domingo, 30 de enero de 2011

LAS FUENTES DE NUESTRO PUEBLO



               
                                                         Antiguo Pilar de la Puerta Jaén


         Es ahora muy sencillo abrir un grifo y al instante disfrutar de un hermoso caudal de agua; lo hacemos a diario muchas veces sin llegar a valorar en ningún momento este don tan preciado puesto a nuestra disposición en nuestros hogares.
Hoy quiero recordar de cómo en nuestro pueblo la gente se las arreglaba antes de la instalación del agua corriente.
En primer lugar quiero empezar por recordar la cantadera, lugar siempre situado bajo el tiro de escaleras de cada casa, donde a la frescura y al abrigo de la oscuridad reposaban los cántaros de cerámica que descansaban incrustados en cada uno de los círculos del armazón de madera de la cantarera, y no cantadera como nosotros la denominamos.
Dicen que algunos cantaores torrecampeños ensayaban sus gargantas en este recinto, y que de ahí puede que provenga esta nuestra manera de definir a este pequeño habitáculo.
Con los cántaros referidos se iba hasta la fuente más cercana a abastecerse; casi siempre este trabajo estaba destinado a la mujer, así que era muy común ver a las mujeres acarrear el agua cargando el cántaro en su cintura escondido entre sus curvas. Algunas se atrevían a llevar también un botijo o un cubo de cinc en la mano libre que no abrazaba el cántaro. Los chiquillos en cuanto podíamos lo hacíamos cargándonoslo en las espaldas sostenido por una de sus asas.
Allí, en el entorno de cada una de las fuentes mientras se esperaba turno las mujeres se ponían al corriente de todos los acontecimientos y chismes del pueblo. Era el wasap de aquella época.
En nuestro pueblo había tres fuentes con varios caños y abrevadero para las caballerías. Cito en primer lugar la fuente de La Puerta Jaén, la que por estar situada en una de las principales salidas al campo en ella abrevaban las bestias saciando su sed antes de partir al tajo y también a su regreso. Recuerdo la gran cantidad de sanguijuelas que anidaban en el pilón y de cómo sus dueños se las quitaban a las caballerías abriéndoles la boca ya que se les adhería en la lengua. 
Otra fuente de renombre era la de la Fuente Nueva. En esta también existía abrevadero, como también colindante a la misma estaba el lavadero público. Pero la principal fuente por excelencia, la más popular, era  la que se le conocía por Los Caños, o la de la Esquina Redonda, ubicada donde  estaba la parada de taxis. También tenía abrevadero para el ganado. En esta fuente había que hacer largas colas para abastecerse, y ni que decir tiene si delante de ti le tocaba llenar los cántaros a alguno de los horneros, ya que estos iban siempre con un carro de tracción manual con al menos una docena de cántaros. Los alrededores de esta fuente estaban llenos de cascotes por las roturas accidentadas de muchas vasijas.
El término  fuente, era sustituido en nuestro pueblo en muchos casos por el de pilar y  daba a entender que estaban dotadas de varios caños como las tres que he descrito que eran las más importantes. A las de un solo caño se las llamaba cañillo. Uno de estos cañillos  estaba en la esquina de la calle Juanito Valderrama con la de San Francisco. Puede que hubiese alguno más como este último en otro barrio y que yo no recuerde.
Otra manera de proveerse de agua era de los pozos que había en muchas de las casas; sobre todo en las casas antiguas. Recuerdo que en muchas de ellas el pozo era compartido con los de la edificación lindante, ya que estaba situado en mitad de la pared del muro divisorio del patio entre ambas propiedades. Estos pozos en la época del verano eran los que mantenían el ponche de melocotón fresquito para la feria, como también el vino y algunas que otras frutas como la sandia y el melón.  
La instalación del agua corriente en nuestro pueblo fue una revolución. La profesión de fontanero surgió como algo nuevo y novedoso que significaba modernidad y prosperidad. Creo que este gremio reemplazó a los antiguos hojalateros. El fontanero del Ayuntamiento no daba abasto el hombre a tanta demanda queriendo todo el pueblo a la vez tener el agua en sus casas. Hubo calles como en la que yo vivía que se unieron todos los vecinos e hicieron las zanjas de instalación por su cuenta para así evitar la demora.
Alguien se preguntará cómo nos las arreglábamos para ducharnos antes de la instalación del agua corriente. Lo más común era echar mano de la regadera o de un bidón en el tejado en sitio soleado con la manguera colgando hasta el inodoro de granito de aquellos sin asiento, donde al menor descuido el jabón resbalaba y caía siempre pues eso, en el sitio que tú estás pensando. 
Dichos populares por aquél entonces como ¡Trepa el bidón! y ¡Enchufa la goma!, eran coreados a modo de saludo socarrón, por la gente joven, y menos joven, cuando se encontraban por la calle. Tiempos aquellos.  

martes, 25 de enero de 2011

VELADA LITERARIA






                                                       Muralla Ciclópea en el Cerro de Santa Ana
                                    
            Hace unos años, estando en nuestro pueblo fui invitado a una velada literaria en el Cerro.
          Esto fue lo que yo viví aquella noche de verano.

         Prado llano en la montaña mágica en la noche. Por entre los recovecos de las piedras arrugadas y desgastadas de la muralla ciclópea reposan cirios que dan luz como luciérnagas a poetas muertos. Hay fotos de ellos retorcidas en los repliegues de las rocas milenarias, como retorcidas fueron las vidas de muchos de los mismos.

         Como en un aquelarre pero sin fuego ni meigas, voces espontáneas prestan su voz a esos poetas muertos, rememorando poemas de amor, de muerte y de libertad. Sobra en la noche mágica la palabra guerra, de aquella guerra ¡Que no la nombren! Preguntar a la muralla cuantas guerras ha vivido y no os hablará de ninguna. Ni tampoco os hablará de destierros, ni de vencedores ni de vencidos. Abrir pues la muralla al corazón del amigo, al mirto y la hierbabuena, como dice el cantar.

         Prado de Santa Ana en la noche. La luna, totalmente encendida, quiere participar pintando de amarillo pálido de muerto el olivar y los pinos que se divisan a lo lejos ¿Por qué de muerto, sí los poetas están vivos? ¿No oyes sus voces? ¡Están hablando todos ellos!

         Pero antes de que los poetas hablaran han callado los grillos, al tiempo que el viento mejor acunaba que mecía, música que trasladaba a los reunidos a épocas pasadas, y les hacían redescubrir emociones ya vividas. Dulce armonía de violines, clarinetes y guitarras en la noche de luna llena, allí, en el Llano de Santa Ana, junto a la muralla ciclópea.

         Y aquél puñado de almas allí reunidas, prestaron su voz, y hablaron los poetas. Uno por uno, todos los líricos invocados fueron desfilando, y se escucharon en silencio poemas, que luego mansamente eran arrastrados por el viento cayendo en cascada por la pendiente montaña abajo como queriendo llegar antes de morir hasta el pueblo, porque pueblo fueron alguna vez.
         Cuando habló la voz prestada de García Lorca un jirón negro de una nubecilla casi anoréxica vistió de luto a la luna. 
         Prado llano, en la montaña mágica en la noche. Llano de Santa Ana.
 
