jueves, 28 de marzo de 2013

EL CIELO SIGUE LLORANDO

       
          El cielo sigue y sigue llorando. Las lágrimas del invierno gélido y lluvioso que murió hace pocos días, antes de despedirse, se mezclaron con las de esta inaugural primavera en un lloroso abrazo de tanatorio. Veo caer la lluvia a través del balcón desde donde escribo; lluvia a veces cernida por el fino tamiz de  lentas  nubes grises compasivas; otras en cambio  vestidas de luto riguroso viajan más rápidas y se convierten en  plañideras descargando a su paso agua sobre el agua, en largos y cansinos aguaceros en esta húmeda y lluviosa Semana Santa.
         Todo el mundo sigue mirando al cielo esperando que escampe. La gente del campo de nuestro pueblo supongo que estarán más que hartos de tantos días lluvia, de tantos días de migas, de lumbres y de braseros, aunque esto de las migas y de las lumbres era más dado en mis tiempos, donde al calor de la chimenea se mataba el tiempo haciendo pleita, y se contaban mil historias. Los más viejos relataban que en otras épocas más remotas, cuando persistían largos temporales como los de ahora, se solía utilizar la cuadra para achicar aguas, y deponer allí mismo lo más sólido con el fin de no mojarse en el corral, siempre claro está en casos de emergencia y ante cualquier presuroso apretón.   Eran otros tiempos.
         Ahora en Semana Santa se mira al cielo más que nunca para que en cada una de las procesiones si la climatología lo permite los fieles puedan invocar sus plegarias, que aunque en silencio serán además de rezos quejios y lamentos, pidiendo que lleguen a solucionarse todos los problemas en que la sociedad actual está inmersa, siendo el más acuciante el paro, y mirarán a Dios en la Cruz, y le dirán entre otras cosas que si antes cuando a Él le condenaron hubo un Barrabás, un salteador, un ladrón, al que indultaron, ahora hay numerosos barrabás a los que las chusmas, la misma chusma que hace dos mil años condenaron a Jesús, les condenarían nuevamente, para salvar cada uno a su barrabás, mientras que el pueblo llano es por ahora el condenado y rehén, y este grita y grita con muchos ay, por tanto sufrimiento, padecimiento y  dolor.      
         El campo también como todo en esta época de crisis es un puro ay.   ¡Ay que no escampa! Y mientras, sigue y persiste el temporal, y las malas hierbas crecen y crecen como los barrabás a los que antes he referido. Me imagino desde la lejanía ver a los olivares de nuestro pueblo salpicados por manchas amarillas de floridos jamargos algunos de los cuales estoy seguro llegarán a acariciar las ramas de muchos olivos, y es que lo malo predomina, aunque con toda seguridad estas hierbas tienen sus días contados, pues no tardarán en caer todas abatidas, y se doblarán como bisagras al paso de cada uno de los tractores que pronto dejarán la tierra mullida y esponjosa.
         Pero por ahora el cielo sigue y sigue llorando. Ojalá que escampe y pronto veamos que las nubes negras digan el último adiós, como las de la canción de Amaral, Quedan días de verano. Ahora quedan muchos días de primavera, y al parecer será lluviosa. Ya lo he visto por Internet, que pronostica que seguirán los vientos con aire y las lluvias con agua. El cielo seguirá por tanto llorando, y nosotros también. 

