jueves, 20 de diciembre de 2012

EXTRAÑA NAVIDAD


         Aquél abuelo solía sentarse en uno de los bancos del parque del pueblo. Atrás quedó el tiempo de tertulias que durante años en ese mismo lugar bajo la sombra de un nogal en el verano, y también arropado por los lánguidos rayos de sol en invierno cuando el árbol se desnudaba, acostumbraba a departir con amigos casi a diario. Amigos que se fueron yendo poco a poco; algunos sin avisar. Hoy después de mucho tiempo, casi en las puertas del invierno, se ha sentado nuevamente en aquél banco. Lo ha hecho después de quitar las hojas amarillas y mustias que lo tapizaban. Se ha sentado con las manos apoyadas en su inseparable bastón, pero antes, ha inclinado la gorra con la que se cubre la cabeza hacia su cara, casi ocultándola, no porque le estorbase el sol, sino para que nada ni nadie pudiesen perturbar sus pensamientos, o puede que fuese esta la mejor manera de disimular sus lágrimas.
         Antes de poner en orden sus ideas, una ráfaga de viento le distrae y ve como el aire arrastra una buena parte de las hojas que alfombraban sus pies; otras en cambio juegan en pequeñas carreras arriba y abajo del pavimento del parque a merced de pequeñas bocanadas de viento. Ninguna de esas hojas le ha dado a él sombra este año, pues no volvió desde que sus amigos se marcharon al abrigo de otro parque, donde dicen que ningún niño va a jugar y en el que sólo existen algunos contados árboles de afilada silueta que se erigen buscando el cielo.
         Sentado, aprieta sus dos manos sobre el bastón y piensa que a él no le hubiese importado marcharse también cuando se fue el último de sus amigos, aquellos que le ayudaban a mantener vivos los recuerdos de un tiempo que pasó. Por recordar, recordaban algunas veces hasta el olor del hambre, pues el hambre es aliada de la miseria, y la miseria de lo putrefacto. En otras ocasiones solían rebuscar entre el polvo de sus recuerdos sus tiempos como emigrantes en extraños, lejanos, y fríos países europeos donde para llegar a su destino lo hacían en trenes muy lentos, los cuales parecían aumentar y multiplicar más aún la distancia con su querido pueblo. Aquellos años de exilio y de trabajo lejos de la familia, que le sirvió a él para comprar la casa donde desde entonces vive en el pueblo.
         Hubo un tiempo que no le hubiese importado que le hubiesen llevado a hombros hasta el lugar donde se encuentran sus amigos. Pero su más ferviente deseo por ahora es retrasar en todo lo posible su último viaje, hecho por el cual se cuida más que nunca, y si alguna vez se había sentido en el seno familiar un estorbo, desde un tiempo atrás se siente muy importante, digamos, el protagonista principal de la obra trágica que desde años atrás se cierne sobre su hogar.
         Su hijo era albañil. Trabajó durante muchos años en la construcción siempre a destajo, o por trabajos acordados. Ganó mucho dinero. Cambió de casa tanto como de coche, siempre superando y mejorando lo anterior. Su nivel de vida iba aumentando como así el del círculo de sus nuevas amistades. Cenas, escapadas, vacaciones caras a países lejanos y exóticos con un despilfarro tal que en muchas ocasiones el abuelo se lo reprochaba. Sus palabras de respuesta del hijo siempre eran las mismas: ¿Tú crees que vamos a volver a los tiempos aquellos, en los que te tuviste que ir a Suiza para poder comer?  Su nuera era igual: Ya está el abuelo con el mismo latiguillo, solía repetir.
         Hace ya años su hijo creó una empresa y se dedicó de lleno a la construcción. Compraba terrenos caros y vendía los pisos más caros aún enseñando el plano, y no el piso piloto debido a la demanda. Se sentía un dios, siempre rodeado de una cohorte de palmeros y chaqueteros.
         Pero llegó algo malo que el abuelo presagiaba con sus repetidas frases: “no se donde vamos a llegar” “esto no puede seguir así” “esto tendrá que explotar el día menos pensado” Y llegó la gran explosión: La crisis. La maldita crisis, esa que dura y que perdurará mucho más aún. Y con ella llegaron las desgracias.
         Ahora su hijo vive con él en su casa. También su nuera y su nieto de veinte años. El banco se quedó con todos los bienes que amasó durante la época de bonanza. Adiós a aquella mansión con piscina y nevera siempre llena, donde acostumbraban sus amigotes y esposas en veladas hasta el amanecer a zambullirse repletos de güisqui en la piscina. Ya nadie le visita. Tan sólo los acreedores. Está sumido en una profunda depresión hecho que le hace no salir a la calle y no comunicarse con nadie. Tiene cincuenta y cinco años y es autónomo. Todos ellos viven ahora en su casa a costa de su pobre pensión de poco más de ochocientos euros. Por eso quiere vivir mucho tiempo aunque sea sufriendo. Toda su vida fue así, un puro sufrir, y ahora al final de ella su sufrimiento es mas gravoso, pero él sabe resistir. ¿Acaso no está curtido de tantas puñaladas como la vida le dio? Se dice y se da fuerzas para sí.
         Pero hoy su nieto le ha partido el alma. Su nieto, al que quiere con locura es un pedazo de pan. Dejó los estudios y trabajó con su padre los últimos años. Sabe algo de albañilería, también de electricista y fontanería. Hoy lo ha encontrado en su cuarto llorando. Con voz entrecortada al tiempo que lo abrazaba le preguntó el motivo. Pensó que tal vez fuese porque no tenía dinero para salir, aunque él, a espaldas de la abuela acostumbra a darle siempre los fines de semana algún dinero para que alternara con los amigos, aquél dinero que reservaba para tomar algún café y que nunca se tomaba. Pero este hoy no era el caso. Su nieto le ha dicho que cuando pase la navidad se marcha a trabajar a Canadá, porque allí hay trabajo para los que entienden en el ramo de la construcción. ¿Su nieto, emigrante como él lo fue? ¡Que desgracia! Y se pregunta: ¿de qué me ha valido trabajar tanto, si lo único que le voy a dejar a mi nieto es la maleta de emigrante?  
         Por eso hoy está en el parque. Para pensar, y lo hace solo. Quiere analizar si él es culpable por algo que hizo o dejó de hacer hasta llegar a la situación en que se encuentra su hijo y su familia. Reflexiona: Según dicen todo es culpa de los políticos y de los bancos, -le corrijo, las Cajas- aunque para él la culpa la tienen los de siempre: los ricos. Estos, se vieron desbordados por muchos ricos nuevos como su hijo y han vuelto otra vez a ejercer su supremacía. Ellos son pocos pero muy poderosos, los mismos que desde siempre han movido los hilos del mundo para seguir enriqueciéndose cada día más a costa de seguir oprimiendo a la humanidad... Por culpa de ellos tuvo que emigrar él un día, y ahora pasados los años lo va  hacer su nieto, aunque retorna a pensar que por qué en esos países adonde la gente emigra y también les afecta la crisis no pasa como en el nuestro, y piensa que tal vez sea porque hayan estado mejor gobernados, y vuelve a pensar, a pensar, a pensar... buscando más culpables, y encuentra un sinfín de ladrones que han esquilmado las arcas del estado, y para de pensar porque llega a la conclusión que tal vez si ahonda más en  pensamientos tan preocupantes llegue a especular de que su pensión peligre, y eso si que seria para él una circunstancia más que lamentable.
         Rumia y especula ¿Volverán los ricos a distinguirse por tener el pescuezo largo como antes? En su niñez ya se diferenciaban, por ello cuando preguntaban a los niños de los ricos: ¡Niño! ¿Que vas comer? Estirando el cuello y ejercitando el músculo todo lo posible contestaban: ¡Chicha! En cambio los otros niños como él a la misma pregunta encogían la cabeza entre los hombros y decían: No sé. Por eso los del pescuezo corto para él siempre han sido salvo raras excepciones los pobres –este que escribe presume de pescuesillo corto-.
         Pero esta noche es Nochebuena y ha encargado a la abuela –su mujer- que sea una noche... eso, pues buena, y que a pesar de las circunstancias por las que atraviesan que aparte del asado y otras viandas, compre también algunos mariscos. ¡Que cojones!
En sus tiempos de posguerra recordaba que cuando alguien comía mariscos era porque uno de los dos estaba malo. ¡Que tiempos!
         Se levanta y regresa a casa. En el camino se encuentra a grupos de niños cantando villacincos y tocando panderetas ¡Pero mira como beben los peces en el río...! repiten, una y otra vez.  Él también beberá y celebrará esta noche la Navidad, tratando aunque sea con una sonrisa alquilada contagiar a los demás, pero el Feliz Navidad a los suyos, ése, le saldrá del alma, pues será muy sincero.  
El mismo deseo del abuelo, lo hago extensivo a ti, y a todos los tuyos. 
                                              PAZ Y BIEN AMIGOS
En fin, todo esto es ficción. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, aunque sospecho que abuelos como estos hay muchos, los cuales celebrarán la Navidad con la esperanza de que la misma nos traiga a todos: Paz, trabajo y amor.
Pd.
Queridos torrecampeños, amigos y demás blogueros, he querido buscar otra historia menos triste para desearos Feliz Navidad, pero tal y como están las cosas no me ha salido otra mejor... tal vez cuando las circunstancias mejoren dentro de veinte o treinta años... allí estaré yo y lo celebraremos...  en el otro parque, el de contados árboles de afilada silueta que se erigen buscando el Cielo...