Prado mortal de lunas y sangre bajo tierra. Prado de sangre vieja (Lorca)


domingo, 9 de enero de 2011

OLORES Y RECUERDOS DE AQUELLAS TIENDAS ENTRAÑABLES

                                                 Antiguo mercado de abastos en la Plaza del Llanete
                   
                                       
         En mi pasear diario por esta mi ciudad adoptiva, he reparado en la cantidad de establecimientos cerrados que la crisis ha fabricado. El cartel de: cerrado, se traspasa, liquidación por cierre, o se alquila, son el epitafio de un sinfín de sueños y esperanzas rotos.  -Arturo Pérez Reverte, decía en un artículo que eran como la lista de bajas de una guerra-
Comercios abiertos algunos recientemente y que al poco han tenido que echar el cierre dejando abierta sólo la cuenta del préstamo en el banco. Todos estuvieron abiertos poco tiempo. La gran mayoría de ellos eran de venta de productos consumibles por una sociedad habituada al estado del malgastar y que ahora su bienestar reside en muchos casos en comprar exclusivamente aquello más necesario desechando lo banal y superfluo hasta mejores tiempos.      
Entre las telarañas de mis recuerdos vienen a mí las imágenes de aquellas tiendas de antaño de nuestro pueblo.
Cito para empezar aquellas tiendas diminutas de ultramarinos cálidas y personales que te trataban por tu nombre y no como en esos modernos y descomunales hangares de ahora, de pasillos   atestados de carros y gentes donde nadie se conoce ni se saluda, los conocidos como grandes superficies.
En nuestro pueblo existían muchas de aquellas entrañables tiendas con identidad propia donde había de todo y se olía a la turbia mezcolanza de aromas de los cientos de productos que albergaban. Las fragancias de todos ellos se expandían por el reducido perímetro de aquellas recoletas tiendas e incluso llegaba su olor hasta fuera de ellas. Tiendas adornadas con chorizos colgando a la altura del mostrador hermanados por salchichones, morcillas, piñas de plátanos y bacalaos entre otros dispuestos estos últimos para ser troceados al requerimiento del cliente por la guillotina o bacaladera, la cual siempre estaba junto al cerro de papel de estraza que servia para envolver y también para echar la cuenta el tendero.
El olor de las especias como el clavo, el azafrán, el pimentón, la canela, la pimienta, el orégano o los cominos entre otros, bañaban la tienda de sabores. Y qué decir del aroma del chocolate que vendían en tabletas y también por onzas. Y de aquél otro para tomar en taza que desmenuzaba en virutas antes de echarlo a la leche o al agua y que servido con picatostes crujientes fritos con aceite del nuestro estaba de muerte.
Sí, los olores no se olvidan, es más, te retrotraen y te devuelven sin querer recuerdos y escenas de tu vida que tenias olvidadas cubierto todo de papel ya amarillento y difuso por el tiempo.
Ya no quedan tiendas de aquellas de ultramarinos que describo donde en un ala del comercio reposaban arremangados sacos con azúcar de terrón, también de habichuelas, lentejas o garbanzos, con el cucharón metálico dispuesto para llevar su contenido hasta la báscula que en casi todos los establecimientos era de la marca: Mobba. En muchas de estas tiendas existía en el mostrador un dosificador de aceite de manivela similar al de las antiguas gasolineras pero de reducido tamaño que albergaba dos émbolos en sendos cilindros de cristal. Cuando le daban a la manivela vaciaba el contenido de uno de los cilindros en la botella que siempre traía el cliente al mismo tiempo que se llenaba el otro dispuesto para el siguiente. Asimismo en las puertas de acceso de algunos de estos establecimientos reposaban reclinadas en la pared cajas de arenques, de higos secos, o también de tomates; de aquellos tomates olorosos nada como los  transgénicos de hoy huérfanos de sol de los invernaderos  con el marchamo esculpido en un laboratorio.
Estoy seguro de que estos comercios de ultramarinos entraron en decadencia cuando el papel higiénico hizo su aparición. No recuerdo que vendieran en mis tiempos en estos establecimientos ningún producto de celulosa. Los rollos de la marca El Elefante, aquellos de textura áspera y granulosa a veces con imperfecciones traslúcidas, ¡que peligro!, suplieron entonces a los recortes de periódicos que se colgaban de un gancho en los escusados y que servían para higienizar los bajos sombríos de cada cual, pintando a veces de marrón sin querer, -otras queriendo-, los rostros de personajes de la época.  
Recuerdo también algún que otro comercio de textiles con sus estanterías a rebosar de paños de infinidad de colores que de alguna manera insonorizaban el recinto. Algunos empleados demostraban una habilidad extrema en cortar aquellas telas ya que lo hacían con una precisión impecable y rectilínea. El ruido de la tela al rasgar por las tijeras era como el apretón de manos en cualquier trato de los de entonces, dando por hecho el tendero que el cliente no se podía echar atrás. Aquellas tiendas de tejidos olían al aroma cálido de ropa recién planchada. Tiendas como la de Simón, la de Manolo Damas, la de Guirao o la de Carazo, eran tiendas de renombre. Estas tiendas de tejidos desaparecieron cuando en otras empezaron a vender trajes y vestidos confeccionados.    
Recuerdo aquella otra tienda de colonias donde algunos perfumes los vendían a granel. Aquí te bañabas gratis con su aroma nada más entrar empapando la ropa que llevaras puesta con su recia fragancia. De empleado en la misma estaba Antonio Garrido, aquél hombre tan afectuoso hoy desaparecido.
Otro establecimiento muy entrañable para mí era la tienda de Tomás Albacete, me llamaba la atención lo ordenado sin ordenador que lo tenía todo entre aquella selva de cajitas de cartón con la huella impresa por su uso que contenían: clavos, puntas, alcayatas o tornillos.  Los tintes Iberia se vendían aquí también además de otros complementos para el hogar y la cocina. Quiero recordar entre las virutas de mis recuerdos el olor a trementina de aquella añorada tienda. 
 Ahora, todo lo de aquellas tiendas están en un supermercado, pero nunca estarán aquellos olores, ni el consejo del tendero: llévatelo, el de hoy es inmejorable. Esto último me recuerda al gran maestro de aquél antiguo marketing, y que ya quisieran usar para sí muchos de los técnicos de ventas de hoy. Me estoy refiriendo al que de forma cariñosa se le conoce en nuestro pueblo como: Manolo “El Bilbao”.
Sirvan estas líneas como homenaje a todos aquellos comercios y comerciantes.

sábado, 8 de enero de 2011

AQUELLOS ABNEGADOS HOMBRES

                                                               Año 1917. Vendimiadores de Arganda




Dedicado a todos aquellos sacrificados y abnegados hombres del campo de nuestro pueblo, trabajadores como el personaje que describo.


