilleros y aguadores, de manolas y manolos además de churreros y otros personajes y sirviendo como decorado la Plaza Mayor, me cautivó. He visto otras zarzuelas y antologías de ellas pero siempre no sé por qué, recuerdo la última con más clases de detalles.
Ahora, a la que he hecho referencia ha pasado a ocupar un segundo plano en mi memoria puesto que otra con el mérito que merece y que trataré de describir seguirá en el disco duro de mi mente –espero que por mucho tiempo- en una carpeta que he abierto en el laberinto de mi cerebro para albergar y conservar el grato recuerdo del sábado veintinueve de octubre en el  Infanta Leonor de Jaén.   
Cuando en el teatro se hizo silencio y se levantó el telón no pude por menos que aguantar una exclamación para mis adentros apagando un ¡cojones! que apenas pude contener al contemplar el bello decorado de José Galiano, recreado sospecho en una foto antigua de la plaza de nuestro pueblo y que una copia para más detalles decora un hueco de la sala donde estoy escribiendo. Precioso y emocionante para un torrecampeño como yo siempre con hambre de recuerdos de su tierra.
Ya me lo habían anunciado: ¡Oye, que está muy bien! ¡Ya verás, te va a gustar! Frases cortas de poca importancia para una obra que lo único que tiene de humilde son las personas que la interpretan. Pero, perdonar que con la emoción que me embarga ahora cuando escribo no haya hablado aún de ella. Me estoy refiriendo a la zarzuela: La maldición del corregidor de Antero Jiménez Antonio tocayo mío, torrecampeño ilustre como lo fue su padre: don Antero el poeta, como en nuestro pueblo lo conocimos. Bien, Antero Jiménez no sólo escribió La maldición del corregidor -dicho sea de paso no sé por el número de edición que irá- sino también el libreto de esta zarzuela y la verdad es que si su libro nos transporta a la época donde se desarrollan los acontecimientos, el libreto ha estado hermanado en todo momento con el drama de la obra.
Con llanto soleares y muerte, así empieza la zarzuela a la que dan vida una serie de actores de nuestro pueblo vestidos de época cuyo atrezo parecía sacado de los mismísimos baúles de Cornejo. Un lujo.
Pero para lujo, el manojo de voces salidas de los tenores, las sopranos y el barítono. Voces supongo labradas en conservatorios donde trabajan y pulen aquellas gargantas como las que acto tras acto de la obra fueron desgranando estos diestros de la voz todos los pormenores de la historia de Los Botijas, bandoleros torrecampeños que se echaron a la sierra para huir de la justicia.  
No quiero pasar por alto las personas que componen el coro de la Asociación Celedonio Cozar, y del grupo de baile: Algo más que danza, pues con sus cantos y bailes participan en todo el espectáculo arropando a los intérpretes, y sirviendo en todo momento de figurantes en cada uno de los actos en que se divide la zarzuela. Magníficos todos ellos.
La música de José Antonio Armenteros, música que salida desde el foso del teatro y que con la admirable acústica del auditorio hacía que su sonido envolvente multiplicara los ecos de los instrumentos en cada uno de los acordes. Precioso. Un diez para este hombre ejemplar. Emocionante el cierre final del pasodoble: Torredelcampo es mi pueblo.
No puedo por menos recomendar este acontecimiento que entre otras cosas sirve para ensalzar el nombre de nuestro pueblo. Muchas gracias a todos los que han hecho posible este espectáculo injustamente llamado del género chico.   
De regreso a Madrid pensé en la extraña y placentera sensación que podría sentir si  La maldición del corregidor  la pudiese ver interpretada en cualquiera de los teatros de esta mi tierra adoptiva. Presiento seria un verdadero gozo, para mí y para todos los torrecampeños afincados aquí.  Animo a ello a quienes corresponda.
          
          

martes, 25 de octubre de 2011

RECORDANDO UN DÍA DE TODOS LOS SANTOS


Voy a tratar de poner una vez más a prueba mi memoria recordando un Día de Todos los Santos en mi niñez, tal y como yo lo viví, porque...

...nada es como es, sino como lo recuerdas (Valle Inclán)