martes, 26 de marzo de 2013

SEMANAS SANTAS DEL AYER Y DE HOY

Recuerdo  las Semanas Santas de mi niñez por el olor a manzanilla y a aguardiente en la madrugá del Viernes Santo. También recuerdo aquellos costaleros a sueldo con su horquilla en la mano presurosos de llegar al final de su trayecto para festejar su salario, y el sonido afilado de aquella trompeta que tocaba aquél hombre de cara tan arrugada como su corneta vestido de romano que año tras año era la admiración de los chiquillos sin olvidarme de los soldaos romanos, aquellos de lanza, penacho, y casco de hojalata con visera de rejilla oscilante que servia para ocultar su rostro.
Sigue estando en mi recuerdo el concurso de saetas en la radio en aquella EAJ61 Radio Jaén, donde los cantaores torrecampeños siempre sacaban buenas notas.
Recuerdo asimismo aquellas pequeñas peloticas blancas con goma larga incorporada que después de lanzarlas volvían a nuestras manos, y aquellas gafas de cartón con cristales de papel de dos colores que comprábamos los chiquillos en el carro de chucherias que iba delante de la procesión. Y cómo no recordar aquellos primeros penitentes o nazarenos a los que llamábamos sanjuanitas.
También guardo en mi memoria en la procesión del Santo Entierro ver a los cofrades todos vestidos con trajes negros y un botón rojo en la solapa. Como también ir el Sábado de Gloria a por agua bendita a la iglesia para rociarla en todos los rincones de la casa.
Pero para recuerdos placenteros de aquellas Semanas Santas de mis tiempos los sabores de aquellas galletas onduladas hechas por nuestras madres y cocidas en el horno, y aquellas esponjosas magdalenas, dulces los dos típicos de Semana Santa. No quiero dejar de mencionar el encebollao con bacalao, plato este por antonomasia muy propio en estas fechas que hoy sospecho es un guiso relegado.
Todo lo que he reseñado han sido unas breves pinceladas de aquellas Semanas Santas de mis tiempos, pero  si hubiese ido esta  a mi pueblo, hubiese saboreado  estas otras sensaciones que paso a describir:      
Me hubiese gustado escuchar como antaño desde los balcones algunas saetas, que más que saetas son oraciones salidas de gargantas torrecampeñas.
También a nuestra banda de música interpretando el himno a Nuestro Padre Jesús, en la calle Constitución donde en esta avenida la procesión a su compás se duerme, y la música con el silencio se hace rezo.
Asimismo hubiese podido acompañar a todos los pasos y verlos salir de la iglesia, entre ellos a Nuestro Padre Jesús en la fría madrugá, y haber contemplado su trono adornado de claveles rojos y de lirios moraos como su manto, además de respirar el aire embriagado de incienso y nardos, y oír como llega a romperse el silencio por algún que otro escalofrío de emoción.  Hubiese observado el fervor de los sudorosos costaleros apiñados en los várales de las andas atentos a la voz del capataz, y en su andar llevando a cuestas a las sagradas imágenes llegar a oír sus racheados pasos en su lento caminar.
También hubiese podido contemplar a la mujer torrecampeña vestida de mantilla, pues a pesar de la seriedad que la procesión impone, su elegancia y belleza se realzan aún más con el fervor religioso, poniéndose de manifiesto aquello de que el garbo y la hermosura son cosas muy difíciles de esconder.       
Hubiese querido ser paloma en la procesión del Resucitao, lumbre en la Noche Santa de alfa y omega, ser cofrade de todas las cofradías, además de vela en todas las procesiones.
También  hubiese visitado a nuestra Patrona Santa Ana en su ermita, y haber contemplado en sus alrededores las tablillas y cuerdas de señalización y reserva del lugar donde algunos celebrarán la romería.
Y ya por último en la mañana del Viernes Santo después de la procesión, si el tiempo lo hubiese permitido, haberme sentado en algunas de las terrazas de cualquier bar –siempre que quedara alguna mesa libre- y tomarme con los amigos una servesilla y alguna que otra tapa.
Otro año será, qué le vamos a hacer.

lunes, 11 de marzo de 2013

AQUELLO QUE VI DÍAS DESPUÉS DEL 11M

              
Lo que escribí días después del atentado:

Hoy nueve años después. 