        Tuvo que llamarme la atención porque no le vi, y aunque lo hubiese visto no lo hubiera reconocido, pero él a mi sí. Yo entré en el bar donde acostumbro a tomar café y como siempre me dirigí al fondo de la barra; es esta una costumbre o manía mía adquirida desde que suelo frecuentar éste establecimiento, -a veces pienso de manera egoísta que me tienen reservado el hueco-. Como digo, cuando me llamó la atención dirigiéndose a mí por mi nombre me quedé fijamente mirándolo pero viendo mi aturdimiento se identificó:
         - Soy Gervasio -me dijo.
         -¿Gervasio? -exclamé extrañado.
       -Sí hombre ¿Acaso no te acuerdas de mí? Fuimos juntos a vendimiar hace muchos años.
         Ahora sí supe quien era. Lo miré de arriba abajo tratando con ello de disculparme por no haberlo reconocido desde el principio.
         -¿Tú eres Gervasio... ¿Gervasio el de Cuenca? -le dije el nombre de su pueblo, al que por discreción no quiero hacer referencia.
         -El mismo –exclamó.
     Acto seguido abrió sus brazos y me rodeó dándome un abrazo con golpes cariñosos en mi espalda. Yo hice lo propio. 
La verdad es que después de más de cuarenta años me alegré de verle. Me dijo que raro era el año que no asistía a las fiestas de Arganda y que lamentaba no haberme visto antes. Y allí estuvimos charlando en la barra en una de las mañanas de encierros taurinos de festejos argandeños mientras degustábamos una de callos y no se cuantos vinos de la tierra; así, hasta que los efectos del rico vino argandeño cuya personalidad y empaque en cuanto pierdes la cuenta de los que llevas bebidos te “amorcilla”, y más cuando percibes como lentamente empieza a hacerte efecto invadiéndote una alegría desmesurada teniendo la sensación casi como si levitaras. Es entonces como ésta vez hice, cuando hay que batirse en retirada y no esperar hasta llegar a percibir las voces de la concurrencia distorsionadas puesto que ya seria demasiado tarde. Llegado a este punto y antes de entrar en ese trance siempre hago caso y sigo los consejos que un día me dio un experimentado bebedor: ahuecar el ala. También me dijo que si los amantes del vino y del amor van al infierno, en el paraíso debe haber poca gente  sobre todo gente de Arganda por culpa de su rico y excelente vino.
Pasada más de una hora ya más que restaurados me despedí de Gervasio no sin antes haberle preguntado por Liborio y Melitón, contestándome que habían muerto. Lástima me dije.
Una vez en mi casa quise recordar a estos personajes según Gervasio desaparecidos, y puse a trabajar en blanco y negro la máquina de mi memoria. Fue hace aproximadamente cuarenta y tres años...
Recuerdo que estaba aún sin hacer la mili y más tieso que la mojama, es decir sin un duro en el bolsillo. Era época de vendimia; creo que fue para la Virgen del Pilar cuando aproveché dos días de asueto en mi trabajo para ir a vendimiar y ganar unas perrillas empujado también por la curiosidad de saber de éste trabajo. Fue cuando conocí a los referidos: Gervasio, Liborio y Melitón. ¡Vaya cuarteto de nombres, incluido el mío!
El punto de partida hacia el tajo fue en la Fuente Nueva –aquí también existe un barrio con éste nombre- en una mañana fría de otoño, puesto que íbamos con ropa de abrigo. Fuimos al tajo subidos en el remolque de un tractor (el futuro más que presente) detrás partieron también dos carros tirados por caballerías (el pasado)
Atrás quedó el pueblo que ahora parecía desde lejos despertarse bajo una casi desdibujada y difusa niebla azul sintiendo todos subidos en aquél remolque como el relente nos calaba hasta los huesos mientras que la escarcha mañanera mojaba nuestras caras. Luego, cuando llegamos al tajo el sol afortunadamente ya empezaba a  pintar de amarillo las hojas más altas de las pámpanas  de las cepas mientras que el canto de alguna perdiz se oía a lo lejos.
El encargado me agregó de compañero a Gervasio, mientras que Liborio y Melitón, ya formaban pareja desde que comenzó la vendimia.
Melitón era un hombre de mediana edad, no muy alto con barba de al menos quince días. Lucia una boina capada con rodales de mugre relucientes y algún que otro agujero. El pantalón asimismo era casi del mismo perfil que la boina y puedo presumir que una vez quitado se hubiera podido mantener en vertical por la mucha suciedad acumulada. No hago mención a sus otras prendas de vestir, pero estaban en consonancia con el resto. Calzaba unas albarcas de goma con peales por donde asomaban las uñas negras de los dedos gordos de sus pies que al ras del suelo podían confundirse con el caparazón de cualquier hermoso mejillón. No exagero. Asimismo despedía una fragancia que invitaba al vómito.
Liborio en cambio era un hombre casi de la misma edad que el anterior, alto y enjuto, que en nada se parecía a Melitón, ya que su indumentaria era normal y no existía en él a simple vista nada que se le pudiera reprochar. En cuanto a Gervasio era de mi misma edad. Antes de iniciar la faena Liborio ya me lo advirtió.
         -Es muy guarro mire usted. Yo voy de pareja con él porque cualquiera no podría. Vive en nuestro pueblo con su mujer en una cueva.
         -¿En una cueva?
         -Sí señor, pero no es una cueva como la que usted se puede imaginar. No señor. Dentro de ella se está muy bien, en el verano muy fresquito y en el invierno no se siente el frío. Tiene hasta habitaciones y por dentro es como una casa cualquiera, pero eso no quita para que no se lave. A continuación le increpó.
         -Melitón, ¿Cuándo fue la última vez que te lavaste?
         Melitón no tardó en contestar.
         -No me acuerdo... Esa es la verdad. -ahora se dirigió a mí tratando con ello de cambiar de tema mientras sus compañeros reían su ocurrencia.
         -¡Tú!  ¡Hermoso! -apelativo cariñoso conquense- ¿Has estado alguna vez vendimiando?
         -No señor. Esta es la primera vez.-le respondí.
         -Entonces apréndete esto -me dijo, mientras su rostro dibujaba una sonrisa. -los racimos son muy tunantes y cuando presienten el filo de la navaja se esconden entre las hojas para que no lo veas. Por eso debes de llamarlos igual que yo lo hago, en voz baja y con cariño. Cada racimo que te dejes en la cepa olvidado es como medio litro de vino que nadie se beberá y eso no está bien. No señor.  ¡Con lo rico que está!
      La voz del encargado se oyó dando orden de comenzar la faena, y entonces vi como cortaba racimos aquél hombre. Encorvado él, haciendo con su cuerpo casi la misma figura que la navaja que portaba, Melitón, parecía como si efectivamente llamara como él decía a los racimos y estos le obedecieran, pues era como si sus manos tuviesen imán para atraerlos. Cortaba y cortaba racimos con una agilidad tremenda y los depositaba en el canasto con mucha delicadeza hasta tal punto que me reprimió diciéndome que dejara caer los racimos en la canasta con la suavidad que lo hacia él. Me dijo que lo hiciese como si los racimos fuesen de cristal. Pasados unos minutos ellos ya tenían llena una canasta cuando la nuestra no iba ni media. Liborio nos dijo que fuésemos nosotros los que las lleváramos al tractor, cosa que así hicimos hasta el final.
Íbamos y veníamos llevando al remolque y a los carros unas tras otras canastas y más canastas de uva tinta, de racimos apretados, cortados de cepas argandeñas, viejas ellas, pero vigorosas, retorcidas y llenas de cicatrices que disimulaban sus añejas heridas con la tupida red de sarmientos color rojizo que las guarecían, mientras que sus hojas antes de morir por el ciclo otoñal habían cambiado de tonalidad vistiendo al paisaje de colores verdes, ocres, amarillos y púrpura como el vino que saldría de aquellas uvas. Así hasta que llegado el mediodía que se hizo un alto para reponer fuerzas y las botas de vino empezaron a correr de mano en mano; de manos llenas de arañazos, pegajosas por el mosto de de las uvas, mientras que al mismo tiempo que se llenaba el estómago con alguna chacina y pan, tratabas de ahuyentar a las moscas a manotazos. Yo contemplaba a Melitón que comía a dos carrillos con la boca abierta mientras masticaba; cada vez que bebía en la bota hacia un paréntesis al proceso de masticación para soltar un eructo que de inmediato Liborio no tardaba en reprimirle lo mismo que cuando descargaba algunas de sus sonoras, repetitivas y fétidas flatulencias mientras vendimiaba.
         -Mañana lloverá. Las moscas están muy pesadas y el sol pica mucho. ¡Malditas moscas! –dijo Melitón.
         -Es mejor tener moscas que no tener algo peor a tu lado, que por respeto a que estamos comiendo no quiero añadir más -replicó Gervasio riendo.
         -Sí, es mucho mejor tener moscas -agregó Liborio.
        Yo quise ahondar en el tema y me explicaron que días atrás, antes de la comida, Melitón en un descuido aprovechó para hacer sus necesidades a un metro del rodal donde se iba a comer para tener así a las moscas entretenidas y que no molestasen. Ahora me explicaba yo el por qué el resto de la cuadrilla le daba de lado a este hombre apartándose de él  comiendo lejos de donde lo hacíamos nosotros.
A medida que caía la tarde el cansancio iba haciendo mella en muchos de nosotros menos en Melitón, que no daba muestra de desfallecimiento, pues seguía con la cintura doblada y demostrando la misma energía cortando racimos que al principio. Sólo se erguía un poco cuando después de apurada una cepa iba a buscar otra, y a veces cuando a intervalos encendía un cigarrillo con un mechero de yesca de aquellos de ruedecilla dentada y se le veía entonces envuelto casi de inmediato por volutas de humo azuladas; después, dejaba el cigarro adherido a la comisura de sus labios y esto le producía tos, pero el pitillo cuando esto sucedía seguía pegado como una lapa a él, así, hasta cuando sentía el calor de su lumbre.
Cansados por la ardua tarea regresamos al pueblo cuando la tarde agonizaba y el sol se ocultaba en el horizonte entre nubarrones grises encendidos de rojo por el fuego del crepúsculo. Luego, al caer la noche aquellos nómadas vendimiadores venidos de provincias y pueblos cercanos se mezclaban en las tabernas con los lugareños saboreando el rico vino argandeño viéndoseles a todos alegres y parlanchines.
En mi deambular nocturno me encontré con mis compañeros de vendimia y casi me arrastraron a acompañarles siendo Melitón el centro de todas las miradas en las tabernas y tascas a las que visitamos por su aspecto andrajoso e indecoroso, pero cuando se calentó un poco, le salió a flote ese poeta que todos dicen  llevamos dentro y con el vaso de vino en la mano dijo:
         -El que bebe se emborracha/ el que se emborracha duerme/ el que duerme no peca/ el que no peca va al cielo/ y puesto que al cielo vamos... ¡Bebamos!
         Y acto seguido extendió su mano con el vaso hacia el nuestro y brindamos. Yo le hice que me repitiera el brindis ya que me gustó. Y no sólo ése sino que se atrevió con algo más.
         -Un gato subió a una parra/ y la parra abajo vino/ y vino sobre nosotros/ y sobre nosotros... ¡Vino!
          Cuando me despedí de ellos, Melitón miró al cielo y luego dirigiéndose a mi dijo.
         -¡Hermoso! Mañana no iremos a vendimiar, así que esta noche duerme a pierna suelta.   
         -¿Va a llover? -le pregunté.
         -Tú lo has dicho hijo, y eso no será bueno para la uva ya que pierde grados. ¡Que le vamos hacer! Dios es el que manda.
        Esa seria la última vez que vi a Melitón y a Liborio. Melitón, brujo labriego no se equivocó ya que de madrugada en el silencio de la noche el agua que repiqueteaba contra los cristales de la ventana de mi habitación me despertó y repasé en silencio todo lo acontecido aquél día de vendimia mientras intentaba dormirme nuevamente.
Hoy también he querido recordar aquél día de vendimia, y en especial a Melitón, al que con haberlo tratado un solo día le catalogué como un hombre abnegado paciente y laborioso, y sobre todo buena persona. ¿Cuántos como él habrán existido en mi pueblo?  Un hombre éste que le tocó vivir una etapa llena de penurias y de miserias y que sin habérselo preguntado sé que era feliz, muy feliz, y no tenía nada; tan solo presumía de aquella vieja y desgastada navaja con el extremo en forma de hoz con la que vendimiaba.
Hombres aquellos de antaño, rudos, curtidos por lluvias soles y vientos, aventadores de granos de mil amos, portadores de alforjas descosidas y vacías por las que se derramaban las promesas huecas de los falsos gobernantes de turno, y lamentablemente poco valorados por la sociedad que les tocó vivir. Melitón fue uno de ellos.  Lástima que este odiara tanto lavarse. Nadie es perfecto.