            El Día de Todos los Santos cuando yo era niño, era costumbre estrenar alguna prenda de invierno. Recuerdo una vez que estrené ropa y calzado, y cuando ello ocurría se solia visitar a los abuelos para que nos viesen. Estrenaba un jersey y unas botas de cuero hechas a mano por el zapatero, que como siempre a instancias de mis padres, me las hacía más grandes de lo normal para que me sirviesen para más años. En las punteras mi madre había puesto un poco de lana para corregir la holgura. Durante el trayecto a casa de mis abuelos, trataba al caminar de no manchar el color rojo de las botas con el barrizal propio de las calles recién regadas por la lluvia de la noche. Desde la Huerta Los Toros se divisaba la sierra. Los colores otoñales de la misma lentamente habían ido desapareciendo. Los rojos y pardos del zumaque, los ocres y amarillos de las viñas y demás árboles frutales, habían ido poco a poco apagándose para dar paso a los grises claros, presagio de que se avecinaba el invierno. Todos los años pasaba lo mismo pues las bellas y cálidas tonalidades serranas eran tomadas por el olivar para así dar color a sus frutos, y con ellos conseguir que las aceitunas se maquillasen con la aterciopelada mezcla del morado y bermellón, antes de pasar al negro de su recolección.      
         El día que de principio parecía amenazar lluvia estaba cambiando, y el sol se asomaba por entre las ventanas de los nublos anunciando un día espléndido.
         Después de besar a mi abuelo como era mi costumbre, echó mano al bolsillo de su chaleco del otro lado del que anidaba su reloj, y sacó un real -dos perras gordas y una perrilla-, para que me comprara algo por ser fiesta. Me despedí de él, también lo hice de mi abuela que me recordó lo de la cena.
         Pasé por casa de mis otros abuelos y luego de la de mis amigos, y con estos últimos me dirigí hacia el cementerio cosa que hacia todo el mundo este día.  Era ya media mañana y el astro rey relucía en todo su esplendor. Al haber llovido la noche anterior los arados descansaban, dejando por un día de enterrar tantas e infinitas promesas en el sagrado trabajo de la siembra –la simienza-. Era día de presumir las gentes del campo en las tertulias o corrillos sobre si la mula comprada en la Feria San Lucas, daba buen, o mal juego en el arte del arado.
         Con dirección al cementerio pasamos por la Puerta Jaén, donde se observaba un inusitado movimiento de gentes dirigiéndose al camposanto. Era un trasiego de personas que iban y venían de visitar a sus muertos. Mujeres en su mayoría, casi todas vestidas de negro con pañuelos del mismo color cubriéndoles la cabeza. Algunas llevaban una media manta de lana tapando con ella parte de su cara con una mano. Era esta una costumbre de vestir las mujeres cuyos orígenes tal vez fuesen árabes.
         Cuando cruzamos la carretera, en la esquina de La Brea había puestos de castañas y otras golosinas, además de membrillos y paloduz, pero a nosotros lo que de verdad nos divertía era jugar en las eras próximas al cementerio. Hacia ellas nos dirigimos. Aquello era un hervidero de gente joven. Las niñas y otras ya que no lo eran tanto jugaban a la comba. Yo llevaba en los bolsillos del pantalón corto algunas bolas y empezamos a jugar con ellas. Otros lo hacían al fútbol.
         Los sembrados de las tierras circundantes a las eras y al cementerio ya habían brotado y la tierra se iba poco a poco pintando de verde. Las hormigas de ala estaban saliendo de los hormigueros empujadas por el hermoso día y revoleteaban por doquier.
         Estuvimos jugando un rato y después nos fuimos a visitar el cementerio. Los afilados y puntiagudos cipreses de la entrada nos dieron la bienvenida, al tiempo que percibí, más que en cualquier otro momento, un cierto desasosiego, mezcla de canguelo miedo y acojono por lo tenebroso que el  recinto me imponía.  No había tumbas de mármol, las que existían eran de yeso con alguna cruz pintada de negro y de ocre las iniciales del finado. Algunas fosas estaban abiertas esperando visitantes.
            Empezamos el recorrido por el lado izquierdo. Conforme avanzábamos se observaba que las paredes de los nichos habían sido pintadas de cal recientemente. Todos ellos presumían de no tener ninguna salpicaduras del blanco encalado, a excepción de aquellos que permanecían olvidados por sus familiares. Algunos de estos últimos, los menos, tenían flores de trapo  reposando prisioneras entre la lápida del nicho y el cristal de fuera. Otros, estaban adornados con crisantemos frescos, -para mí esta flor siempre la he considerado una flor muy y triste, flor de muertos, castigada, ya que no emana olor, tan sólo huele el verdín de sus tallos, al menos era eso lo que yo siempre he percibido-.
         Nos detuvimos al ver un pequeño grupo de gente. Era don Lucas el cura que con su voz ronca cantaba responsos. Los responsos eran a petición de los familiares. Estos señalaban el nicho con descaro y acto seguido comenzaba don Lucas el cántico:
                 Kirie, eleison. Christie, eleison, Kirie, eleison, Pater noster qui es in caelis...
  
