martes, 25 de octubre de 2011

RECORDANDO UN DÍA DE TODOS LOS SANTOS


Voy a tratar de poner una vez más a prueba mi memoria recordando un Día de Todos los Santos en mi niñez, tal y como yo lo viví, porque...

...nada es como es, sino como lo recuerdas (Valle Inclán)

            El Día de Todos los Santos cuando yo era niño, era costumbre estrenar alguna prenda de invierno. Recuerdo una vez que estrené ropa y calzado, y cuando ello ocurría se solia visitar a los abuelos para que nos viesen. Estrenaba un jersey y unas botas de cuero hechas a mano por el zapatero, que como siempre a instancias de mis padres, me las hacía más grandes de lo normal para que me sirviesen para más años. En las punteras mi madre había puesto un poco de lana para corregir la holgura. Durante el trayecto a casa de mis abuelos, trataba al caminar de no manchar el color rojo de las botas con el barrizal propio de las calles recién regadas por la lluvia de la noche. Desde la Huerta Los Toros se divisaba la sierra. Los colores otoñales de la misma lentamente habían ido desapareciendo. Los rojos y pardos del zumaque, los ocres y amarillos de las viñas y demás árboles frutales, habían ido poco a poco apagándose para dar paso a los grises claros, presagio de que se avecinaba el invierno. Todos los años pasaba lo mismo pues las bellas y cálidas tonalidades serranas eran tomadas por el olivar para así dar color a sus frutos, y con ellos conseguir que las aceitunas se maquillasen con la aterciopelada mezcla del morado y bermellón, antes de pasar al negro de su recolección.      
         El día que de principio parecía amenazar lluvia estaba cambiando, y el sol se asomaba por entre las ventanas de los nublos anunciando un día espléndido.
         Después de besar a mi abuelo como era mi costumbre, echó mano al bolsillo de su chaleco del otro lado del que anidaba su reloj, y sacó un real -dos perras gordas y una perrilla-, para que me comprara algo por ser fiesta. Me despedí de él, también lo hice de mi abuela que me recordó lo de la cena.
         Pasé por casa de mis otros abuelos y luego de la de mis amigos, y con estos últimos me dirigí hacia el cementerio cosa que hacia todo el mundo este día.  Era ya media mañana y el astro rey relucía en todo su esplendor. Al haber llovido la noche anterior los arados descansaban, dejando por un día de enterrar tantas e infinitas promesas en el sagrado trabajo de la siembra –la simienza-. Era día de presumir las gentes del campo en las tertulias o corrillos sobre si la mula comprada en la Feria San Lucas, daba buen, o mal juego en el arte del arado.
         Con dirección al cementerio pasamos por la Puerta Jaén, donde se observaba un inusitado movimiento de gentes dirigiéndose al camposanto. Era un trasiego de personas que iban y venían de visitar a sus muertos. Mujeres en su mayoría, casi todas vestidas de negro con pañuelos del mismo color cubriéndoles la cabeza. Algunas llevaban una media manta de lana tapando con ella parte de su cara con una mano. Era esta una costumbre de vestir las mujeres cuyos orígenes tal vez fuesen árabes.
         Cuando cruzamos la carretera, en la esquina de La Brea había puestos de castañas y otras golosinas, además de membrillos y paloduz, pero a nosotros lo que de verdad nos divertía era jugar en las eras próximas al cementerio. Hacia ellas nos dirigimos. Aquello era un hervidero de gente joven. Las niñas y otras ya que no lo eran tanto jugaban a la comba. Yo llevaba en los bolsillos del pantalón corto algunas bolas y empezamos a jugar con ellas. Otros lo hacían al fútbol.
         Los sembrados de las tierras circundantes a las eras y al cementerio ya habían brotado y la tierra se iba poco a poco pintando de verde. Las hormigas de ala estaban saliendo de los hormigueros empujadas por el hermoso día y revoleteaban por doquier.
         Estuvimos jugando un rato y después nos fuimos a visitar el cementerio. Los afilados y puntiagudos cipreses de la entrada nos dieron la bienvenida, al tiempo que percibí, más que en cualquier otro momento, un cierto desasosiego, mezcla de canguelo miedo y acojono por lo tenebroso que el  recinto me imponía.  No había tumbas de mármol, las que existían eran de yeso con alguna cruz pintada de negro y de ocre las iniciales del finado. Algunas fosas estaban abiertas esperando visitantes.
            Empezamos el recorrido por el lado izquierdo. Conforme avanzábamos se observaba que las paredes de los nichos habían sido pintadas de cal recientemente. Todos ellos presumían de no tener ninguna salpicaduras del blanco encalado, a excepción de aquellos que permanecían olvidados por sus familiares. Algunos de estos últimos, los menos, tenían flores de trapo  reposando prisioneras entre la lápida del nicho y el cristal de fuera. Otros, estaban adornados con crisantemos frescos, -para mí esta flor siempre la he considerado una flor muy y triste, flor de muertos, castigada, ya que no emana olor, tan sólo huele el verdín de sus tallos, al menos era eso lo que yo siempre he percibido-.
         Nos detuvimos al ver un pequeño grupo de gente. Era don Lucas el cura que con su voz ronca cantaba responsos. Los responsos eran a petición de los familiares. Estos señalaban el nicho con descaro y acto seguido comenzaba don Lucas el cántico:
                 Kirie, eleison. Christie, eleison, Kirie, eleison, Pater noster qui es in caelis...
  