viernes, 7 de enero de 2011

YO HABLO TORRECAMPEÑO


        
         Yo hablo torrecampeño y me siento muy orgulloso. 

         A pesar de los años transcurridos, siempre que he podido me he escapado a mi pueblo, porque no he querido perder el contacto con sus gentes que son las mías, sus costumbres que son las mías, y su acento que ése si que es mío y de todos, y no sólo por el tono o caída sonora y alargada en el pronunciamiento. Es que además de su seseo, ése que nos hace tan característicos  y nos sirve de bandera para identificarnos en cualquier lugar, existen una cantidad de palabras añejas, legado de nuestros antepasados y que tristemente están desapareciendo por el poco uso que se les da, en la creencia de que al hablar utilizando esos haces de palabras, es sinónimo de incultura.
         Tremendo error. Observo que se utilizan muy poco, y lo peor es que hasta nuestro seseo se está perdiendo, por mucho que se empeñe José Alcántara.
         Ése modo de hablar, es nuestro, y lo debemos utilizar ahí en Torredelcampo. Por eso cuando me entero que ha salido gente en su defensa, me uno a ellos desde aquí desde este mi Madrid, mi atalaya, desde donde siempre he querido contemplar a mi pueblo como cuando me fui, en su lengua y sus usos.
         A quien corresponda hago un llamamiento para que no se olvide algo que pertenece a nuestro pasado. Creo que olvidándolo llegaríamos a encontrar el cuchillo sin hoja al que le faltaba el mango. Es decir nada. Lo peor que le puede ocurrir a un pueblo es olvidarse de su historia.
         Yo sigo yendo a mi pueblo, y he inculcado a mis hijas desde pequeñas el cariño que siento por ese trozo de nuestra Andalucía, y si me dejan también haré lo mismo con mis nietos.