         Al terminar el ceremonial salpicaba con el hisopo de agua bendita el nicho. Acto seguido el monaguillo con un talego rojo recogía el duro que los familiares pagaban por este servicio. Las gotas de agua bendita resbalaban por los cristales y las lápidas de los nichos, incluso de aquellos a los que no les iba dirigido el rezo. Creo que estos últimos de alguna forma también querían participar.
         Al fondo del lateral había una tapia donde estaba el osario. La tapia a pesar de haber sido encalada, ya tenia refregones de los zapatos de los chiquillos de tratar de subirse para verlo. Allí dentro eran vertidos de forma indiscriminada los restos de aquellos que no eran reclamados por nadie.  En un apartado adyacente del otro lateral de nichos reposaban según decían los que se suicidaban. Era El Corralillo de los Ahorcados. 
         Mas tarde nos fuimos cada uno a nuestra casa no sin antes haber quedado para la tarde en volver a visitar el cementerio.
         Lo hicimos nuevamente al caer la tarde. Ya no había tanto ajetreo en La Brea.  Eso sí, los puestos de castañas seguían allí. Compramos en vez de castañas un membrillo al cual íbamos mordisqueando pasándolos de unos a otros. Esta vez la visita al cementerio fue breve. Se contaba una historia de alguien que ese día se quedó encerrado y no queríamos que eso nos sucediese... Tantas historias se contaban sobre la noche del Día Los Santos.  Por la noche después de dar unas vueltas por la plaza me encaminé para cenar hacia casa de mis abuelos donde cenábamos toda la familia. Era ya noche cerrada. Hacia frío. Bocanadas de un viento húmedo proveniente del  derecho chocaban contra mí, al mismo tiempo que avanzaba. Las hojas secas eran arrastradas por el viento formando montones de forma caprichosa. Las pequeñas bombillas del alumbrado tintineaban balanceándose al compás del viento, proyectando contra el suelo sombras fantasmagóricas. Los dos grandes álamos de la carretera agitaban sus ramas semidesnudas; las más altas oscilaban emitiendo un extraño silbido.
         Ya después de cenar y de camino a mi casa, la luna acababa de salir tímidamente por el cerro Los Morteros casi escondida por entre los gruesos y oscuros nubarrones que la ocultaban en parte. A lo lejos el ladrar de los perros. Una vez en casa y ya en la cama, busqué refugio entre las sábanas al mismo tiempo que las campanadas de muerto extendían su lamento a merced del viento por todo el pueblo. Me pareció que sus acordes sonaban de una forma más lúgubre, lenta y lastimera que en otras ocasiones. Pensé antes de dormirme en la sombra alargada y bamboleante por el viento, que con la luz de la luna proyectarían los cipreses del cementerio.
Luego... todo se hizo silencio en mí. 



miércoles, 5 de octubre de 2011

EL MULADAR O MULEAR

A últimos del mes de agosto, durante el mes de septiembre y parte de octubre, cuando las faenas agrícolas sufrían un paréntesis hasta que llegaban las primeras lluvias otoñales, en mis tiempos se aprovechaba este periodo casi inactivo para –sacar los muladares-.
Es posible que muchos sobre todo lo más jóvenes no sepan lo que es un muladar, o como nosotros le llamamos en nuestro pueblo “mulear”. Bien, voy a tratar de explicarlo:
Antes, la basura no se recogía en bolsas ni se llevaba a los contenedores como ahora, sino que en cada casa en el corral existía un apartado donde se iba depositando toda la mugre que diariamente se generaba. La mayoría de las casas eran de labranza las cuales albergaban una cuadra para las caballerías, amén de la “injaera” que era el habitáculo para el cerdo al que nosotros en nuestro pueblo llamamos marrano. Bien, pues cuando se limpiaba la cuadra de estiércol, la “injaera” de las defecaciones del animal, y la suciedad recogida a diario en la casa junto con todos los desechos comestibles y otros no comestibles todo ello se depositaba en el muladar donde las gallinas daban buena cuenta. En conversaciones sobre este tema con algunas personas de mi edad y más mayores echan de menos aquellos huevos de las gallinas de antaño distinguiéndose con los de ahora por tener aquellos la yema de un color casi rojizo. Naturalmente que con tan ricos y variados manjares no era de extrañar. Su rojez y exquisitez dicen los más mayores que alcanzaban límites insospechados cuando no existían aún inodoros en las casas. No me extiendo más, cada cual que utilice su imaginación.     
Como digo todos los desperdicios se iban amontonando en el corral, y poco a poco con la lluvia y con los cambios de temperatura se iban apelmazando y descomponiendo, hasta que durante el tiempo que he señalado anteriormente se limpiaba, conocida esta limpieza por lo que ya he comentado antes que era: “sacar el mulear”.
Cuando ello ocurría se hacia a base de azadón y con una espuerta se iba acarreando hasta el serón de la caballería que permanecía aparcada en la puerta de la casa. Este proceso por lo general duraba dos o tres días ya que esta basura se solía transportar hasta la tierra de cereal o a las olivas del dueño de la casa para que sirviera de abono.
Ni que decir tiene que los hedores que los vecinos tenían que soportar durante días eran nauseabundos y repugnantes, dado que su fragancia se expandía por toda la calle llegando su esencia a impregnar con el putrefacto olor incluso a toda la manzana. A veces estos olores se alargaban dado que cuando terminaba un vecino, al poco empezaba otro y los malos y vomitivos hedores eran pues continuados o alternos.
Ahora, a pocos metros de mi casa deposito la bolsa de basura en unas casetillas metálicas con una tapadera hermética y la siento caer en un recipiente profundo escondido en la tierra. Por la noche, los basureros por medio de aire comprimido todo el contenedor lo sacan a flote vertiendo su contenido de forma mecánica en el camión, y es que las ciencias adelantan que es una barbaridad.
No quería escribir temas tan repelentes, pero quiero dejar constancia por si las generaciones futuras se preguntasen alguna vez esto que yo hoy les aclaro. 
Esta basura a la que me he referido, era toda ella basura orgánica, que al fin y al cabo servia de nutrientes al olivar o al sembrado.  Hoy existe otra clase basura, supongo  pendiente de calificar ya que ni siquiera  está clasificada como inorgánica, es mucho peor, no hiede, no se  vierte al “mulear”, y no se puede percibir de manera precisa su pestilencia, son entre otros objetos de desecho: los banqueros, esos que en vez de meter la mano en la caja, sacan el dinero de forma legal pero inmoral a través de un acta en un consejo de mala administración, los políticos corruptos, y en fin, también entre otros muchos, toda aquella cohorte de apesebrados de distintos corrales y “muleares” que con la que se cae, encima defienden  todas las irregularidades que hacen estos hijos de la gran zorra (*) .
A ver cuando sacan este “mulear”. Que me avisen para estar prevenido, porque como decimos los torrecampeños: esto si que tiene que “goler”.