               Una de mis hijas utiliza a diario para ir a la universidad el tren de cercanías. El mismo tren que el pasado jueves once de marzo nos tiñó de luto a todos. Ése día no tomó ese tren por una huelga del profesorado, pero sí lo volvió a hacer en cuanto la línea estuvo restablecida, y lo sigue haciendo como tantos otros, demostrando con ello a los asesinos que pueden parar los trenes con bombas, pero no pararan nuestro mejor tren, que es el de poder y querer vivir en paz y en libertad.  
         Hoy como homenaje a las víctimas he querido montarme en ese tren. No me lleva otro motivo que el de hacer el mismo recorrido de aquellos que no pudieron llegar. Inicio el viaje en metro hasta la estación de Puerta de Arganda desde donde enlazo con la de cercanías en la de Vicálvaro. Una vez dentro del vagón percibo una extraña sensación. Existe entre los viajeros un silencio cómplice que se contagia. Veo a gentes que rehuyen de inmediato la mirada.  Algunos hacen como que contemplan el paisaje a través de los cristales, otros como que leen un libro, pero intuyo que disimulan, pues no parece que estén absortos ni en el paisaje ni en la lectura, ya que continuamente desvían su mirada prestando atención a lo que pasa a su alrededor. Me siento vigilado mientras yo también vigilo.        
          Al pasar por la estación de Santa Eugenia, crespones negros, flores y fotografías cuelgan de las columnas de las marquesinas. En el suelo algunos cirios encendidos. Más adelante en la estación de El Pozo veo a albañiles levantando los muros que fueron destruidos por la explosión. Aquí las flores, fotografías, velas encendidas y banderas con crespones negros se acentúan. Llegado a la estación de Atocha, el trasiego es el cotidiano a un día cualquiera antes de los atentados. Conforme voy andando por una de sus plantas, noto un fuerte olor a cera. Centenares, tal vez varios miles de cirios encendidos en el suelo se encuentran en un ala de la estancia protegidos por unas vallas. El color rojo de los mismos se confunden con el amarillo de las llamas. A medida que me aproximo me invade un sentimiento muy extraño, casi místico.
         Observo una gran cantidad de poemas adheridos en los muros del recinto, escritos tal vez de forma espontánea, no quedando huecos para más. Nadie dice nada. Sobran las palabras. Tal vez el silencio se rompe con algún sollozo o el sonido que produce alguna cámara de fotos. Veo alguna muñeca, será de alguna de las niñas muertas que ya no podrá jugar con ella. La gente sigue llorando y encendiendo nuevas velas, y presumo que este lugar se ha convertido  en un centro de peregrinación. El flujo de gente es constante.
         Salgo de allí consternado pensando en los que murieron y en sus familiares, porque muchos serian, hijos o nietos de aquellos que como en mi pueblo subieron hace ya mucho tiempo a otro tren. El tren que los llevaba a buscarse el sustento en otras latitudes.
         Sé que era jueves aquél 11 de marzo. Ya han pasado nueve años. Ojalá que el destino de todos aquellos que murieron fuera el de un mundo mejor.