                                 

jueves, 29 de noviembre de 2012

JUEGOS SIN JUGUETES


Observo a mis nietos mientras juegan. Están rodeados por un sin fin de juguetes; cacharros la gran mayoría de plástico que no son otra cosa que trastos, los cuales buena parte de ellos sólo sirvieron para distraer su atención escasamente unos minutos el día de su estreno, para después permanecer arrinconados, olvidados, y  tal vez creo  no vuelvan a tener vida   –sino la tienen por la noche como en el cuento El soldadito de plomo de Hans Cristian Andersen- hasta cuando otro niño irrumpa en la casa como visitante y pretenda despertar a alguno de ellos de su letargo, y es entonces cuando comenzará la disputa por el juguete despreciado.  Cosas de niños.
Yo también fui niño, y como tal también jugaba, aunque en mis tiempos éramos muy pocos los que podíamos acariciar un juguete. Yo nunca lo tuve. Siempre me regalaban un jersey -en nuestro pueblo saquito-, o bien unos guantes de lana o una bufanda –tapabocas- Entonces, los pocos juguetes que existían en el mercado eran de cartón o de madera; también estaban los de metal y de plomo, como los soldaditos antes referidos. El plástico si estaba inventado, aún no había sido introducido en el mercado, aunque algunos productos ya eran fabricados por prexiglás, algo muy innovador por aquellos tiempos y que en nuestro pueblo lo conocimos como persirlás. Los de mi edad recordarán aquellos cinturones transparentes que las personar mayores manoseaban con la misma admiración que un indio un espejo.
Pero entonces, se preguntarán algunos, ¿con qué jugábamos?, y ahí está el quid de la cuestión: jugábamos usando nuestra imaginación. Sí, porque usando nuestra fantasía, una lata de sardinas, –había que saber quién la comía para que nos la reservase- esa lata, arrastrada con una cuerda, era para nosotros un coche o un camión cuando la llenábamos de tierra.
Las charpas de las cajas de cerillas eran un tesoro que coleccionábamos para luego como el mejor trofeo nos las jugábamos a las bolas –canicas- o soltando los cartones desde una pared a una altura convenida, cuando llegaba la charpa al suelo y caía sobre alguna de las que en el mismo reposaban desperdigadas, el que lo lograba se quedaba con todas.
También confeccionábamos juguetes a base de navaja. La materia prima era siempre una tabla o listón que luego con mucha paciencia íbamos dándole forma hasta conseguir aquello que queríamos. Así, a las espadas se les afilaba la punta cuanto más mejor –qué error- y sobre todo se las adornaba con pintura su cruz y empuñadura. Igualmente nuestros revólveres los dibujábamos primero en la madera hasta conseguir lo más parecido a un Colt 45 como los que usaban los protagonistas de las novelas de Marcial Lafuente Estefanía. Para fabricar el arco y las flechas, nos nutríamos de los olivares adonde íbamos a por varetas. Aquellos que lograban tener tres cojinetes o rodamientos eran unos privilegiados ya que con unas tablas podían fabricar un patín. El lugar de entrenamiento y de carreras con los patines siempre era la cuesta del Camino de la Estación.
Las medias de nuestras madres rellenas de papel o borra hechas un ovillo amarradas con cuerdas, eran nuestros balones para jugar al fútbol. Tenían de bueno que estas nunca se pinchaban.  Los trompos los fabricaba al trueque Matías, el carpintero de la Puerta de Martos, pues teníamos que llevar un palo de olivo, que por lo normal solíamos quitar en un descuido a quién estaba metiendo leña desde la calle a su casa. 
Seria interminable reseñar cada uno de nuestros artesanos e improvisados juguetes de aquellos tiempos de mi niñez, pero no cabe duda que nos divertíamos con ellos mucho más que cualquier niño de los de ahora con toda una selva de juguetería en su casa; juguetes muchos de ellos con tecnología tal, que vemos elevarse y volar un helicóptero o un avión en miniatura. Los aviones que nosotros fabricábamos eran de papel y se lograban sostener unos segundos en el aire después de echar nuestro aliento sobre su picacho.   
Habrá quienes piensen que me gustaría ver jugar a mis nietos sin juguetes tal como yo lo hacía en mi infancia. No. Repito: no, pero el ingenio y la fantasía se aguzan desde la más tierna edad con la sencillez y no con la desmesura.
Cuentan que a un niño le regalaron un juguete caro y que de inmediato lo relegó para jugar con la caja del embalaje.
En fin, como alguien dijo: Somos lo que fue nuestra niñez.
A propósito...yo cualquier día tendré que ir a buscarla. Si alguien la ve decirle que espere. Iré antes de que se me haga de noche.

