jueves, 14 de abril de 2011

AQUELLOS DOS VIEJOS OLMOS




Algunas de las grisáceas ramas de los olmos del arroyo que suelo visitar, hace semanas que han cambiado de color. Sus yemas abotonadas durante tiempo detonaron pintando parte de su ramaje con pinceladas verdes. Otras, parecen no obedecer al esplendor de la estación primaveral y permanecen desnudas como no queriendo salir del largo letargo invernal. Son ramas muertas, sin vida, que se mantienen en sus troncos lo mismo que si hubiesen sido desvastadas por el fuego. Observo como año tras año los olmos que salpican las márgenes del cauce  de este arroyo están muriendo lentamente por la enfermedad llamada grafiosis, sin que nadie haga algo por su defensa.
Sin embargo, existen en el mismo arroyo tres álamos centenarios mezclados con los olmos descritos situados en un lugar donde el agua se remansa. La sombra de estos en el verano son un fresco cobijo que invita al descanso y a la meditación, pero a ellos por ahora afortunadamente no parece afectarles la enfermedad de sus otros vecinos sobresaliendo sus vigorosas hojas verdes con su envés blanquecino de con las ramas secas y mustias ya descritas de los anteriormente narrados, los que fueron condenados a muerte por la enfermedad.
En nuestro pueblo existían dos olmos centenarios. El diámetro de sus troncos sobrepasaría el metro y medio, y su altura rondarían los treinta o más metros. Yo crecí junto a uno de ellos. Recuerdo su tronco con su áspera y rugosa corteza llena de hendiduras, y también con alguna que otra oquedad donde a veces en esos agujeros solía esconder cualquier cosa para jugar que conservaba como trofeo propio de mi edad. Aquél árbol seguramente fue plantado cuando nuestro pueblo no seria más que un villorrio, o puede que tal vez naciera y creciera sin la intervención de nadie.
Lo sentía aullar los días de invierno mientras sus largas y desnudas ramas agitadas por el fuerte viento se mecían a su capricho. Llegada la primavera, un rosal  oloroso de pitiminí que asomaba por una verja de un jardín próximo se dejaba acariciar abrazado a él. En el verano, al anochecer, cientos, miles, de gorriones, se refugiaban a pasar la noche originando mientras buscaban acomodo un cansino concierto. En ese tiempo de estío su sombra servia para el descanso de los caminantes venidos de pueblos cercanos que visitaban el nuestro. Allí descansaban mientras se descalzaban las zapatillas y se ajustaban otro calzado más decente para deambular por el pueblo. En el otoño, la estación de la nostalgia, recuerdo cómo el árbol poco a poco iba adquiriendo tonos pajizos y ocres, luego, lentamente iban cayendo sus hojas al suelo dibujando un amplio abanico de colores en la calle.         
 Lo que me duele recordar de él es de cómo mucha gente en los años de la posguerra en tiempo primaveral, y antes de vestirse el árbol de hojas iban a por ramas cargadas de semillas verdes. Era cuando el hambre apretaba y el “pan-patoos” –así se le llamaba- servia para entretener el infortunio y arrastrar con ello las telarañas de muchos estómagos castigados por la hambruna. ¡Que pena! 
Cuando he visitado otras ciudades he podido contemplar en algunas de ellas viejos árboles símbolos de generaciones pasadas; árboles que si pudiesen hablar dirían que han soportado guerras, sequías, diluvios, y hasta posiblemente más de una plaga, pero a pesar de eso los he visto vigorosos, seguro estoy por el cuidado esmerado que reciben.
Muchos de lo que esto lean se preguntarán donde estaban los árboles a los que me he referido. Lo diré: El que he descrito daba sombra unos metros más abajo de donde estaba antes Correos. Mientras crecí, siempre permaneció haciendo escolta al jardín de La Huerta los Toros. El otro, estaba metros más abajo, para más señas en la misma puerta del supermercado de Ciriaco.
Si no hubiesen cercenado estos dos olmos, pudiesen ser hoy emblemas torrecampeños, pero...
Allí podían seguir estando, y le podríamos recitar aquello que escribió Machado:          
Al olmo viejo, hendido por el rayo, y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo, algunas hojas verdes le han salido...

 Olmos de Machado.   ¡Que lástima de aquellos dos olmos de mi pueblo!




martes, 5 de abril de 2011

SOÑANDO EN EL CERRO


A mi sobrina Gloria. Una mujer diferente.


Quiero saber que sueñas,
porque sueños has de tener,
sueños siempre de niña
a pesar de ser  mujer.