viernes, 1 de marzo de 2013

LIBROS DE AQUÉL AYER

         
          No es extraño ver que muchos de los viajeros del metro o del autobús durante su trayecto lo hagan leyendo. Yo no tengo esa buena costumbre y tal vez sea porque luego el libro se me convierte en un estorbo al que tengo que ir mostrando en las gestiones que debo de realizar a la salida. Lo que si hago durante mi recorrido es tratar de manera furtiva a veces, y otras más descarada, averiguar el título y el escritor de la obra que los viajeros más cercanos a mi leen. Es una manía o tal vez una falta de respeto por mi parte. Cuando lo consigo, si el escritor del libro es conocido, escudriño al lector y lo encasillo. Sé que mi conducta en ambos casos no es muy ejemplar pues carecen ambas de falta de ética, pero yo estoy seguro que a muchos de los que aprueben o incluso desaprueben mi conducta les pasará lo mismo que a mí.
Hoy mientras viajaba, en una de las estaciones del metro ha entrado un señor de aproximadamente mi edad y se ha sentado a mi lado. De los bolsillos de su gabán ha sacado un pequeño libro y se ha puesto a leer, y he vuelto a caer en la tentación. He mirado y ¡oh sorpresa!, se trataba de una novela de aquellas que yo leía en mi adolescencia de Marcial Lafuente Estefanía siendo el título de la misma: Que hablen las pistolas. Se preguntarán: ¿Llegaste a catalogar al lector? Pues bien, lo hice, y llegué a la conclusión que seguramente sería un hombre al que le gustara esta literatura porque en su época no hubo otra. Se acostumbró a ella y sigue aún amamantándose de cebolla como el niño de las nanas de Miguel Hernández.
¿Cuantas novelas de Estefania habré leído siendo adolescente? Cientos de ellas. Recuerdo que lo hacía al trueque. La mayoría de las veces en el quiosco de la plaza. Llevaba una novela y la cambiaba por otra entregando dos reales. Cuando todas habían pasado por mis manos y hasta la llegada de una nueva remesa iba al estanco de la calle El Tomillar. El estanquero recuerdo que no era muy amable, aunque el olor que despedía el papel de aquellas novelas impregnadas con el aroma del tabaco restaba importancia a la poca gentileza y simpatía de aquél señor alto de pelo cano que regentaba el estanco.
Era esa la literatura que estaba a nuestro alcance en los años cincuenta. Yo por leer leía hasta a Corin Tellado y cuando ello ocurría lo hacía con cierto pudor, ya que sus novelas iban dirigidas a las féminas, pero sólo lo hacía cuando tenía agotada la pequeña biblioteca de los sitios ya descritos de donde me nutria de novelas del género western y policíacas.
Más tarde, a principios de los años sesenta cuando en nuestro pueblo tuvimos por fin una biblioteca, muy precaria por cierto, ya que sólo unos pocos volúmenes adornaban uno de los sótanos del Ayuntamiento, y que para más detalles custodiaba don Antero Jiménez, fue entonces cuando empecé a leer obras de la talla de: Julio Verne, Agatha Cristie, Dickens, León Tolstói, Dostoyevsky, Delibes, Gironella, y tantos y tantos autores que me hicieron amar la literatura.
Los libros que en mi niñez y adolescencia había en las casas eran sólo de texto, - en algunas- y si existía alguno diferente era guardado como una reliquia de padres a hijos. En casa de mis padres sólo había dos libros, uno era un manuscrito comprado por mi padre a alguien en el Centro Obrero mucho antes de la guerra y que durante  años estuvo hibernando porque las circunstancias políticas así lo aconsejaban. Su lectura era muy legible y sus renglones muy rectilíneos. Ni un borrón ni tachadura aparecía en él. No recuerdo su autor, aunque sí una frase que decía: Los soldados que a la guerra van, son como corderos a los que llevan al matadero. Teníamos también un grueso volumen muy deteriorado, legado de mi abuela materna donde se narraba una historia dramática. Sus ilustraciones de los personajes a plumilla adornaban sus páginas y servia para que el lector situase en su imaginación a los protagonistas narrados, todos ellos de una época muy lejana.
Decía Pérez Reverte en un artículo reciente que un libro no sólo es un libro. Es también los lugares donde lo leíste. Ya me gustaría tener algunos de aquellos libros y encontrarme entre sus páginas algún apunte mío con aquella letra redondilla que yo hacía en mi pubertad, de escritura sosegada que más dibujaba que escribía, y compararla con la de ahora deforme por las prisas y por el cúmulo de tantas emociones vividas a lo largo de los años. Seguro estoy que en alguno de esos libros se alojará aún alguna huella mía la cual me ayudaría a recordar posiblemente hechos, lugares sensaciones y situaciones de cuando los leí.  Ojalá algún día encuentre alguno de aquellos libros. Empezaré a buscarlos.