(*) Según sentencia reciente, la palabra zorra no es una ofensa. Tendrán pues que cambiar su significado en la RAE.

Tenéis que ver más, dijo uno de nuestro pueblo


martes, 20 de septiembre de 2011

EL HORNO











                              












Panaderos de nuestro pueblo

De izquierda a derecha el hornero Juan "Pajarillas", en el centro su hermano Jaime, y a la derecha Manuel, hermano de Ana Maria, la mujer de Juan. Tenian el horno en la Peña del Concejo con la calle San Sebastián.
          Foto cedida por su nieto Joaquín Eliche Rama el de la óptica de la Avda.Constitución 72 de nuestro pueblo.



En casa de mi abuelo materno recuerdo que había un molino manual de piedra para moler el trigo. Estaba desdeñado en un rincón del patio y sospecho que no quiso desprenderse de él por el temor a tener que utilizarlo nuevamente. Consistía en dos piedras pesadas de granito que se hacían girar una sobre la otra aplastando al cereal. Fue usado en una época en que los que la vivieron querían silenciar su uso para no revivir tan malos recuerdos de aquellos tiempos de escasez de alimentos, de hambre y estraperlo.
Pero el runruneo que produciría este primitivo molino afortunadamente quedó silenciado para siempre, ya que nunca lo vi funcionar, para bien de todos, ya que el pan desde mis tiernos albores de mi infancia se elaboraba en los hornos.
Viene a mi memoria haber acompañado más de una vez a mi padre a la fábrica de harina que estaba ubicada en la Carrera Alta a llevar una parte del trigo recolectado para molerlo. Después de que el molinero le descontara la maquila por el trabajo de la molienda, la harina que le correspondía libre del salvado o “salvao” como a la cáscara del grano de trigo la llamábamos, ambas cosas la llevaba a casa pues el salvado se aprovechaba para engordar al cerdo. Otros en cambio llevaban la harina directamente desde el molino al horno, donde el panadero le daba en base a los quilos que llevaran una cierta cantidad de vales, para después día a día ir a retirar el pan a medida de su necesidad. Los vales, unos panaderos lo facilitaban de cartón con su nombre impreso, y otros recuerdo que eran de chapa en forma de rombo; pero mi padre nunca canjeó la harina por vales sino que siempre la llevaba a casa para que una vez a la semana mi madre amasara el pan.
El día que mi madre amasaba me mandaba a mí o alguno de mis hermanos al horno a por un poco de levadura. Luego, en un tinajón de cerámica echaba agua, harina y la levadura y de rodillas con los puños una y otra vez lo iba amasando hasta conseguir una masa compacta. Después la dejaba reposar y en la misma tinaja la llevaba al horno. Una vez en él, el hornero moldeaba los panes y le decía el número que habían salido con la masa que mi madre había llevado y a continuación lo metía en el horno para su cocción, pero antes, a cada uno de esos panes lo marcaba con una señal de metal que mi madre usaba sólo para este fin fabricada por el hojalatero para diferenciarlos del resto que no era otra que las siglas: FV, correspondientes a las iniciales de mi padre. Algunos lo marcaban con la huella de la articulación de un hueso de cordero.
Después de la cocción, y de pagarle al hornero lo que correspondiera a tenor del número de panes, mi madre lo llevaba a casa y lo metía en una orza de barro en la cantarera, lugar que era el más fresco de la casa. Nada como aquél pan que desde el primer día y hasta el último se cortaba en rodajas sin llegar nunca a ponerse ni duro ni blando, ni tampoco a desgranarse. Por poner un ejemplo, el agujero del panaseite en este pan nunca se filtraba ni se colaba por orificio alguno. Un lujo.
Naturalmente una gran mayoría compraba el pan en el horno en efectivo, pero está en mi memoria quienes iban al “fiao”. Algunos de estos llevaban una caña en la mano donde el hornero hacía una mueca. A la hora de rayarla con una navaja aprovechaba para hacerlo al mismo tiempo en otra caña que él guardaba, ya que así nunca podía haber ninguna duda del número de panes que le debía el cliente.
Me gustaba entrar al horno por la mañana durante el fragor del ruido que hacían las máquinas que amasaban el pan y gozaba contemplando de cómo por entre los cilindros de uno de aquellos aparatos de forma circular que funcionaba mediante telarañas de gruesas y anchas poleas colgadas en el techo, se agitaba la masa adelgazando su grosor una y otra vez cuando se internaba aplastada por entre las columnas cilíndricas de aquél viejo artefacto fabricado en no recuerdo el lugar ahora de Cataluña. Esto último lo conservo en mi memoria porque en abultadas letras metálicas aparecían y desaparecían en las continuas vueltas de aquél ruidoso artilugio la marca y el lugar de su fabricación.
No solamente se olía allí a pan recién salido del horno nunca mejor dicho, sino que llegado las fiestas navideñas y las de semana santa el horno se envolvía con los aromas del rayado de limón, el ajonjolí, la matalahúga, la manteca, las claras de huevo y otras especias que servían para fabricar los típicos dulces de las fiestas, sobretodo mantecados, galletas y magdalenas, además de los consabidos “ochigos”. A veces el horno también se aromatizaba los días que los clientes llevaban para asar debidamente adobado con un sinfín de especias algún conejo o cabezas de cordero, impregnando con su rico aroma a toda la calle cuando iban a recogerlas.
La vieja estampa del maestro hornero sacando el pan del horno con la achicharrada y afilada pala de madera chamuscada por la de veces que se internaba en el fogón, y el humillo de vapor que desprendía el paño húmedo limpiando la base del pan caliente, lo llevo guardado en mi memoria como en mis glándulas gustativas conservo el sabor del aquél pan tan rico que sé que nunca ya volveré a degustar.
En nuestro pueblo en mis tiempos existían muchos hornos, algunos aún perduran pues la tercera o la cuarta generación de aquellos maestros artesanos que yo conocí perseveran en el oficio sagrado de hacer el pan.
Obrador, tahona, panadería, así se le conoce ahora a los establecimientos donde elaboran el pan, pero yo prefiero aunque esté en desuso llamarlo como en mis tiempos: horno, y me gustaría también que a la hora de comprar no me dieran a elegir tanta variedad como existe ahora, que si el chapata, que si la baguette, etc... sino un pan, un panete o un bollo elaborado con tan ricos y tan naturales ingredientes como los de entonces. Algunos de mi época dirán que me he olvidado de los violines. Estos los hacían por encargo y eran para los que estaban a dieta por alguna enfermedad, aunque para ser sinceros en aquellos tiempos a dieta, a dieta pura y dura desgraciadamente había muchos.
Mi más sincero reconocimiento a los horneros de nuestro pueblo, a los que desaparecieron y a los que siguen en la brecha trabajando de noche para que al alba el pan esté dispuesto en las panaderías y en los coches que con sus estridentes bocinas nos anuncian de la llegada del pan nuestro de cada día puesto a domicilio en la puerta de nuestra casa.
Como pueden comprobar todo ha cambiado... hasta el pan de entonces.