         Era Viernes Santo cuando Nuestro Padre Jesús asomaba majestuoso por la esquina de la plaza a hombros de apretados y sudorosos costaleros para refugiarse otro año más en la iglesia. Su túnica de terciopelo morado se confundía con el color de los lirios que adornaban su trono, al tiempo  que entre los murmullos silenciosos de tantas almas presentes, resonaban de forma intermitente las trompetas y la música que interrumpían a veces su concierto para dar paso a que se oyeran esas saetas espontáneas que son rezo y oración nacidas desde balcones desde  mucho antes del alba rasgando el relente oloroso producido por el incienso, y otros olores como el de los nardos; saetas, mezcla  de seguiriyas y martinetes brotadas de prodigiosas gargantas torrecampeñas, empapando el ambiente con ese recogimiento  místico y piadoso de la Semana Santa.
Sergio, nuestro protagonista junto con sus amigos había acompañado a la procesión desde su salida del templo, y ahora, después de acabada esta, tenían dispuesto subir al cerro a reservar un sitio en el monte para cuando llegara la romería. Así lo tenían pensado desde hacia mucho tiempo, pues aunque faltaban muchas fechas para el primer domingo de mayo, el año anterior tuvieron problemas ya que se retrasaron y los mejores sitios cuando lo hicieron ya estaban señalizados con cuerdas, tablillas u otras marcas, lo que significaba que aquello era territorio vedado, por lo tanto este año el grupo de amigos formado por  Ángel, Francisco, Sonia y Ruth, lo programaron con tiempo sobrado para ir a buscar un buen lugar en el monte que estuviese bien situado, y sobre todo alejado del paso y trasiego de la gente.
Todos eran estudiantes de COU a excepción de Ruth que era universitaria. Sergio, a pesar de que su estado de ánimo estaba por los suelos rápidamente se contagió con la alegría de sus amigos haciendo planes para cuando llegase la Fiesta Santa Ana.
El coche de Ruth subió la cuesta hasta la ermita entre las risas y bromas de todos. Santa Ana y la Niña en su camerino  gozaban del silencio y de un sinfín de flores frescas puestas a sus pies. Las risas cesaron dentro del recinto para dar paso a las oraciones. Sergio imploró a Santa Ana que le ayudara y estuviese con él a la hora de su temida y por otro lado deseada operación quirúrgica. De reojo miraba a sus amigos y estaba convencido de que ellos también pedían por él. Y es que Sergio estaba en lista de espera para transplantarle un corazón nuevo, ya que sufría insuficiencia cardiaca causada por una arteriopatia coronaria.
 Ya, el exterior de la ermita, otra vez las risas y las bromas. Inmediatamente se trasladaron con el coche hasta La Erilla por donde cerca de allí buscarían un buen lugar dentro del monte.
Los amigos de Sergio se adentraron en el cerro sin percatarse de que éste no podía caminar a su ritmo, ya que por su enfermedad se cansaba hasta el punto que este optó por descansar y tomar fuerzas sentado y apoyado sobre el tronco de un olivo mientras que oía como las voces de sus amigos se perdían por entre la espesura del bosque. Mientras reposaba, vio como la extraña figura de una mujer se le acercaba. Era una mujer de aproximadamente la edad de su abuela, la cual, cuando estuvo a su altura, pudo comprobar que vestía una extraña indumentaria no acorde con la de los tiempos actuales. Aquella mujer se dirigió a él como si le conociera de toda la vida, hablándole en un tono ameno y reposado, pero lo que más sensación le causó fue la paz y el sosiego que emanaba de ella. Le habló de cómo era el monte antes, y cómo lo era ahora; de la diferencia entre las romerías de tiempos pasados y las actuales, y sobre todo le habló de la falta de amor entre las personas, que no se inmutaban ante tantas desigualdades sociales, como también de las calamidades por las que el mundo atravesaba.
En verdad aquella mujer de rostro surcado de arrugas que pareciera una inculta, se expresaba con palabras tan sumamente sabias y agradables, que en ningún momento quiso interrumpirla. Cuando pretendió hacerlo, ella le alertó que sus amigos lo estaban llamando, y sólo le dio tiempo a la extraña señora al despedirse a decirle que muy pronto volverían a verse. Efectivamente la voz de sus amigos ya junto a él, le volvió a la realidad. Se había quedado dormido. Todos rieron al comprobar como Sergio había caído en los brazos de Morfeo, y entre nuevas risas le despertaron del corto letargo observando todos ellos la extraña expresión de sus ojos al despertar, hecho este que aumentó más las carcajadas.
          Ruth le increpó riendo.
          -¡Jo, tío, te habías quedado frito!