             

martes, 30 de octubre de 2012

MI CALLE

          Hoy he querido adentrarme en el desván de mi ordenador para abrir una carpeta que desde hace tiempo no descorría su pestillo, la de la música. No ha chirriado la puerta de la buhardilla, ni he tenido que limpiar con una gamuza el disco de vinilo antes de ponerlo en el picú. Sólo he tenido que poner a funcionar el reproductor de música y al azar ha sonado una canción de mis tiempos que me ha servido para recordar.
         Sí, recordar, porque me han dicho que es bueno evocar las emociones placenteras del pasado, ya que estas nos pueden ayudar a levantar nuestro estado de ánimo cuando por circunstancias, con o sin motivo aparente, andamos desalentados. 
         La voz de Nino Bravo de la versión que hizo de: Mi calle tiene un oscuro bar  de los Lone Star resuena, y su letra me traslada a otros tiempos, a mi calle, a la calle donde di mis primeros pasos, donde viví hasta que llegado un día mucho antes de hacer la mili me ausenté con la esperanza de que fuese por poco tiempo y aún sigo aquí en esta mi tierra adoptiva madrileña , y lo que te rondaré morena.
         Por aquella calle de mi infancia no transitaban los carros como en la de la canción, ni tenia bar, ni húmedas paredes, ni los chiquillos iban descalzos sin salud, aunque sí con alpargatas rotas, y con la salud que el panaseite amparaba y protegía.
         Lo primero que recuerdo de ella era el lodazal que se formaba cuando llovía, agravado por el tránsito continúo de las caballerías. Algunos vecinos por su cuenta solían echar ripios de las obras para solucionar el barrizal. Así yo recuerdo a mi padre esturreando el escombro y luego pisón en mano compactándolo, pero muy a pesar de ello unas de las cosas más necesarias que había que tener en una casa era el rondero o estera para restregarse el barro del calzado antes de entrar en la casa.
         Desde donde comienzan mis recuerdos no había en mi calle nada más que unas cuantas casas, el resto eran solares. Algunas edificaciones sólo tenían construido nada más que una parte, la de atrás, lo que se daba en llamar medio cuerpo, pero luego más tarde, a medida que el propietario disponía de dinero obraba el resto hasta llegar con la construcción a la aún imaginaria acera, lo que significaba mermar el territorio para los juegos a los chiquillos como yo.
         Calle pobre de luz en aquellas noches invernales. Tan sólo una o dos humildes bombillas se bamboleaban a veces al compás del viento mientras que éste arrastraba el humo de las chimeneas formando una neblina con olor a algún guiso. En los veranos las buenas gentes de mi calle salían a tomar el fresco a la puerta de la casa y allí los vecinos estaban de tertulia hasta bien entrada la noche mientras se refrescaban a golpe de tragos de agua de botijos de barro.
         Recuerdo que estando aún las casas sin agua corriente, a últimos de los años cincuenta, el ayuntamiento comenzó la instalación. Unas de las primeras calles en tener ese privilegio fue el Camino de la Estación. Era tal la necesidad y el deseo de disfrutar de ese servicio que los vecinos de mi calle hicieron las zanjas entre todos ahorrando a las arcas municipales el coste de la mano de obra.
         Un año nevó muy copiosamente, tanto que para poder transitar por la calle entre todos los vecinos hicieron una zanja apartando la nieve a un lado y a otro de la improvisada trinchera. Cómo nos divertimos los chiquillos. Lo más triste fue el ver como algunos atrapaban a los gorriones en las “costillas”, ya que como la nieve tardó mucho en derretirse, el sustento de las aves quedó durante algunos días arropado por el manto blanco y los pobrecillos por su hambre caían en la trampa que les ponían aquellos que posiblemente tuviesen sus estómagos más vacíos que los de los infortunados gorriones. 
         La calle Juan Pulgar, fue mi calle, la calle que he guardado siempre en el cofre de mi memoria, donde dejé hueco suficiente para albergar los buenos recuerdos que tengo también de aquellos mis amigos con los que compartí mi infancia. Recuerdo cada uno de nuestros juegos, y aquellos “juguetes” diseñados por nosotros con los que nos divertíamos, pero de todo ello escribiré otro día, porque el retrovisor de mi memoria a veces se empaña como hoy, y más en este tiempo otoñal propicio a la niebla.       
         Nací en la calle Oscura, -según la RAE oscuro significa: que carece de luz y claridad-, como la letra de la canción que he mencionado: Vivo en un lugar donde no llega la luz. Con pocos días mis padres me llevaron a la calle que he relatado, mi calle llamada Juan Pulgar, esquina con Camino de la Estación y San Francisco. ¡Que gratos recuerdos guardo de ella!
        

domingo, 16 de septiembre de 2012

PERTINAZ SEQUIA


A Josefina Armenteros Rubio
Septiembre 2012


No quiero ver los olivos sedientos de mi pueblo abrasados por la calma de siestas y soles, de noches tórridas, donde hasta la luna me han dicho pide agua para poder dormirse.

Quiero ver el cielo cubierto de nubes negras, de nubes grises y plomizas, y a vencejos volando muy alto, casi bebiendo en esos nublos.

Quiero que la brisa de las nubes arrastre remolinos de polvo, polvo de los caminos, polvo de los olivares y hasta el polvo de aquellas eras.