viernes, 2 de septiembre de 2011

MI BLOG EN LA PRENSA

   

                                               
         Cuando me inicié en esta aventura bloguera, lo hice con un solo propósito: que mis evocaciones quedasen en la red de redes para que los torrecampeños de hoy y los que nos sucedan, pudieran a través de mis recuerdos, saber la manera de vivir en nuestro pueblo, en el periodo que duró mi niñez y mi adolescencia.
         Sólo, a muy contadas personas de mi círculo que conocen mi afición por la escritura, entre ellos a un experto mecánico de las palabras, fueron a quienes les confesé esta aventura por mí emprendida al poco de iniciarme en ella. Como protagonista, quería permanecer fuera de todo protagonismo silenciando hasta donde pudiese esta mi ocurrencia inter-nauta. Una de mis hijas me reprochó mi mutismo cuando por casualidad un día descubrió mi blog. Pero debo de reconocer mi ignorancia, pues por el hecho de ser un aficionado en esto de Internet, creía que estos recuerdos colgados por mí, iban a acomodarse en uno de los rincones de la red, relegados y casi perdidos entre la maraña ingente de información puesta a disposición de  los cientos de millones de navegadores en esta llamada por algunos: autopista de la información. Pero no ha sido así, ya que desde entonces son varias las miles de visitas que he recibido en este mi blog, algunas desde muy diversos y lejanos países y continentes.
         Hace unos días por iniciativa de José Bueno en el Diario Jaén, periódico muy entrañable para mí, y de muy buenos recuerdos, mi nombre ha ocupado parte de una de sus páginas. Digo lo de entrañable porque en este periódico, mi abuelo suscrito a él, me ponía los deberes aritméticos en algunas de sus hojas aprovechando los espacios en blanco huérfanos de palabras. Recuerdo siendo muy pequeño, que lo primero que yo hacia era buscar la página de sucesos que era lo que más me atraía, tal vez por el morbo, para de inmediato de forma silábica leer la noticia, y cómo no,  buscaba también la viñeta de Vica con el personaje de Manué. Creo que a partir de entonces mi impronta afición por la lectura se estableció en mí.
         Es curioso y sorprendente, hace unos días recibí un correo de un entrañable amigo de la infancia, de los que se fueron y no regresaron, y me decía entre otras cosas que recordaba a mi abuelo y su periódico. La verdad que me llenó de alegría después de tantos años sin vernos y ahora él, también me ha sabido encontrar por este medio, por eso aprovecho para invitar a cuantos quieran a enviarme cualquier sugerencia o cualquier recuerdo por mí hasta ahora olvidado, pues eso me estimula para seguir escribiendo.
         Doy las gracias por las palabras de ánimo que recibo de muchos torrecampeños, que se fueron y no volvieron, y también de los que no lo hicieron, pero mi mérito si es que lo tiene, modestia a parte, lo quiero compartir con todas las buenas gentes de mi pueblo, en él nací y allí nacieron también todas las evocaciones que escribo, por lo tanto no las hago mías sino, de Torredelcampo, mi pueblo.     