De cómo nació nuestra manera de hablar.

Hase ya muchos los años, cuando en el pueblo era poca la gente, en una comitrona en el serro, con Miguelico de frente, nasió el habla torrecampeña sin académicos presentes.
Aderesaron el diccionario, e hisieron un carnerete, poniendo palabras nuevas, muy ricas y muy nutrientes, también le pusieron música, hoy, nuestro asento, rabo o deje.
Al soplar a la comida, porque estaba mu caliente, saltó la “z” y la “c”
pero se quedó la “s”.
Quedaron que a partir de entonses, se hablaría con la ese, sin perder aquello del rabo, que fue el mejor ingrediente, dicho por las cosineras, presentes, y aún las ausentes.
Porque, que más daba hablar con la “ze” o con la “ese”, si luego la comitrona
se convertiría en heses.


jueves, 6 de enero de 2011

EL TREN


        

 De pequeño yo solía subir con mis amigos al cerro. Muchas veces lo hacíamos  en las tardes calurosas de verano cuando el silencio de la siesta era alterado por la voz de aquellos que siendo de mi edad pregonaban su desgracia vendiendo “polos” o “tostaos”. Entonces nos encaminábamos por las huertas hasta la montaña a escondidas de nuestras madres. Ya en lo alto, después de asomarnos a la cueva entre las piedras que protegían su entrada nos sentábamos mirando al pueblo que se extendía al fondo, y con la mirada puesta en el horizonte relatábamos una y otra vez aquella vieja historia de que la cueva se comunicaba con la plaza del pueblo.
Desde allí se podía ver también el tren atravesar el valle con su penacho de humo alargado desde que asomaba más allá de Los  Hornillos hasta perderse por el puente de hierro de Los Arroyuelos una vez  pasado por la estación y el túnel. Los trenes que a esa hora circulaban eran en su mayoría mercancías. El mixto, el balastro, y el correo, así se les conocían, a los diferentes trenes que a diario pasaban por nuestro pueblo. El mixto transportaba el pescado entre otras cosas, el balastro, mercancías, y el correo a pasajeros. A ninguno de nosotros nos gustaba el tren. Aquella máquina era la que se llevaba muy lejos a tantos padres buscando una forma de vida mejor, y a muchos de nuestros amigos que ya no volvían.   
A pesar de todo muchas mañanas cuando no tenia escuela me gustaba ir a la estación a la hora que llegaba el tren correo. Las gentes que esperaban en la estación a esa hora lo hacían con alegría alborozo y la impaciencia propia de la pronta llegada del ser querido. Esa alegría e impaciencia se ponía más de manifiesto desde que el jefe de estación daba unos toques de campana anunciando la pronta llegada del tren. Algunos de los que esperaban no parecía importarle mucho todo ese ajetreo ya que estaban acostumbrados, entre ellos: el funcionario de correos encargado de recoger la correspondencia, también estaban los que se prestaban al transporte de equipajes y bultos desde la estación al pueblo a algún que otro viajante que se apeaba utilizando para ello un rudimentario patín de tres ruedas tirado de una cuerda. Recuerdo aún el ruido de las ruedas de estos patines al deslizarse desde la Esquina Redonda hasta la estación pendiente abajo y a su conductor conduciéndolo casi recostado a todo lo largo del mismo.
Cuando el mismo tren correo regresaba lo hacia a primeras horas de la tarde noche.  A mi no me gustaba ir porque la gente lloraba despidiéndose.  A esas horas yo desde la esquina de mi calle próxima al Camino de la Estación observaba el lento caminar de los que se marchaban del pueblo. Las maletas normalmente las hacían los carpinteros, así es que cuando veía una maleta nueva que se distinguía por el reluciente brillo del barniz  me decía que el drama estaba servido, pues otra familia era la que se marchaba.   
Aquél tren más conocido por el correo me llevó también a mí un día. Cuando monté en él pude apreciar que los asientos eran de skay, un lujo comparado con los antiguos asientos de listones barnizados.
Casi doce horas tardó aquél lento y largo convoy en llegar a Madrid que en cada estación y apeadero iba cogiendo viajeros. Noche de insomnio con los pasillos atestados de gentes apretujadas y sin calefacción. Ruidos de martillos en cada parada golpeando las ruedas para detectar por el sonido si alguna había aumentado de temperatura. Voces de los que vendían tortas en algunas estaciones como Alcázar de San Juan, mientras la gente dormitaba. Olor a humanidad y a zotal. Magrebíes, militares, expediciones de emigrantes rumbo a Europa y un sinfín más de viajeros.     Aquella serpiente interminable de vagones encabezada por una jadeante locomotora  llegó por fin a la estación de Atocha resoplando como pidiendo perdón con ello por su retraso  y se despojó al momento de toda aquella abigarrada  carga humana portadores todos de maletas de madera o cartón y paquetes amarrados con cuerdas, mezclándose aquella ingente muchedumbre con los mozos de equipaje y los carros de los ambulantes de correos mientras por megafonía no paraban de anunciar la llegada del tren denominado ómnibus, procedente de Andalucía, todo ello bajo aquella enorme bóveda, hoy jardín con plantas tropicales, y que sirviera en su día para rodar algunas escenas de la película Doctor Zhivago.






        

miércoles, 5 de enero de 2011

AÑORANZAS

          Yo nací en un pueblo de Andalucía, blanco de cal y de verde campiña, en los meses en que las siembras aún no encañadas se mecían y se despeinaban al compás de la brisa de la sierra próxima. Yo nací en un pueblo atravesado por un arroyo que nacía en las montañas; de aguas claras y cristalinas, con hierbas aromáticas en sus riberas donde pululaban y aleteaban pajarillos saltando entre los juncos, juncia y  zarzas que lo jalonaban, para luego perderse entre  valles y colinas cuajadas de olivos y  siembras. Yo nací en un pueblo guarecido en forma de herradura por montes tamizados de tomillo, espliego, madreselvas, retamas, encinas y bosquecillos de quejigos y otras plantas autóctonas.

         Sí, yo nací y me crié en este precioso pueblo que describo y  que tiene nombre: es Torredelcampo, y  que como he dicho en alguna otra ocasión, un día hace ya muchos años cansado éste de dar aceite, dio mano de obra barata que emigraba a las grandes ciudades y pueblos periféricos de las mismas. Yo fui uno de aquellos que se fueron un día, llevándose tan buenos recuerdos. Este sentimiento lo he transmitido a mis hijas desde siempre; recuerdo una vez que una de ellas me dijo sentirse muy afortunada ya que ella tenía pueblo y otras niñas de clase no.