Quiero ver cómo el viento de alguna tormenta mueve los cardos secos de los caminos y despierta a los vilanos elevándolos en su viaje sin retorno hasta el cielo infinito. 

Quiero oler a tierra mojada y llenar con su fragancia mis pulmones, y que ese olor reparador, me transporte en el tiempo a otros tiempos vividos en mi pueblo.

Quiero que las grietas del olivar se inunden con el agua caída, y curen y tapen las cicatrices profundas de nuestros campos sedientos.

Quiero que una lluvia mansa, casi adormecida acaricie los tejados de mi pueblo en noches de canales y días de migas.

Quiero ver a gentes corriendo por las calles, y algún paraguas volando, y a ninguna golondrina hasta el mes de marzo.

Quiero desde el Cerro, ver a mi pueblo envuelto entre la bruma y la neblina, y no por el flamear infame de la canícula.

Quiero que los pinceles de la lluvia restauren el color de los olivares, y borren el ocre pálido de muerte que la sequía les pintó.

Quiero que llueva otra vez tras los cristales de aquella escuela de Machado, en tardes pardas y frías.

Quiero que lluevan jornales y agua virgen extra en mi pueblo.

Sí, quiero que llueva dulcemente sobre los campos de mi pueblo, campos de mi niñez, campos con sed de trabajo, con sed de tanto... campos de Torredelcampo.

miércoles, 15 de agosto de 2012

MATALAHÚGA O MATALAHÚVA

    

En mi niñez, después de la feria y de la recolección de los cereales, durante los primeros días del mes agosto, se recolectaba la matalahúga o matalahúva. Se hacia bajo palio para guarecerse del sol –cuatro palos clavados en el terreno sirviendo un faldeo de colgadura-  en la misma tierra donde se cultivaba, de esta manera se procedía a su desgrane golpeando a las panochas ya secas con un corcho, al tiempo que su simiente caía en otro faldeo o paño tendido en el suelo.
         Para mi era lo mejor que mi padre podía sembrar ya que me gustaba todos y cada uno de los trabajos que se realizaban hasta llegar al desgrane ya explicado.
         Se sembraba durante el mes de marzo o primeros de abril. El proceso de su siembra se realizaba inmediatamente después de arar el terreno, ya que su simiente al ser tan diminuta no podía enterrarse muy profunda; es decir, tenia que esparcirse sobre la superficie arada y posteriormente enterrarla mediante el proceso de allanado del terreno que consistía en arrastrar sobre   la tierra recién movida sirviéndose de una caballería, el timón del arado -injero- al que se le colgaba algunas ramas de retamas. Así la tierra quedaba igual que si un albañil la hubiese alisado con la plana.
         Pasado un tiempo, para primeros de mayo, las incipientes plantas ya apuntaban con una o dos hojas pequeñas. Era el momento del pinzado, pues había que ayudar a la siembra a quitarle con los dedos todas las malas hierbas, y para no herir a las aún frágiles y quebradizas plantas, se hacía calzándose unas alpargatas, aquellos que no lo hacían con albarcas. Si el mes de mayo era lluvioso la cosecha estaba casi asegurada, ya que la matalahúga es una planta muy agradecida al agua. Antes de su floración, a últimos de junio, había que haber escardado la plantación con el almocafre al menos dos veces. Ya para esas fechas los apicultores andaban prestos a instalar sus colmenas cerca del campo de matalahúga, porque según contaban, la miel resultante era de una calidad extraordinaria. El grano de anís ya se dejaba ver en el mes de julio y poco después las panochas cuajadas de diminutos frutos llegaban a la sazón. Era cuando se arrancaban las plantas haciéndolas manojos, atados estos con una de sus más largas matas. Los manojos eran puestos al sol formando con ellos redondeles de al menos dos metros de diámetro y más de un metro de altura, a lo que le daba en llamar cabañuelas.  Las panochas besándose con otras panochas se iban amontonando al sol hasta llegado el momento de desgranarla, cribarla, y su posterior envase en sacos, que eran llevados hasta la casa del agricultor. Si durante el periodo de secado hubiese habido una tormenta, el grano adquiría con el agua un color negruzco y perdía por ello precio en el mercado.
         Las casas donde había almacenada matalahúga quedaban aromatizadas con el olor inconfundible de esta simiente. Yo recuerdo este aroma en casa de mis padres que duraba hasta llegado el momento en que su precio fuese razonable para la venta. Era cuando los marchantes se personaban con romanas para su pesado y compra.
         En aquella época si se preguntaba a algún agricultor qué es lo que se elaboraba con la matalahúga, ninguno podía dar una respuesta acertada, tan sólo que al oler igual que el aguardiente, decían pudiera servir para su obtención, y estaban en lo cierto. La Wikipedia lo corrobora y además amplia que se puede utilizar para favorecer la digestión, mejorar el apetito, aliviar los cólicos y también las náuseas entre otras cosas. Yo escuché una vez siendo pequeño que servia también para aliviar las sonoras e inoportunas ventosidades además de los ácidos regüeldos.
         Siendo chiquillo hice un cigarro de matalahúga envuelto con papel de estraza. A las dos o tres caladas la cámara donde estaba el granero empezó a bailar a mi alrededor y me estuve que echar al suelo para poder encontrar las escaleras de bajada. Recuerdo también que mi padre enterraba algunos melones arropados con sus granos, porque pasado un tiempo adquirían un sabor difícil de reseñar.
         Hoy ya no se cultiva matalahúga en nuestro pueblo puesto que todo es olivar. Por eso yo he querido hoy recordar los trabajos de producción, el provecho y la utilidad de una planta que añoro, no solo por su aromático olor, sino que echo de menos también aquéllos blancos mantos que adornaban y salpicaban el paisaje de nuestro pueblo mientras duraba su periodo de floración. Era precioso os lo aseguro.   
             

martes, 3 de julio de 2012

DESDE EL FUTURO

Junio. Año 2040

Del diario de uno de tantos.