 Al punto, caminaron nuevamente despacio para enseñarle a Sergio el sitio que ya antes habían señalado con cuerdas atadas a la vegetación rodeando una pequeña porción de terreno en un falso llano de la ladera del monte; terreno que le serviría como cuartel general, para celebrar la Fiesta Santa Ana. Otros amigos más se unirían con ellos el día de la romería.     
Pasados pocos días el teléfono sonó una madrugada en la casa de Sergio. Le avisaban de que en una hora todo lo más, debía estar en el hospital. Había llegado el día que todos anhelaban y temían.
Después de los primeros momentos de angustia, y de un viaje que le pareció interminable se encontró con todo el equipo médico que ya le esperaba. Y a continuación, el frío quirófano, con aquella potente luz en el techo y todo el personal médico envueltos todos ellos en batas verdes que iban y venían de un lado a otro de la estancia ultimando todo para comenzar la operación de inmediato, mientras que una tenue y relajante música envolvía la sala de operaciones. Uno de los cirujanos con la voz deformada por la mascarilla que le cubría el rostro le preguntó algo acerca de la romería de su pueblo, y mientras le contestaba iba describiendo el paraje de la ermita, y el lugar ya reservado por él y sus amigos en la montaña para celebrar la romería, mientras notaba como sus parpados le iban pesando más y más. Luego...
Luego sin saber cómo, se encontró allí en el cerro, en el mismo lugar donde viera a  aquella enigmática mujer que días atrás le había hablado en sueños, y como la primera vez que la vio se sintió aliviado cuando percibió aquella  paz y tranquilidad que de nuevo le invadió el primer día. No experimentaba ni tenia la sensación de estar durmiendo ahora, y si lo estaba no quería de ningún modo volver a la realidad, ya que era tal el grado de satisfacción y relajamiento que percibía que le parecía estar como flotando, y más cuando otra vez aquella mujer comenzó a hablarle con aquél tono tan dulce y cariñoso.
         Le dijo:
         -Ya te anuncié que volveríamos a vernos, y aquí estoy de nuevo para seguir hablándote del mundo. Te contaba antes de las calamidades que sufre, y de cómo tan sólo por hambre mueren más de cinco millones de niños al año, y más de ochocientos cincuenta millones de seres en el planeta pasan asimismo hambre y necesidades, mientras que la otra parte del mundo, la rica como esta en la que nos encontramos tú y yo, no hace nada o muy poco por remediarlo. Me entristecen muchas cosas como las que te he contado, y sobre todo la indiferencia de la gente.
         Hizo una pausa y luego prosiguió.
         - Dentro de unos días celebrareis la romería, vuestra fiesta, La Fiesta Santa Ana. Me alegra ver a la gente divertirse y pasarlo bien, sobre todo a grupos de amigos como sois los de vuestro grupo, pero me disgusta ver como la alegría mariana, y el fervor religioso quedan relegados en muchos casos para dar paso a todo a un desmesurado de derroche.
         A continuación agregó.
         -Cierra los ojos Sergio. -Éste así lo hizo. -Ahora ábrelos y contempla el paisaje. Así, conforme lo ves ahora, era el monte cuando yo vine a este lugar. Sergio no salía de su asombro, el cerro Miguelico era todo un bosque poblado  tupido de encinas centenarias, y quejigos, mientras que por entre la red espesa de matorrales formada por el tomillo, las zarzamoras, las hiedras y las madreselvas se veían correr animales como: tejones, jabalíes, conejos y otras especies. De igual modo le condujo hasta el arroyo cuyo murmullo de sus aguas limpias y caudalosas chocando contra las peñas ahogaban la bella sinfonía que sin duda producían las aves que aleteaban por sus alrededores.  
Sergio no daba crédito a lo que estaba viendo, y quería seguir en el estado en que se encontraba junto a aquella mujer que como la vez anterior no llegó él a formularle pregunta alguna hasta este momento cuando se atrevió a decirle...
         - Pero... ¿Quién es usted?
         Cuando le contestó esta vez su voz le pareció escucharla con un timbre muy distinto y que el conocía muy bien, mientras que ya no sentía aquella sensación de paz que le embriagaba hasta entonces. Volvió a preguntar.
         - ¿Quién es usted?
         Soy tu madre... ¡Soy tu madre Sergio... Gracias Dios mío!  ¿Es que no me conoces?
         La madre de Sergio estaba con él en la sala de la unidad de vigilancia intensiva del hospital apretando su mano y colmándole de besos, mientras disfrutaba de la sonrisa esta vez muy especial de Sergio que haciendo un esfuerzo dijo:
         -Gracias Madre mía... Gracias mamá.