          Ahora, llegado el ocaso de mi vida laboral voy más asiduamente a él, y ya no veo aquellas aguas limpias del arroyo que sonaban al chocar contra las piedras y que daba vida a las huertas. Tan solo un hilillo desmayado y serpenteante acaricia el cemento en todo su recorrido por el pueblo. No veo el verde de aquella campiña porque el olivar la ha devorado, ni oigo la bella sinfonía que producía el arrullar de las tórtolas, mezcladas con el canto del cuco y otros pajarillos dentro del inmenso bosque de olivos; es seguro que habrán sucumbido o emigrado a otros lugares donde se puedan encontrar a salvo de tantos productos fitosanitarios. Ha cambiado el paisaje, el entorno y hasta los olores pues ya no huele a pan recién salido del horno ni a almazara. En definitiva he buscado a mi pueblo y no lo he encontrado, y yo me pregunto ¿Dónde estará aquél pueblo?

PIROPOS A SANTA ANA

                                    
A mi hija Ana Belén. Universitaria de Ciencias Ambientales (septiembre 2002)

QUIERO QUE VAYAS AL PUEBLO

Quiero que vayas y pises. Pises por donde yo he pisao.
Quiero que vayas y me digas, si es verdad lo que me han contao.
Que no se canta en las tabernas, y que está todo cambiao.
Pregunta por mis amigos a los que despedí llorando,
cuando el pueblo era chico y no cabíamos tantos,
por eso lo abandoné, siendo el campo tan ancho.

Nadie te conoce padre, nadie a los que he preguntado.
Ya he pisado sus calles, las mismas que me has hablado.
No hay claveles en los balcones, ni risas en el vecindario,
creo que te lo llevaste tú, y aún los andan buscando,
desde que  el pueblo era chico y  no cabíais tantos,
que no sé como te fuiste, siendo el campo tan ancho.

Quiero que vayas a la ermita por donde a mí me enseñaron,
que por las huertas hay un camino, donde oirás a los pájaros,
el agua por las acequias, y alguna rana cantando.
Las ramas de las higueras tendrás que irlas apartando,
y la brisa fresca de la huerta, te irá acompañando.
Porque quiero que tú pises. Pises, por donde yo he pisao.

Ya no hay ningún camino padre. Creo que se lo han llevado.
Tampoco he encontrado higueras, ni manzanos  ni granados,
ni tampoco he visto caer el agua sobre la alberca cantando,
y no he oído al ruiseñor, mientras la hembra está anidando.
Ahora todo son ruidos de máquinas, solares, zanjas y barro,
todo, porque el pueblo era chico, y lo están agrandando
que no sé como te fuiste, siendo el campo tan ancho.

Cuando llegues al Camino Viejo, pisa por donde yo he pisao,
las piedras oscuras y con brillo, que el caminar ha desgastao.
Pregunta si entre los trigos, crecen las amapolas por mayo,
y mientras lo vas haciendo, corta un tallo de mastranzos
que ese olor es de romeros, y a la Niña gusta tanto.
Y dime, si  Santa Ana está tan guapa, como el día que yo me fui,
un día, hace muchos años, cuando el pueblo era chico
y no cabíamos tantos.

Ya no puedo pisar padre las piedras que tú has pisado,
han puesto piedras nuevas, o las mismas las han cambiado.
Ya no canta el grillo entre los trigos, con la luz lo han asustado.
Pero Santa Ana padre, Ésa, no nos la han cambiado,
que hoy la he visto tan guapa, cuando a mi me ha susurrado,
que sufrió mucho aquel día , cuando la visitaste llorando.
Fué el día que tú te fuiste, y no fue porque el pueblo era chico,
fue  porque el pueblo era... de tan solo unos cuantos.

martes, 4 de enero de 2011

AMIGOS DE LA INFANCIA

                                    Año 1965 El autor de pié, el segundo de izuierda a derecha, con un grupo de amigos.



PEPE, EL   HIJO   DE   CARMELA
Uno de los que volvieron.

         Era de noche cuando le vi marcharse del pueblo a mi amigo Pepe. Lo hizo en un camión como vulgar mercancía, ni tan siquiera en el tren o en el autobús. No había para más. Él era mercadería joven que esperaba alguien lejos del pueblo comprar a mejor precio del que pagaban al alba en la plaza de aquí en aquél mercado excedente y siempre rebosante de jornaleros que iban a venderse, o mejor, alquilaban su desgracia a diario sin contratos ni papeles de por medio.
Mandaban otros tiempos; mandaban los que siempre mandan, aunque tristemente algunos no mandaban entonces ni en su hambre.
No sé si llovía o no esa noche, pero lo cierto es que algo húmedo nubló mi vista  cuando las luces de aquél camión conducido por un familiar suyo se perdieron en la noche confundiéndose entre el pobre brillo de las bombillas que colgaban oscilando en la calle; sus débiles destellos llegarían a multiplicarse estoy seguro en el agua del pilar de la Puerta Jaén  y provocarían un centelleo en el agua al compás del movimiento ondulante que produciría el chorro al caer en el abrevadero. Esas seguro, serian las últimas luces del pueblo que vio aquella noche mi amigo Pepe.   
Pasado el tiempo volvió harto de perder batallas más que de ganarlas, empapado de chirimiri y de beber “chiquitos” dejando allí entre sus buenos y malos recuerdos su “chapela” de “maqueto”. Me dijeron que su resabio indómito por tantas cornadas como la vida le dio lo demostró en los años aquellos de reuniones clandestinas en aquella otra tierra que no era la suya pegando y sujetando en los muros con nocturnidad escondido entre las sombras pasquines con la palabra libertad.
Cuando volvió lo hizo peinando canas y sin su acento torrecampeño, que estoy seguro de que sin querer se le cayó a la ría el día que llegó a Bilbao. Pero regresó a su tierra, la que se alegraría  el día que lo vio nacer  y que lloraría  cuando prematuramente se forjó hombre siendo niño  contemplándonos esta nuestra tierra, la suya y la mía, a él y a mí,  a los dos juntos, cuando jugábamos a ser mayores con nuestros juguetes que no eran otros que las herramientas. Éramos niños como salidos de la pluma de Dickens en aquellos años de leche en polvo y mandiles blancos almidonados mientras repartíamos la enseñanza de la escuela con la otra escuela en el aula infinita del campo aprendiendo a distinguir las avenas en el sembrado, y a trabajar padeciendo el picor de la parva y el frío aceitunero comprado en aquella plaza. Y más tarde para colmo nuestro Mathausen...  
Esto último me lo recordó un día cuando nos vimos en el pueblo,  cerca de donde una madrugada fuimos a buscar un jornal al tiempo que comparábamos ahora riendo nuestras prominentes y vergonzosas curvas abdominales. Le dije que aquello fue para mí la peor etapa de mi vida, y que siempre quise borrar  del disco duro de mi memoria, pero hoy he cambiado de opinión y quiero airear aquello porque a veces necesitamos y dicen que es bueno desahogar la oscuridad escondida que cada uno llevamos dentro; el sufrimiento, la desazón, la rabia contenida, las miserias y las tristezas pasadas.
Aquélla desdicha padecida  por ambos,  en aquél  execrable y maldito corralón,  donde tanto trabajamos en condiciones infrahumanas, sin horas, sin seguridad social, sin papeles, insuflando polvo de cemento que carcomía nuestros tiernos pulmones y que escupíamos mascullando improperios y maldiciones impropias a nuestra edad cuando nuestras manos sangraban por los pulpejos, lo mismo que sangraba el alma de nuestros padres cuando nos tenían  por este motivo hasta que partir el pan a la hora de comer porque éramos incapaces de hacerlo por las heridas.
Éramos niños y trabajábamos como hombres, pero soñar no costaba nada, y soñábamos abrazando la idea de un mundo mejor, departiendo y abrazando también a cuantas mujeres se atrevían a entrar en nuestros oasis de fantasías. Éramos como digo hombres siendo niños, los cuales fuimos condenados a no disfrutar de nuestra pubertad y adolescencia.
Hoy los medios de comunicación dan a veces la noticia de la explotación en el trabajo de los niños, y dicen que lo siguen haciendo en países muy alejados del nuestro. Pero esta nuestra historia no es muy lejana, y nos pasó a nosotros aquí, en nuestro pueblo. Por eso quiero hoy sacar a la luz sin vergüenza ni tapujos esa desgracia nuestra, que no sólo compartimos nosotros dos, sino tantos y tantos otros de nuestra edad, que aún vivirán muchos de ellos y pueden dar testimonio de lo que escribo.    Todo porque si el trabajo hubiese sido bueno, se hubiesen quedado con él los otros, aquellos a los que me he referido antes, los de siempre. Pero rehusaron de él, y nos lo dieron a nosotros.
Por eso me duele el alma cuando sale a la luz pública de que aún existen negreros como los de entonces. Más de doscientos millones de niños dicen que sufren hoy en día en el mundo la explotación en el trabajo. Niños a los que se les humillan, maltratan, alquilan y hasta los venden sin que nadie de los que mueven los hilos del poder y la riqueza mueva un músculo para reparar esta monstruosidad.
Después de lo narrado me siento más a gusto, y supongo que cuando este escrito llegue a sus manos dirá que me he quedado corto.
Habrá quién me pregunte, que quién es mi amigo Pepe. A quien lo haga le diré que es: José Mena Ángeles, pero para mí mi siempre será, Pepe, el hijo de Carmela.