                                     anterovillar@gmail.com

miércoles, 17 de agosto de 2011

PERSONAS MAYORES

       No llegué a conocer a aquél hombre. Sólo lo vi desde lejos cuando atendía a mi hija en la puerta de su casa, y a la que con un gesto después de los saludos le ofreció la entrada de aquella sólida casa de muros de piedra berroqueña.
Era un día de principios de verano hace ya un puñado de años. Mi hija Ana estaba terminando su carrera y tuvo que hacer un estudio de una determinada comarca de Guadalajara, de modo que la acompañé llevándola en mi coche.
El pueblo era muy pequeño. Estaba recostado en una colina rodeado de pinos y esparteras. La carretera de entrada era su principal y única avenida. En el centro de la mencionada arteria estaba la iglesia rodeada de un conjunto de casas diseminadas a su alrededor además de algunos bares y algún que otro comercio. El edificio del ayuntamiento se destacaba entre las ridículas edificaciones. No había más.
Antes de llegar pude contemplar algunos olivos, “pinganos” que diríamos nosotros, cuya variedad tenia que haberlo preguntado, pero seguramente era cornicabra a juzgar por el examen que hice más tarde a uno de ellos.
Mi hija había quedado citada con un señor jubilado, labriego él durante su etapa laboral y conocedor del entorno. La encargada de medioambiente del ayuntamiento la acompañó hasta la casa de aquél hombre al que me pesa no haber conocido ya que yo no llegué nada más que hasta las inmediaciones de aquella su casona de piedra donde él vivía que se destacaba entre todas las demás. Yo mientras tanto me dediqué a pasear y a curiosear por la aldea pues siempre se aprende algo.
La gente del pueblo era amabilísima ya que sin conocerme me saludaban con unos buenos días muy chorreados como si me conocieran de toda la vida. Después de deambular compré la prensa y me senté en uno de los dos únicos bares para tomar un café que luego amplié con otro, puesto que mi hija tardaba.
La entrevista duró más de la cuenta para mí, sin embargo a mi hija se le hizo bastante corta dado que el hombre en cuestión era una enciclopedia. Le contó historias curiosas del pueblo: sus costumbres, sus tradiciones, los productos que cosechaban, la manera de recolectar, enseñándole todas las herramientas que empleaban antiguamente, hoy en desuso y que guardaba en una cámara como tal vez en su niñez guardara con mucho cuidado y esmero sus trastos para jugar. Entre aquella colección de útiles y herramientas me dijo mi hija que observó el cuerno de un astado y al preguntarle sobre su uso o significado le respondió que servía para coger aceituna, pues antiguamente  la recolectaban a mano –a ordeño-  con el cuerno colgado al cuello echándola allí hasta que se llenaba. Era una manera de proteger al olivo ya que el clima no ayudaba a su frondosidad y de esta manera no tronchaban ningún tallo, distinto si lo hubiesen hecho por el método tradicional del vareo. Todo esto me lo contó y muchas más cosas durante el camino de regreso. También me dijo que unas de sus aficiones del señor en cuestión eran la lectura y la escritura.
         -Mira papá, me ha dado este escrito para ti. –Me dijo mi hija durante el viaje de regreso.  

         El escrito es este que transcribo:

                               
LOS  DESEOS  DE  UN  ANCIANO

Deseo que me hagas sentir que soy amado, que soy útil todavía, que no me crea  que estoy solo.

Deseo permanecer en mi casa o en la tuya.

Deseo que cuando comamos en la misma mesa, me des conversación a pesar de que yo apenas hable.

Deseo que me visites en la residencia, en caso de que te  veas obligado a internarme en ella.

Deseo que me ames por lo que soy y no por lo que tengo.

Deseo que me llenes de cariño y comprensión en esta última etapa de mi vida.

Deseo que no bromees de mi paso vacilante o de mi mano temblorosa.

Deseo que comprendas mi incapacidad de oír como antes, y que por lo tanto me hables despacio y claro, pero sin gritar, si no es necesario.

Deseo que tengas en cuenta que mis ojos se están nublando, y que no me eches en cara ni te rías de mí, cuando tropiezo o derramo la taza de café sobre la mesa.

Deseo que me ofrezcas asiento en el autobús y la preferencia en la acera, así como que respetes mi paso lento al cruzar la calle.

Deseo que tengas tiempo suficiente para escucharme sin prisas, aunque lo que yo te diga te importe poco o nada.

Deseo que no me digas “ya me has contado tres veces lo mismo” y me escuches, como si fuese la primera vez que te lo cuento.

Deseo que me recuerdes por los aciertos y éxitos de mi vida pasada, y que no me hables de mis errores y fracasos.

Deseo poder sentir la caricia de tu mano sobre la mía, y escuchar sin agobiarme palabras suaves de ánimo, cuando esté al final de mis días. Háblame entonces de la misericordia de Dios.  
                     