         Querido diario:

         Mañana cumpliré cuarenta y cinco años, pero no espero regalo alguno, ni velas, ni tampoco tarta. En nuestra casa, desde hace muchos años nos hemos acostumbrado ya a ello, incluso mi abuelo. Pero el beso y el feliz cumpleaños, esos si los aguardo con ilusión. La primera en felicitarme como siempre será mi mujer. Yo me levanto el primero para preparar el desayuno a mis padres, y también el bocadillo de mi hijo Javier que cursa cuarto de bachiller. Sandra, mi mujer, será la primera en salir a trabajar. Ahora lo lleva haciendo desde hace unos meses en un supermercado como “reponedora”; pronto cumplirá su contrato y después a esperar nuevamente, meses, o años tal vez, otro trabajo temporal como el anterior; es licenciada en económicas y posee dos masters, pero nunca pudo ejercer su carrera por culpa de la crisis de principios de siglo. Después lo haré yo a llevar a mis padres en mi coche hasta su lugar de trabajo. Mi padre tiene setenta y dos años. Es funcionario y trabaja en el Ayuntamiento. Es querido y respetado por todos sus compañeros y eso me llena de orgullo. De camino llevaré a mi madre a su colegio. Es profesora de primaria. Mi madre, de la misma edad que mi padre, anda más torpe, ya que la tengo que ayudar a bajar del coche y asirla del brazo hasta llegar a su aula. Los alumnos la adoran. Se ganó el cariño de todos ya que supo desde siempre saber transmitir la enseñanza y el respeto al profesor. Pero se me parte el alma cuando a su edad tienen ambos que continuar trabajando. Si dejaran de hacerlo, la pensión sólo llegaría a cubrir la cuarta parte de los ingresos por los que hoy se abastece nuestro hogar.
         Yo acabé mi carrera de derecho a los veinticinco años, y tampoco pude ejercer. Desde que me casé vivo con mis padres, y ayudo en todas las tareas domésticas además de aplicar en lo que puedo mis conocimientos de geriatría. Algunas veces hago algunos trabajos esporádicos como el de jardinero cuando me avisan en el barrio, y poco más. En época de recolección de la aceituna también me desplazo muchos años al pueblo de mi abuelo Anselmo, al cual, de regreso a casa tendré que levantarlo, vestirlo y prepararle su desayuno. Tiene noventa y cinco años. Él me anima mucho. Me dice que durante su vida, vivió etapas mucho peores, y me recuerda una y otra vez su posguerra de penurias vividas. Yo no pierdo la esperanza y rezo a Dios para que se solucione mi problema y el de muchos como yo, aquellos a los que desde principio de siglo nos bautizaron como “generación perdida”.

El que esto escribe reza también para que lo narrado nunca ocurra.    
                                 

viernes, 1 de junio de 2012

ALGUNOS BANCOS BUENOS

        
       Hace unos días en plena calle me abordó un conocido. Tenía ganas de que alguien le tranquilizara, pues según él, sus ahorros los tenía depositados en Bankia.
         – ¿Como pueden llevarse tantos miles de millones? –Me dijo.
          –No se los han llevado. Todo ha sido como consecuencia de una muy mala gestión. –Le respondí.
         Viendo que no entraba en razones le pregunté:
          – ¿Cuánto valía tu piso hace seis años?
         –Setenta millones. –Fue su alegre respuesta.
         – ¿Y ahora?  –Volví a preguntarle.
         –Menos de cuarenta. –Me respondió esta vez con voz muy apagada.         
         – Entonces... ¿Quién te ha robado la diferencia?
         Me miró, e interpreté que mi pregunta lo había turbado, cuando mi intención no era confundirlo. Sólo se atrevió a decirme:
         –Antes los bancos eran otra cosa.
         Y qué verdad tenía. Aquellos bancos como el primero donde yo empecé a trabajar, sin ordenadores, ni más máquinas que una sumadora de manivela, donde todas y cada una de las operaciones se contabilizaban de forma manual, y que a pesar de la carencia de medios, las ordenanzas contables se llevaban a la práctica conforme a los rígidos postulados existentes en aquella época. Aquellos, es verdad, eran otros bancos. Recuerdo que para buscar una diferencia contable de 10 pesetas, nos teníamos que tirar horas y horas hasta encontrarla.
         Yo, llevo más de una década alejado del mundo financiero y me pregunto si el problema de algunas entidades bancarias, es el mismo problema que tenia el señor que me abordó en la calle. ¿Todo no vendrá, por no haber llevado a la cuenta de Pérdidas y Ganancias la diferencia entre el precio histórico del bien, al del valor actual y razonable del mercado? Me refiero a los activos que figuran como bienes raíces en los balances de muchos bancos. Creo que si, de ahí la difícil coyuntura por la que atraviesan en estos momentos muchas entidades.
         La valoración en los balances de los inmuebles y también de las existencias, siempre ha sido el subterfugio para variar las cuentas de resultados. Esto es una práctica contable por desgracia muy común en muchas empresas.
         El otro problema, más grave aún, es el de los directivos, ésos que a pesar de una pésima gestión, blindados por contratos millonarios que se firman entre ellos, a la hora de marcharse, tienen la poca vergüenza de pasar por caja y llevarse unos cuantos millones como “indemnización”, es decir que encima hay que resarcirles del daño o perjuicio que les ha ocasionado su más que nefasta administración. Algunos se  llevan los millones por decenas. No quisiera estar en el pellejo de aquellos empleados los cuales tenían ganada la confianza de sus clientes, y como consecuencia de estos malos gestores, les hicieron vender productos tóxicos, la mayoría a clientes con un bajo perfil financiero, que no sabían distinguir entre: preferentes, bonos, obligaciones u otros productos de riesgo, sino que se dejaron llevar por la confianza del fiel empleado que desde siempre les atendió.
         Hace unos días, en el periódico gratuito “Qué” mientras iba en el metro me sorprendió este titular: El Banco que nunca niega un crédito. Naturalmente con la que está cayendo no cabe duda que quise desmenuzar con avidez la noticia la cual parte de ella transcribo:
         Nuestro fin es hacernos favores sin ningún coste económico a cambio. Es el lema del Banco del Tiempo, una iniciativa que nació en Japón en los años 80 y que se está extendiendo por España. El primer paso para ser cliente, es decir te tienes que formular la pregunta ¿Qué puedo ofrecer yo a los demás? Después, pasas a un listado de usuarios y se te entrega un talonario. ¿Cómo es su funcionamiento? Tienes una cuenta pero en vez de ser en euros, es de horas. Cuando necesitas algo en un momento concreto, llamas a un voluntario especializado en ésa actividad, Una vez realizada, al beneficiario se le descuentan las horas, y a quién ha ayudado se les suma.
         Alguien puede pensar que le pueden pintar la casa. No, estos servicios son sólo para casos puntuales como los que se hacia antes en los pueblos, la buena idea de ayudar a tus vecinos. El banco es cuestión es un intercambiador de servicios y cuidados, cuya unidad de valor es la hora.
         Para fundar un Banco del Tiempo, sólo se necesita un local, un teléfono y un ordenador. Así de sencillo. En España existen próximos a 300 Bancos del Tiempo.
         La idea es tan bonita que la quiero trasladar a Torredelcampo, mi pueblo. Ahí la dejo. Espero que caiga en tierra fértil, porque no todos los bancos iban a ser malos. Siempre hay,... algunos bancos buenos.

martes, 1 de mayo de 2012

FUNCIONARIOS

           

            Nunca me ha gustado adentrarme por los vericuetos escabrosos de la administración. Tal vez provenga mi animadversión y mi ojeriza, de aquellos recuerdos que aún perduran en mi, del: -venga usted mañana- - a su solicitud le falta un timbre del estado, y otro del colegio de huérfanos- o  -lo siento es por triplicado, era lo acostumbrado  después de esperar largas colas ante cualquier ventanilla.