      




           

LOS CASAMIENTOS

Novios
Año 1967. El autor Antero Villar Rosa, de paseo con su novia Ana, hoy su mujer.

         A menudo me veo obligado a pasar por la que yo llamo una fábrica de casamientos. Es un edificio colindante a una arteria donde el flujo de automóviles es constante, dado su proximidad con una autovia. El edificio en cuestión, llama la atención porque su fachada es de estilo isabelino e iluminada toda ella si es de noche, te invita a su contemplación aunque sólo sea fugazmente dado que debes estar atento a la conducción. Los días en que la llamada por mí fábrica de casamientos está en plena producción son los fines de semana, pues es cuando la gente aprovecha para casarse, pudiéndose calcular el número de celebraciones o banquetes a juzgar por la cantidad de vehículos que inunda su perímetro.
Han cambiado mucho los casamientos de hoy con los que se celebraban cuando yo era niño, naturalmente a mejor, pero los casamientos de entonces que yo viví en mi infancia quiero recordarlos ahora de forma que nadie pueda interpretarlo como una dulce añoranza del pasado sino como un recuerdo que está presente en todos los que los vivimos y que por ello creo estoy en la obligación de transmitir con el fin de que las futuras generaciones sepan de nuestras costumbres y rituales.
Paso a recordar...
Por aquellos tiempos cuando una pareja se “ponían novios”, al poco de declararse él a ella y para que se viera que la cosa iba en serio lo primero que tenía que hacer el novio era visitar a los padres de la novia y pedirle permiso para hablar con su hija en la puerta.
 -Anteriormente lo hacían a través de una ventana-, eso sí, pero con rejas. Luego pasado un tiempo y después de la visita del “conocer a la novia”, por parte de la familia del novio, éste, se veía abocado a solicitar permiso para poder entrar en la casa. Era el bautizo o la prueba de fuego ya que a partir de entonces la familia de ella reconocía que se iba con buenas intenciones.    
Los prolegómenos de cualquier boda de mi infancia comenzaban cuando la familia del novio iba a “pedir a la novia” (costumbre aún que creo que se mantiene viva), pero antes, entre la fecha de la puesta de novios y la pedida de la novia como mínimo habrían de pasar seis años o más.  La familia de la novia agasajaba a los presentes en ese acto con algunos dulces hechos en el horno además de vino y pocas cosas más. Antes de despedirse la familia del novio obsequiaba a la novia con el consabido oro y se fijaba el día de la boda, o cómo se decía en el pueblo, el día de la velación.
El día de la boda el novio se encaminaba a la casa de la novia acompañado por toda la familia de este. Luego, tanto la familia del novio como la de la novia marchaban juntas hasta la iglesia donde se oficiaba la ceremonia. Al término de la misma, las consabidas firmas en la sacristía y al final era cuando un empleado del juzgado entregaba el correspondiente Libro de Familia. No me voy a extender en otros detalles que aún siguen perdurando pero sí lo voy hacer en lo relativo al banquete y después de él.
Como es de suponer por aquellos tiempos no existía ningún salón de celebraciones ni nada que se le pareciese, por lo que se adecuaba la casa de un familiar bien del novio o de la novia para albergar a los invitados con el fin de tener un detalle con los asistentes. Así es que los pocos muebles habidos en la casa de la celebración como camas y alguna mesa se subían hasta la cámara dejando solo las sillas que había que aumentar en número pidiéndolas prestadas al vecindario marcadas eso sí, para luego en la mezcla de ellas saber a quién pertenecían. Una vez solucionado el tema de los asientos, estos se ponían en fila a todo lo largo de la pared, y en el centro de cada una de las estancias dos filas de espaldas unos y otros todo de acuerdo con el número de invitados al refresco.
Salidos de la iglesia, los novios andando y del bracete se dirigían a la casa donde se iba a celebrar el susodicho refresco. Durante el trayecto recibían las felicitaciones de todas las mujeres que se agolpaban para verlos en las esquinas con el consabido ¡Que sea para bien, y para siempre!  Esto del para siempre... 
En la puerta de la casa del convite, alguna mujer ya mayor los recibía rociándolos con algún puñado de trigo para que les trajera suerte y sus cosechas fueran fecundas.
El rasgueo de las guitarras y las bandurrias de Boris y su pequeño grupo sonaban entre los aplausos y vítores de los presentes.
Una vez tomado todo el mundo asiento, se repartían  en zafates  (bandejas), dulces hechos en el horno días antes basados en harina, aceite y huevo, tales como galletas y roscos. Los más pudientes ofrecían además algunos  dulces de la confitería y  alguna rodaja de embutido pero la mayoría no lo degustaba allí, sino que estos de forma disimulada lo guardaba para llevarlo a su casa pues siempre había algún chiquillo o abuelo esperándolo. El vino en porrones de cristal  se iba pasando de mano en mano, quedándose algunos extasiados contando los desconchones del techo ya que el chorrillo lo hacían en ocasiones demasiado fino con el fin de que durara para más vueltas. Para las mujeres y la chiquillería se repartía el resol, bebida que creo se elaboraba con azúcar y regaliz. Tampoco faltaban las gaseosas frescas que previamente si era verano habían estado reposando en el pozo de la casa o en alguno de la vecindad. 
Todo eso era lo que había, pero la alegría no faltaba, y   rebosaba esta cuando a los acordes del pasodoble que Boris y los suyos interpretaban como el “Manolo mío, Manolo de mis amores”, era cuando se arrinconaban las sillas del medio de la estancia, para que hubiese espacio suficiente con el fin de que alguna pareja espontánea se contonease siguiendo su ritmo.
Más tarde, la voz de alguien gritando ¡Ya está aquí Sebastián! interrumpia el baile.
El coche de color negro de Sebastián el taxista, aparcaba en la puerta sin dificultad, y sin maniobra alguna a la espera de llevar a la pareja a la capital a pasar su luna de miel, y también a hacerse en casa del retratista Linares Reina las consabidos fotos, pero antes, debía esperar a que los novios recogieran la roca de los invitados.  Alguien de las dos familias se encargaba de  tomar nota de todos  aquellos que habiendo sido invitados, por circunstancias no habían podido acompañarles. Era costumbre después del viaje de novios hacerles a éstos una visita tipo “recordatorio”.
Cuando el taxi se encaminaba hasta Jaén, salía en su persecución la chiquillería tratando de subirse unos metros en su pescante, siendo entonces cuando los guitarristas tocaban el último bolero o pasodoble.