Gracias, mil gracias por atender mis deseos. Un día otros los harán posible para ti.      

No puedo precisar si él fue el autor de estos deseos, hecho este irrelevante dado que lo que quería aquél hombre era transmitir tan bellos mensajes y que cayeran en tierra fértil. Puede estar tranquilo que lo consiguió. Vuelvo a reiterar que lamento no haber podido hablar con él pero con lo que me contó mi hija demostró ser un hombre cuajado de sabiduría y sentimientos.    
Yo estoy convencido de que en nuestro pueblo existirán muchos como aquél agricultor de la Alcarria. Sé que los hay, mujeres y hombres  torrecampeños ya mayores, que poseyendo un amplio legajo en su memoria de costumbres tradiciones y cosas curiosas acaecidas en sus tiempos en nuestro pueblo  no se atreven por cortedad o retraimiento a transmitirlos como aquél hombre lo hizo a mi hija y se los llevarán consigo el día que nos abandonen. Les animo a que lo hagan. Vaya mi agradecimiento por delante.

sábado, 6 de agosto de 2011

SENTARSE A LA PUERTA


         Durante los días que últimamente he estado en nuestro pueblo he observado en algunas calles incluida la mía donde tengo asentada mi residencia cuando estoy en Torredelcampo, una costumbre ya venida a menos, pero que a pesar de los años aún se mantiene en muchas de las calles de nuestro pueblo: el de sentarse a la puerta a tomar el fresco
Sí señor, era esa una buena costumbre la de sentarse a la puerta en las noches de verano y me alegro que aún perdure en algunas calles.  La mala, y en esto doy la razón a cualquiera, es la de la crítica. Que a tu paso por donde está la gente sentada se haga silencio para luego de inmediato cuando ya has pasado aunque no lo oigas pero lo barruntas, ellos/as continuarán la cháchara con el casi seguro siguiente diálogo: ¡Mira Maria! ¿Ése quién es?  ¡No me digas que no lo conoces! Ése, es hijo de este...que le dicen... (apodo)  ¡Ah si, ahora caigo! ¡Ése que tú dices...  ¿No se casó con la hija de...?(vuelve el apodo)  ¡El mismo!  Anda, mira, pues, bla, bla, bla,...Vamos que hasta presumen saber el saldo de tu hipoteca, y si has tenido algunas cuotas impagadas.   
En mi niñez recuerdo aquellas calles de nuestro pueblo en las noches calurosas durante la época del verano. Los vecinos salían a la puerta y conversaban sentados en corrillos hasta después de la medianoche mientras se refrescaban a golpes de agua en aquellos botijos de barro blanco que chorreaban por todos sus poros presumiendo cada cual que el suyo hacía el agua más fresca. Algunos, después de la tertulia se quedaban a dormir hasta bien entrada la madrugada recostados en una de aquellas mecedoras de lona con dibujos de rayas verticales multicolores.
Por eso añoro todas esas costumbres que servían de punto de reunión y sobre todo de diálogo. Aunque noto de cómo se ha empobrecido la comunicación entre los individuos, pero no sólo en nuestro pueblo sino en todas partes, todo, a consecuencia de la expansión de las tecnologías puestas a nuestro alcance: el móvil, Internet, la televisión, todas estas técnicas han contribuido al alejamiento y al distanciamiento entre las personas.   Pero volviendo al tema que nos ocupa siempre será mejor pasar por una calle con gentes sentadas a las puertas, -habrá a quienes les moleste por verse abocado a dar las buenas noches-, -pues lo siento por ellos-, que entrar en el metro por poner un ejemplo, y que dentro de él observes con la indiferencia que se mira la gente. Todos con caras de lunes después de un puente. Nadie conversa con nadie, ni tan siquiera para pedir permiso si estás sin querer taponando la fila de la izquierda de la escalera mecánica que algunos suben de dos en dos. Es así la vida aquí en este Madrid donde todo el mundo lleva prisa y nadie se saluda pues nadie conoce a nadie.
         En fin que aunque os critiquen al pasar, -tampoco hay que generalizar-, continuad vosotros afortunados viviendo en nuestro pueblo y saludando a las gentes que toman el fresco a la puerta de su casa.  Merece la pena, de verdad.