          El funcionario a tu solicitud te miraba en muchos casos con destemplanza, observándose en él una actitud déspota, queriendo transmitirte que él no estaba allí para en cierto modo aguantar tus demandas ya que tú no le pagabas, sino el que colgaba de un cuadro en su despacho. Pero eso sí, su vestimenta era más de lo correcta que su penuria le permitía, puesto que todos iban con corbatas trajes o americanas que aunque raídas y desgastadas parecían revestir al funcionario de cierta aureola de seguridad y de respeto.

         Hace unos días he tenido que batallar entre algunas de las áreas de un determinando organismo tratando de solucionar cierto asunto personal.   El funcionario que me atendió en su mesa numerada me pareció desde principio muy voluntarioso, además de afectuoso y atento. Vestía americana; su corbata se dejaba ver desde donde terminaba el vértice de su jersey hasta el nudo a lo windsor con el que se la anudaba. Una vez le expuse el motivo de estar allí, muy educado él, me dijo que antes debería ir a otro departamento distanciado a unos veinte kilómetros de donde me encontraba para requerir un servicio previo al que yo solicitaba. Le dije que si estaba seguro de ello. Lo vi dubitativo, hasta el punto que se levantó a preguntar en otras de las mesas. Mientras lo hacía observé como la raya de su pantalón le caía en vertical por ambas piernas, mientras que no paraba de ajustarse la chaqueta durante el tiempo que estuvo hablando con su compañero, por lo que lo catalogué como presumido y coqueto.

         No hubo remedio, por lo que a regañadientes tuve que desplazarme hasta el alejado negociado. Un antiguo compañero de trabajo con el que acostumbro a diario a tomar café se prestó a acompañarme por lo que la hora y media de espera mirando una gigantesca pantalla esperando que tu letra y número apareciera se me hizo menos larga.

         Cuando fui requerido conforme me iba acercando a la mesa asignada, le vi y la verdad que dudé sobre si darme la vuelta. La persona que esperaba que me atendiera me pareció que no podía ser por su aspecto la más apropiada para atender a nadie. El funcionario en cuestión ofrecía un aspecto bastante deplorable para estar en una mesa atendiendo al público. Lucia una barba larga espesa y descuidada que le tapaba la boca, hasta el punto que cuando me invitó a sentarme me pareció que la voz no salía de su garganta, ya que la espesura del pelambre impedía apreciar cuando hablaba. Se recogía el pelo con una larga coleta que le descansaba hasta casi la mitad de su espalda. Vestía una especie de cazadora más parecida a la de un chándal y una camiseta con letras en inglés que de principio sólo pude leer: Save the.

         Escondí mi recelo hasta donde pude, pero estoy seguro que advertiría mi infundada desconfianza. Le expliqué lo que quería. Me miró y por el gesto de sus ojos intuí que detrás de su frondosa barba se escondía una sonrisa. -Amigo, le han mandado mal. –Me dijo -Lo que usted solicita lo hace la administración de forma mecánica finalizado el plazo de... esto está recogido en la circular, número, barra, año, orden, fecha etc... Se sabía hasta quién la firmó. Viendo mi mutismo me preguntó ¿Y dice usted que lo han mandado desde...? ¡Vaya faena! Lo siento... ¡Mire, le aseguro que no trato de confundirle, y es más, espere! Al momento dirigió su mirada al ordenador y sus manos le dieron con rapidez al teclado. A los pocos segundos se levantó y se dirigió a una impresora que tenia a sus espaldas. Ahora pude leer las letras completas de su camiseta: Save the children y ver el resto de su indumentaria que consistía en un pantalón vaquero y unas zapatillas de deporte. El indecoroso funcionario para apagar mis dudas me dio la circular en cuestión cortando con unas tijeras los datos que le pudieran comprometer. Seguidamente en poco más de dos minutos me puso al corriente con toda clase de detalles sobre mi asunto -Vaya tranquilo. Fueron sus últimas palabras mientras se despedía de mí.  

         Después, para reparar que a otros como yo le hiciesen perder el tiempo fui al lugar donde me mandaron y esperé a que el coqueto dandi estuviese libre. Le entregué la circular en cuestión y quedó sorprendido. Me dijo que si podía hacer una fotocopia de ella. -Una no, mil si usted quiere. -Le respondí.  

         Hoy he recibido contestación del organismo solicitante, ajustándose a lo legislado y establecido en la circular por la que me informó el funcionario poco decoroso, y he dado en pensar en la terrible equivocación que cometemos al catalogar a las personas por su aspecto. El hábito no hace al monje, es un dicho popular, pero... ¡Dios, que buen vasallo, si portase buena armadura! Me estoy refiriendo al entendido, al buen profesional y puesto al día. Al ejemplar funcionario de las barbas.        
                    

sábado, 24 de marzo de 2012

CAMPIÑA VERDE POR MARZO


         Esta prolongada sequía que padecemos me hace recordar cuando por los meses de marzo y abril de mi niñez y adolescencia,  el verde era el color detonante de aquella campiña torrecampeña, de trigales y de cebadas, además de otros cereales que por estas fechas se solían ya mecer en nuestros campos al compás del viento, al tiempo que multitud de jornaleros con sus camisas blancas salpicaban la campiña peinando las siembras almocafre en mano, arrancando las malas hierbas que proliferaban en los sembrados, entre ellas las avenas locas,  las más difíciles de descubrir por ser una planta esta que se confundia con la del trigo y  la cebada; tan sólo unos pelillos en sus hojas la diferenciaba, por lo que había que ser un gran experto y tener buena vista para descubrirlas.   
         ¡Ay de aquella campiña verde! Aquella campiña que permutó su color por el otro desparramado del olivar. En su recuerdo, y en el de aquellos sacrificados jornaleros me atrevo a escribir:
             

Campiña verde por marzo,

olas de trigos se estrellan
contra barbechos y majanos.
Sobre la sabana verde,
hay pinceladas  de blanco,
son camisas jornaleras
de lienzo moreno sudado,
con bordados de más de un siete
por mil jornales ganados.