         Así eran las bodas que yo viví en mi infancia.

                                                     

LA BARBERIA



De pequeño me daba pavor entrar a cortarme el pelo en la barbería en la que mi padre era cliente. Recuerdo la vieja máquina del cero con desconchones en el niquelado y sus cuchillas poco afiladas y oxidadas por lo que continuamente se atascaba; cuando esto ocurría sentía unos profundos y dolorosos tirones, ya que la máquina arrancaba más pelo que cortaba. En esas ocasiones yo trataba de hacerme el valiente, pero no podía evitar que algunos lagrimones se me escapasen formando arroyuelos en mis mejillas que bajaban lenta y mansamente atrapando en su recorrido algunos pelos al tiempo que yo me removía inquieto en la pequeña silla de anea colocada encima del sillón con pedestal de porcelana blanca acicalada de rodales negros por su descascarillado. 
Mientras esperaba que me tocase el turno me veía reflejado en un grande y viejo espejo con manchas por la caída de parte de su plateado -en navidades rotulaban con jabón en grandes caracteres el consabido: felices pascuas-, tan viejo era el espejo como la brocha para afeitar la cual mojaba el fígaro en un cubilete de metal antes de restregarla en una barra de jabón cilíndrica como un cirio revestida de papel fino de un plateado brillante.
También se veía reflejado en el espejo la pequeña repisa donde descansaban los útiles de trabajo, entre otros, varias navajas y el afilador de las mismas que era un mango de madera con dos correas tensas de cuero. Además, reposaban de adorno dos frascos de cristal transparente parecido a los escanciadores llenos de un líquido amarillo que aparentaba ser colonia pero que no era otra cosa que agua con pigmento de colorante condimentarío, posiblemente de la marca La Carmencita.
En invierno el agua para los afeitados la calentaba en un brasero de picón dentro de su vivienda que estaba al otro lado de una cortina que colgaba en un extremo de la sala. A veces cuando se hacía algún silencio solo se oía el ruido que producía la brocha poniendo en orden la espuma en la cara del cliente; era un ruido relajante, como el murmullo que se produce en la orilla de un pantano cuando el manso oleaje de un día de poco viento muere al chocar contra sus bordes. El olor que despedía el jabón de afeitar se mezclaba a veces con el olor a tabaco de cuarterón de algunos clientes que esperaban turno, aunque el mejor olor que conservo era el de Floyd.             
Casi siempre, a mitad de la faena, el barbero hacía un alto y se internaba tras la cortina; a continuación se oía el ruido inconfundible de una botella vertiendo su líquido por el gollete; era el vino que derramaba el maestro en su gaznate cuando a escondidas empinaba el codo. 
El gorgoteo de aquél artilugio metálico de cuello largo, con agujeros en el tapón que servia para mojar el pelo, anunciaba la terminación de la labor no sin antes haber restregado un poco de talco en el cogote.  
No había aún modas en cuanto al corte de pelo se refiere, así que lo único que yo pedía era que me indultara un poco de flequillo siempre anárquico y respingón, que trataba de alisar en determinados momentos con saliva.
Las barberías, sobre todo las de los pueblos como el nuestro eran lugares donde se hablaba de todas las novedades y acontecimientos que acaecían en el municipio, así, el barbero debía de ser discreto en las confidencias que hacían los parroquianos pues cualquier comentario desfavorable que hiciere sobre cualquier familia y fuese compartido por él, podría acarrearle algún disgusto y aligerarle la clientela. 
Aquella mi primera barbería que de principio odiaba, a medida que me iba haciendo mayor le fui tomando cariño, sobre todo cuando empecé a ir compartiendo tertulia con el barbero y con algunos parroquianos.
No existía en dicha barbería la clásica jaula del canario o el jilguero que en casi todas las peluquerías de caballeros cuelgan para amenizar con sus trinos la sala, pues lo suplantaba la música que producían las tijeras. Era tan relajante el cuchicheo armonioso de los instrumentos cortantes, que cuentan que más de un cliente quedó dormido en el sillón oyendo tan dulces y relajantes sonidos.
Los días que llovía la barbería se llenaba de las buenas y sufridas gentes del campo, que contaban y no acababan de todas las fatigas que pasaban trabajando soportando además las inclemencias del tiempo. Pero a mí, las tertulias que más me gustaban eran las de los cazadores que las adornaban dando toda clase de detalles, unas veces sobre la suerte de aquél conejo que se escondió en unas carrascas y que al perro le costó lo suyo sacarlo. Todas estas buenas conversaciones hacía que los que esperábamos turno nos deleitáramos con ellas pues los relatos eran muy pormenorizados con pinceladas sobre el tiempo y sus inclemencias, en verano de cómo disfrutaban de la fresca brisa mañanera y en otoño empapándose con las neblinas y las brumas, dibujando con las palabras los colores del paisaje, solo faltaba en sus relatos el sonido del revoloteo de la perdiz y el aroma del tomillo del monte sobrando en estos casos el de Varon Dandy que inundaba a veces la sala.
Barberos, peluqueros, o también hoy llamados estilistas. ¡Que más da como quieran llamarlos! Yo, si tuviese que elegir, me quedaría con aquella entrañable barbería: la de Manuel.