         Al terminar el ceremonial salpicaba con el hisopo de agua bendita el nicho. Acto seguido el monaguillo con un talego rojo recogía el duro que los familiares pagaban por este servicio. Las gotas de agua bendita resbalaban por los cristales y las lápidas de los nichos, incluso de aquellos a los que no les iba dirigido el rezo. Creo que estos últimos de alguna forma también querían participar.
         Al fondo del lateral había una tapia donde estaba el osario. La tapia a pesar de haber sido encalada, ya tenia refregones de los zapatos de los chiquillos de tratar de subirse para verlo. Allí dentro eran vertidos de forma indiscriminada los restos de aquellos que no eran reclamados por nadie.  En un apartado adyacente del otro lateral de nichos reposaban según decían los que se suicidaban. Era El Corralillo de los Ahorcados. 
         Mas tarde nos fuimos cada uno a nuestra casa no sin antes haber quedado para la tarde en volver a visitar el cementerio.
         Lo hicimos nuevamente al caer la tarde. Ya no había tanto ajetreo en La Brea.  Eso sí, los puestos de castañas seguían allí. Compramos en vez de castañas un membrillo al cual íbamos mordisqueando pasándolos de unos a otros. Esta vez la visita al cementerio fue breve. Se contaba una historia de alguien que ese día se quedó encerrado y no queríamos que eso nos sucediese... Tantas historias se contaban sobre la noche del Día Los Santos.  Por la noche después de dar unas vueltas por la plaza me encaminé para cenar hacia casa de mis abuelos donde cenábamos toda la familia. Era ya noche cerrada. Hacia frío. Bocanadas de un viento húmedo proveniente del  derecho chocaban contra mí, al mismo tiempo que avanzaba. Las hojas secas eran arrastradas por el viento formando montones de forma caprichosa. Las pequeñas bombillas del alumbrado tintineaban balanceándose al compás del viento, proyectando contra el suelo sombras fantasmagóricas. Los dos grandes álamos de la carretera agitaban sus ramas semidesnudas; las más altas oscilaban emitiendo un extraño silbido.
         Ya después de cenar y de camino a mi casa, la luna acababa de salir tímidamente por el cerro Los Morteros casi escondida por entre los gruesos y oscuros nubarrones que la ocultaban en parte. A lo lejos el ladrar de los perros. Una vez en casa y ya en la cama, busqué refugio entre las sábanas al mismo tiempo que las campanadas de muerto extendían su lamento a merced del viento por todo el pueblo. Me pareció que sus acordes sonaban de una forma más lúgubre, lenta y lastimera que en otras ocasiones. Pensé antes de dormirme en la sombra alargada y bamboleante por el viento, que con la luz de la luna proyectarían los cipreses del cementerio.
Luego... todo se hizo silencio en mí. 