 Pisando la escarcha del alba
mientras la siembra aún duerme,
guarda el puchero el cortijo
que hasta la noche no vuelven,
a dormir en sacas de paja
huérfanas de colchas y muelles,
jornaleros comprados en plaza
sin contratos ni papeles.

Encorvadas las cinturas
de la siembra van quitando:
avenas, granillo oveja,
nerdos, amapoles  y jamargos.
Al trigo le hacen cosquillas
mientras lo van arropando
que para julio ha de parir
espigas con mucho grano.

Sesenta trigos han pasado
y yo sigo recordando,
aquellos torrecampeños
que con almocafre en mano,
iban labrando la tierra,
tierra que era del amo,
en aquella campiña verde,
verde por el mes de marzo


             
         Verde campiña, dormida al sol ,verde esperanza... así era la letra de aquella canción de José Guardiola, que yo recuerdo, como recuerdo aquella campiña de nuestro pueblo que el olivar nos robó.

domingo, 26 de febrero de 2012

CAMPANAS TORRECAMPEÑAS

        
         Faltaba algo que de momento no supe qué, pero más tarde, cuando eché de menos sus dilatados silencios, pregunté y me dijeron que estaban en reparación. Me estoy refiriendo a las campanas de nuestro pueblo.
         Sí, en mi visita reciente de hace unos días no he podido escuchar su repique porque dicen que quedaron roncas de tanto redoblar, y doblar a lo largo de los años.
         Tal vez si mi memoria no me falla puede que lleven sesenta años sin ir a visitar al otorrino. Recuerdo verlas reposar en una de las aceras de la calle las Cruces y eran más altas aún que lo que yo pudiera medir con mis cuatro años. Es posible que desde que las izasen al campanario en aquellos tiempos no hayan estado nunca en el taller para ajustar sus sonidos, que no su deje, porque su tono es como nuestro acento torrecampeño.  He oído el tañer de muchas campanas en muchos de los lugares por los que he pasado a lo largo de mi vida, pero las de nuestro pueblo suenan de forma muy diferente a todas las demás. Es un sonido que desde pequeño te acostumbras a él, y al cual te familiarizas llevándolo dentro de ti como algo tuyo.
         Campanas las de nuestro pueblo que saben llorar cuando lloramos, acompañándonos en nuestro dolor, con sonidos lentos y tristes que invitan al sollozo cuando alguien se nos va, derramando desde la altura su eco lastimero que el viento hace llevar y mecer hasta los más recónditos rincones de nuestro pueblo. ¿Por cuantos habrán doblado?
         Las he oído repiquetear muy deprisa, y angustiadas en el silencio de la noche, tocando a asamblea cuando se producía algún incendio. Entonces la gente corría hasta la plaza para informarse, e inmediatamente acudían a la casa que estaba ardiendo con cubos, formando una cadena humana desde el pilar o la fuente más próxima.
         Campanas las nuestras, que también saben medir el tiempo, informándonos de la hora cuando el reloj le ordena desgranarla de forma lenta y parsimoniosa, obedeciendo y acatando hasta su repetición en cada una de las horarias.
          Pero lo mejor de nuestras campanas es su sonido alegre y cantarín en las fiestas y celebraciones. Su repiqueteo jubiloso y envolvente vuela raudo entre el aleteo de palomas que huyen despavoridas por el incesante golpear del badajo sobre el metal, invitandonos con su voltear a ser partícipes de no sólo de los actos religiosos, sino también de aquellos de divertimento y regocijo, que para eso los torrecampeños tenemos fama ganada, y así, por nuestras fiestas y tradiciones, nuestro pueblo se está haciendo acreedor de una popularidad más que manifiesta, la cual ya forma parte de nuestra idiosincrasia.
         Por todo ello no me gusta percibir como en estos días de carnaval que he pasado ahí, el huérfano estallido de cohetes si estos no van acompañados por el repicar alegre y festivo de nuestras campanas.
         Para mí, ya repicaron cuando me casé, y sé que doblarán también por mí algún día, pero hasta cuando eso llegue, -espero que tarde muchos años- yo quiero seguir escuchando entre todos sus sonidos, el de su gozoso repiqueteo los días de fiesta.               
        

martes, 7 de febrero de 2012

COMIDA EN LA BASURA. BASURA EN LA COMIDA.

           No era muy tarde, posiblemente aún no serian las diez de la noche, cuando al pasar por la puerta de un supermercado vi a un pequeño grupo de personas  que discutían de forma acalorada. Mi acompañante me sacó de dudas puesto que vive cerca de allí -¿Sabes por qué discuten? Me dijo. –No. Respondí. -Discuten entre ellos porque se disputan el derecho a rebuscar comida en los cubetos del supermercado. Así están todas las noches. 
            Hoy no quiero hurgar en mi memoria para poder encontrar en el tiempo situaciones como la que estamos viviendo, porque naturalmente aquellas vividas por mí fueron también muy penosas, pero se me parte el alma cuando contemplo escenas como la que describo, y más que de seguro después de que estos desdichados se fuesen, otros más llegarían para llevarse los despojos de los primeros, para hacer bueno aquello de Calderón de la Barca que ya leíamos los de mi edad en la enciclopedia Álvarez:                        
      
                                   Cuentan de un sabio, que un día
                                   tan pobre y mísero estaba
                                   que sólo se sustentaba
                                   de unas yerbas que cogia.
                                   ¿Habrá otro, entre sí decia,
                                   más pobre y triste que yo?
                                   y cuando el rostro volvió
                                   halló la respuesta, viendo
                                   que iba otro sabio cogiendo
                                   las hojas que él arrojó.   
           