sábado, 9 de julio de 2011

AQUELLA FERIA Y SUS FERIANTES

         La feria cuando yo era un chiquillo empezaba con la llegada del primer feriante. Normalmente en la primera avanzadilla solo llegaban algún que otro turronero y poco más, luego, faltando pocos días para el inicio de las fiestas iban apareciendo los de los cachivaches. El primer sitio que recuerdo donde se instalaba el ferial en mis tiempos era en la calle Pintor Manuel Moral -mucho antes de construirse las Casas Nuevas- donde todo era descampado. Este terreno servia también de campo de fútbol donde yo veía jugar desde la tapia de La Huerta Los Toros a los equipos locales: El Rayo Azul y El Calavera. La primera vez que pusieron la feria en el lugar referido fue después de caerse el muro a consecuencia de un terremoto en mayo de 1951. La tapia mencionada se extendía desde la  calle referida hasta donde empezaba el molino de aceite de don Damián en la calle Cuesta Negra.
Años mas tarde el ferial lo instalaron en la calle Ancha después de derribar la pared que unía la casa donde estaba el antiguo sindicato en el Camino de la Estación con la de la familia Moral. Existía un terraplén entre que corrigieron a base de azadón. Recuerdo la reata de borricos que participaron en el desmonte y hasta el color de la tierra blanca que transportaban.
Volviendo a nuestra feria, los chiquillos siempre estábamos merodeando por entre el sinfín de cacharros que los feriantes dispersaban en el suelo hasta su instalación sin hacer caso de las voces discordantes de ellos, de aquellos rudos nómadas que nos reprendían de rostros y torsos achicharrados, quemados por soles en siestas de pueblos de olivos y rastrojos como el nuestro que se preparaban para unos días de diversión.
Recuerdo las “voladoras” manuales, aquellas que eran empujadas desde el suelo por descamisados feriantes mientras que a los pies de estos mientras empujaban reposaban pequeños sacos de arena que servían para equilibrar la carga. A la hora de parar la noria se subían colgados de una de las barcas para detener con su peso el giro del aparato. Ver aquello era todo un espectáculo. Normalmente en esta atracción solían subirse mujeres las cuales gritaban al compás del dulce cosquilleo que les producía la rápida bajada.
Los coches eléctricos –coches locos- como nosotros lo conocemos era una atracción muy esperada como también el carrusel. En mi pubertad llegó por primera vez el látigo.
Los columpios donde tenías que mover después de los primeros empujones realizados por el empleado aquella enorme barca con las quillas revestidas de pedazos de goma de ruedas de coches que servían para amortiguar la frenada cuando el feriante a tenor de la demanda consideraba que ya estaba el tiempo de los dos reales agotados, o tal vez habías alcanzado con los vaivenes una considerable altura. Entonces utilizaba el freno que no era otro más que un tablero con la huella impresa del caucho por las frenadas acumuladas.   
Recuerdo los caballicos que funcionaban por el empuje que unos chiquillos ejercían, teniendo estos el privilegio de subirse en la plataforma en los intervalos cuando el tiovivo giraba a la velocidad adecuada.  El ruedo dibujaba en el suelo una corona de polvo originado por las infinitas pisadas de los chiquillos que empujaban gratis al primitivo tiovivo.
Había feriantes que volvían año tras año como aves migratorias. Uno de aquellos asiduos a nuestra feria era el del Chupetón de la Tonta. Era toxiriano de cara arrugada, que lucía un gran y espeso bigote que le servia para seguramente infundir respeto a la chiquillería dentro de su minúscula caseta de tiro. Dado el reducido perímetro de la susodicha caseta tenia un arte para moverse entre los disparos de aquellos que creíamos íbamos a derribar el palillo que sostenía un cigarro o una bola de caramelo. Era difícil acertar con aquellas escopetas amañadas y casi siempre obedientes a su amo.
La primera tómbola que llegó a nuestro pueblo que yo recuerde fue aquella que supuso un hito en cuanto a tómbolas se refiere en Torredelcampo.  Me refiero a la conocida cómo la Tómbola del Cubo. Esta fue la que cambió en todas las casas los cubos de metal por los cubos de plástico. Está en mi memoria aquél feriante que no daba abasto acompañado por su mujer y otros tantos operarios a tanto gentío que se agolpaba ante su caseta comprando papeletas. La de dinero que ganó en aquellos años.  Otro de los que no faltaba ninguna feria era el retratista con el caballito de cartón.
Quién acudía año tras año era la Orquesta Sahara. Un lujo escuchar aquél quinteto de músicos jaeneros en la plaza después de haber cenado y tomado un ponche fresquito de “malacatón”. Formaba parte de este grupo musical entre otros, -creo recordar- un señor mayor con gafas de muchas dioptrías que tocaba el contrabajo y un trompetista joven, los cuales eran unos portentos. Habrá quienes de mi edad recuerden también a los que vendían agua en la plaza en botijos de barro al grito de ¡A gorda la “barrigá”! Yo prefería siempre un helado del Chache. Bueno, yo, y cualquiera. ¡Que buenos los hacia!.
La feria era esperada por todos, hasta por aquél puñado de avispados torrecampeños especialistas en timbas de envite acostumbrados al tapete verde, al humo de los cigarros puros, y a prolongar las madrugadas con los días y las noches con tal de desplumar a cuantos pardillos se jugaban en el tapete hasta su alma. Me contaron que algunos de los feriantes que hacían su agosto en nuestra feria aficionados al naipe, salían del pueblo sólo con lo puesto.
Adiós a aquella feria donde nuestro pueblo rebosaba de emigrantes torrecampeños que volvían para disfrutar de las fiestas junto con la familia. Aquella feria se acabó, ahora, apenas se oye el primer cohete hileras de autocares todos con rumbo a la playa dejan al pueblo casi despoblado. Lástima de nuestra feria, de aquella feria.
 En fin, sé que la palabra recuerdo es muy repetitiva en mi, pero qué le voy hacer si aún recuerdo mis recuerdos, y cómo no, recuerdo los buenos recuerdos de aquella feria.