miércoles, 5 de octubre de 2011

EL MULADAR O MULEAR

A últimos del mes de agosto, durante el mes de septiembre y parte de octubre, cuando las faenas agrícolas sufrían un paréntesis hasta que llegaban las primeras lluvias otoñales, en mis tiempos se aprovechaba este periodo casi inactivo para –sacar los muladares-.
Es posible que muchos sobre todo lo más jóvenes no sepan lo que es un muladar, o como nosotros le llamamos en nuestro pueblo “mulear”. Bien, voy a tratar de explicarlo:
Antes, la basura no se recogía en bolsas ni se llevaba a los contenedores como ahora, sino que en cada casa en el corral existía un apartado donde se iba depositando toda la mugre que diariamente se generaba. La mayoría de las casas eran de labranza las cuales albergaban una cuadra para las caballerías, amén de la “injaera” que era el habitáculo para el cerdo al que nosotros en nuestro pueblo llamamos marrano. Bien, pues cuando se limpiaba la cuadra de estiércol, la “injaera” de las defecaciones del animal, y la suciedad recogida a diario en la casa junto con todos los desechos comestibles y otros no comestibles todo ello se depositaba en el muladar donde las gallinas daban buena cuenta. En conversaciones sobre este tema con algunas personas de mi edad y más mayores echan de menos aquellos huevos de las gallinas de antaño distinguiéndose con los de ahora por tener aquellos la yema de un color casi rojizo. Naturalmente que con tan ricos y variados manjares no era de extrañar. Su rojez y exquisitez dicen los más mayores que alcanzaban límites insospechados cuando no existían aún inodoros en las casas. No me extiendo más, cada cual que utilice su imaginación.     
Como digo todos los desperdicios se iban amontonando en el corral, y poco a poco con la lluvia y con los cambios de temperatura se iban apelmazando y descomponiendo, hasta que durante el tiempo que he señalado anteriormente se limpiaba, conocida esta limpieza por lo que ya he comentado antes que era: “sacar el mulear”.
Cuando ello ocurría se hacia a base de azadón y con una espuerta se iba acarreando hasta el serón de la caballería que permanecía aparcada en la puerta de la casa. Este proceso por lo general duraba dos o tres días ya que esta basura se solía transportar hasta la tierra de cereal o a las olivas del dueño de la casa para que sirviera de abono.
Ni que decir tiene que los hedores que los vecinos tenían que soportar durante días eran nauseabundos y repugnantes, dado que su fragancia se expandía por toda la calle llegando su esencia a impregnar con el putrefacto olor incluso a toda la manzana. A veces estos olores se alargaban dado que cuando terminaba un vecino, al poco empezaba otro y los malos y vomitivos hedores eran pues continuados o alternos.
Ahora, a pocos metros de mi casa deposito la bolsa de basura en unas casetillas metálicas con una tapadera hermética y la siento caer en un recipiente profundo escondido en la tierra. Por la noche, los basureros por medio de aire comprimido todo el contenedor lo sacan a flote vertiendo su contenido de forma mecánica en el camión, y es que las ciencias adelantan que es una barbaridad.
No quería escribir temas tan repelentes, pero quiero dejar constancia por si las generaciones futuras se preguntasen alguna vez esto que yo hoy les aclaro. 
Esta basura a la que me he referido, era toda ella basura orgánica, que al fin y al cabo servia de nutrientes al olivar o al sembrado.  Hoy existe otra clase basura, supongo  pendiente de calificar ya que ni siquiera  está clasificada como inorgánica, es mucho peor, no hiede, no se  vierte al “mulear”, y no se puede percibir de manera precisa su pestilencia, son entre otros objetos de desecho: los banqueros, esos que en vez de meter la mano en la caja, sacan el dinero de forma legal pero inmoral a través de un acta en un consejo de mala administración, los políticos corruptos, y en fin, también entre otros muchos, toda aquella cohorte de apesebrados de distintos corrales y “muleares” que con la que se cae, encima defienden  todas las irregularidades que hacen estos hijos de la gran zorra (*) .
A ver cuando sacan este “mulear”. Que me avisen para estar prevenido, porque como decimos los torrecampeños: esto si que tiene que “goler”.

(*) Según sentencia reciente, la palabra zorra no es una ofensa. Tendrán pues que cambiar su significado en la RAE.

Tenéis que ver más, dijo uno de nuestro pueblo