         Me imagino que la cesta que llenarían seria de productos caducados, algunos en estado de descomposición posiblemente. Para estas pobres gentes se acabaron los controles de calidad en alimentos como en la leche, las frutas, los huevos, la carne, el pescado, el aceite, etc...  Se les acabó también la gestión que pudieran influir los encargados del medio ambiente en su calidad.
            Hablando del medio ambiente. Me sorprende que nada más que desaparecer el ministerio que lo representaba, absorbido por el de agricultura –supongo que habrán ubicado sus restos y dado acomodo a parte del personal  en alguno de los sótanos  del de la Glorieta de Atocha-, algunas empresas no han esperado mucho para eliminar a una buena parte de los empleados que se dedican a la noble tarea de vigilar el deterioro medioambiental, mejorando para ello las condiciones en los procesos, y en los productos, todo ello acatando y dando cumplimiento a normativas universales.  
         Esto es lo grave, que están eliminando al personal que por ética a su profesión, –y esto lo sé de primera mano- tienen que tomar decisiones a veces muy dolorosas en contra de la cuenta de resultados de la empresa, por cumplir y asegurar las normativas medioambientales. Y lo peor es que a la hora de deshacerse de ellos, algún que otro trepa, subordinado a unos objetivos, por lo que si los logra ha de recibir, es de suponer, un sustantivo trofeo en euros, se limite a decir que para él todo lo relacionado con el medio ambiente desde siempre le ha parecido una m. El fin para “éste”, justifica los medios.
         A lo largo de mi vida laboral he conocido a muchos con el mismo perfil, pero para estos verdugos también existe la horca. Recuerdo a uno de ellos que cuando prescindieron de sus depravadas y consentidas funciones, la única persona que se dignó despedirse de él fue la señora de la limpieza porque le extrañó encontrarlo llorando. Tampoco halló apoyo ni consuelo en toda la camarilla de serviles aduladores de los que se solía rodear.
         Así pues, vayámonos preparando, pues como dije al principio, me extrañó que la gente recoja comida en la basura, pero no me sorprenderé cuando dentro de muy poco vea basura en la comida, la cual estará en las estanterías de muchos supermercados. Al tiempo.             



sábado, 21 de enero de 2012

TALLER DE LECTURA

              

                                                      Foto cedida por Pedro Quesada del Ayuntamiento de Torredelcampo
            

              Era la tarde-noche de la Nochebuena pasada. Recuerdo que el sol se escondía entre rojos y anaranjados colores tiñendo a la sierra madrileña que se divisaba a lo lejos de una fugaz y cobriza tonalidad. Andaba yo por una calle de una reciente urbanización de viviendas adosadas, por donde en algunas de su chimeneas el humo se derramaba mansamente envolviendo el anochecer de una neblina artificial, adobada ya a esas horas por algún temprano guiso navideño. La tarde era muy gélida, y el viento serrano del norte me arañaba la cara a medida que iba caminando por la empinada calle semidesierta de viandantes. Tan sólo una pareja a lo lejos y en misma dirección de forma lenta los veía caminar, mientras que a juzgar por sus voces parecían discutir entre ellos. Arrecié el paso para cuanto antes adelantarlos. Cuando estuve a pocos metros pude apreciar que se trataba de una mujer mayor y un muchacho joven, siendo éste el que yo entendí que le gritaba a la anciana.
         Al rebasarlos les miré de manera discreta, y mi recelo se transformó en sorpresa. Él, sostenía un libro abierto que le leía a la mujer esforzando la voz tal vez por la escasa audición de su acompañante. Ella, era una mujer posiblemente octogenaria de pelo enmarañado y revuelto, que se aferraba al caminar a un brazo de su acompañante haciendo continuas paradas para descansar como la que hicieron cuando los rebasé. Me volví pecando de comedimiento, pero no lo pude evitar, pues era la primera vez que veía algo semejante, fue cuando ella le dijo a quién pudiera ser su nieto: -Repíteme esa frase nuevamente, pues me ha gustado mucho. 
En ese momento yo tenía que haberle interrumpido para decirle: Señora, a mi me gusta la gente que lee, o algo así. Porque tal vez, aquella anciana por su avanzada edad y sus ojos es de suponer más que cansados, no pudiese ya leer, y estoy seguro que de ser así, para ella esto seria un sufrimiento, pero el bello gesto de su acompañante me resultó que seria el mejor regalo que le podía hacer en navidad a la anciana.
         Y allí los dejé en la tarde-noche de la Nochebuena, en su insólito taller de lectura al aire libre, mientras que la tarde agonizaba ya que al poco se encendieron las farolas, y la claridad fue lentamente dando paso a la oscuridad de la noche. Durante mi largo paseo recordé que otro taller de lectura me esperaba muy diferente: el Taller de Lectura de mi pueblo.
         Así fue. El pasado día 10 de enero, estuve en la sala estudio de la biblioteca municipal con un grupo de personas las cuales querían tener un encuentro con este modesto escritor, autor de “Cuando los olivos lloran”. Todas las personas que asisten periódicamente al Taller de Lectura de Torredelcampo, tienen un objetivo común: la lectura. Las reuniones que mantienen, sirven para analizar y exponer el criterio y la opinión que les merece un libro que previamente han elegido de antemano. 
         Y yo, este humilde y novel escritor, tuve el honor de ser invitado por sus componentes a un encuentro para comentar mi libro. He de manifestar mi agradecimiento porque me sentí muy honrado desde el principio al saber que mi obra iba a ser analizada por todos ellos en mi presencia.
En la reunión, hice una breve semblanza de mi vida desde mis más tiernos albores, subrayando mi pasión por la escritura y la lectura, y de cómo se forjó en mí la idea y la aventura de escribir mi libro.
         Quise hacer hincapié de que muchos posiblemente al leer mi novela –Ya lo escribe en el prólogo Juan Armenteros: Críticas vendrán que te herirán-, se sientan dolidos porque entiendan que he magnificado en su detrimento a cierto sector de aquella sociedad en la que me tocó vivir, y otros dirán que he sido muy limitado y hasta benevolente. A todos ellos, dije, no quisiera que me juzgasen por lo que viví, vi, oí y escribí, porque entiendo seria juzgar un trozo de la historia de nuestro pueblo.  También les hice saber que otros con más mérito que yo podrían haber escrito esta parte de nuestra historia local, pero seguro que para ello tenían que haber hurgado en la memoria de muchos. Yo,... sólo tuve que poner la mía a trabajar. 
       Después agradecí tanto los piropos a mi obra, como naturalmente aquellas deficiencias que observaron propias de un novato como yo en el terreno de las letras.  
         Y así fue de cómo quedó grabado en mí aquella tarde-noche de la Noche Buena, y la otra, esta última sinceramente muy grata que pasé junto a un grupo de entusiastas torrecampeños amantes de las letras. Tanto el taller de lectura al aire libre que he narrado al principio, como también en el que participé en mi pueblo, ambos tienen un denominador común: la pasión y la afición por la lectura. Gracias a todos los que seguís amándola, porque en estos tiempos que vivimos me alberga una duda... ¿existe hambre por leer?